La chica no despertó hasta el día siguiente, deslumbrada por los rayos de sol que se filtraron entre las cortinas blancas de visillo. Nada más acomodarse, se percató de que aquel lugar no era su habitación. Se incorporó sobre la camilla al tiempo que entraba una enfermera con cautela y cortesía. La mujer, de mediana edad, se inclinó un par de veces y, hasta donde Nora entendió, pidió permiso para entrar. La chica asintió, sin ánimos de improvisar con el idioma. Mientras ella la miraba, la enfermera se encargó de correr las cortinas y abrir un poco la ventana para que la habitación se airease. Después, se aseguró de que la mesita que había junto a Nora tuviese todo lo necesario, como gasas, pañuelos y vasos de plástico esterilizados. Por último, volvió hasta el pasillo, a las afueras de la habitación, para regresar con una bandeja de comida que colocó en la misma mesita de antes, despidiéndose educadamente tras el proceso.
Nora miró la bandeja con desgana, pero debiendo admitir que todo lo que contenía parecía delicioso: En el centro de la bandeja había un gran cuenco de arroz blanco humeante y brillante. Junto al mismo, había otro plato, un poco más grande y plano con lo que parecía ser una tortilla ligera y perfectamente envuelta. Aquello compondría un típico desayuno japonés, de no ser porque, además, había un plato con un par de salchichas de pavo, un par de tostadas y café con leche. ¿Habían ofrecido ese desayuno por su aspecto de extranjera? Sin duda alguna, en Tokio todo el mundo era demasiado considerado... incluso Adam. Nora suspiró al pensar en él. Si algo había aprendido en aquellos diez meses en Japón, era que la sanidad no era gratuita. Su ingreso en el hospital requería de una cuota de entrada que, seguramente, él ya se había encargado de pagar. Terminó por ignorar la bandeja, falta de apetito, para pasar a observarse los brazos. Le dolían. Le dolían mucho y no entendía por qué. No tenía marcas, tampoco heridas, sólo la aguja del gotero en la flexión del codo y prefería no mirar. ¿Como había podido llegar a aquella situación? ¿Desde cuando había estado perdiendo el control de su cuerpo y de sus emociones? Se llevó una mano a la cabeza. Le calambreaba como si un par de cables en su interior se cruzasen constantemente, provocando chispas.
A los pocos minutos, la puerta volvió a abrirse. Una vez más, la enfermera apareció, pero no entró. Simplemente, dejó pasar a una figura masculina y cerró la puerta cuando ésta paso, no sin antes avisar de que sólo tendrían quince minutos de visita. -Jack... ¿Qué haces aquí?-
-¿No se suponía que íbamos a hacernos compañía?- preguntó con cierto tono burlón en la voz.
-Te ha llamado Adam ¿No?- preguntó mientras el hombre tomaba asiento en la silla que había junto a la camilla.
-Cree que tengo algo que ver en lo que te ha pasado- Nora abrió los ojos ampliamente y después suspiró.
-Lo siento, es culpa mía. No he ido a sus clases desde la semana pasada. Tampoco hablé con él. La última vez que me vio, nos fuimos a casa- explicó. Se permitió por un momento mirar al hombre, al que tenía prácticamente ubicado a su misma altura debido a la altura de la camilla y a la de la silla en la que él estaba. No se le pasó por alto la intensidad de su mirada a través de sus ojos de color verde. Se sintió incómoda, por alguna razón.
-Descuida. No me importa lo que Adam piense-
-No os lleváis muy bien... ¿Verdad?- se atrevió la chica a preguntar. Jack sonrió con cierto aire triste, de manera que Nora entendió que había límites que no debía sobrepasar. -Gracias por venir. No hacía falta- El hombre lanzó una vista hacia el brazo derecho de la chica, lo que hizo que Nora se mirase, para entender que, realmente, no la estaba mirando a ella.
-No has comido-
-Es que no...-
-No sabía que tenías depresión- confesó de manera contundente. Lo dijo con tanta facilidad que la chica se sintió cohibida, sin saber que decir. -¿Por qué has dejado las pastillas de golpe?-
-Porque no quería molestar más a Adam y a Serena-
-¿Qué tiene que ver las pastillas con ellos?- Nora sintió vergüenza por la situación, pero decidió contarlo.
-Como no se hablar bien japonés, pedí ayuda a Adam hace ya bastante tiempo. Yo sólo quise una forma de poder comprarlas y él... me dijo que me las podía conseguir de manera que no hiciese ningún esfuerzo. El otro día supe que Serena también las tomaba y que, las que me daba, eran de ella. Así que decidí no molestar más... No lo sabía. De haberlo sabido me hubiese esmerado en aprender como pedirlas e incluso asistir a un médico para no automedicarme- explicó -Por otro lado, cuando apareciste en mi casa... cuando entendí que no estaba loca... Me animé ¿Sabes?- se sonrojó -Quiero decir... No es que me sintiese curada, pero... me di cuenta de que me volví optimista al comprender que no estaba sola. Pensé que quizás no me harían falta y... ¿Como iba a saber que iba a tener abstinencia? He sentido mucha vergüenza cuando el doctor me ha llamado imprudente...-
-Entonces... ¿Tu depresión es a causa de tu habilidad?-
-Sí...- mintió la chica. Por supuesto, no podía contarle lo que ocurría en realidad. Una verdad a medias no era una mentira tan grande. Jack sintió una ligera lástima al comprenderla.
-Ahora entiendo muchas cosas-
-¿Qué cosas?- Jack miró a sus espaldas un momento par asegurarse de que nadie les oía.
-El por qué de tu inestabilidad. No eres débil, no eres inútil como cazadora... Si tan solo me diesen una oportunidad para...-
-Espera, espera. ¿Piensas volver a ir a ese sitio para pedir que... sea igual que tú?- Nora suspiró -No quiero Jack. Ya oíste a aquel hombre. Lo mejor para mí sería irme de Tokio y tiene razón.- Al decir aquello, la chica no pudo evitar derramar un par de lágrimas que desembocarían en un llanto que consiguió contener -Desde que he llegado, todo han sido problemas. No me gustan los espíritus ni los demonios de aquí. Son insufribles y hay... demasiados, muchos más que en Londres. Además, yo no sé nada de ellos. No quiero estar involucrada con ellos ni quiero ser una cazadora como se llame- alegó la chica con ojos húmedos. Volvía a sentir esa falta de fuerzas en el pecho.
-Tranquilízate. No atraigas a los yokais al hospital o estaremos en un problema-
-¿Ves? Todo a mi al rededor son problemas con esos seres... No quiero. No quiero más esto-
-Déjame que te explique más sobre ellos. Deja que te muestre como contrarrestarlos. Eres una psíquica, Nora. Tu vida cambiará en cuanto comprendas que...-
-No, Jack. Al venir a Tokio pensé que mi vida cambiaría y tampoco lo hizo. No quiero más cambios. Quiero que las cosas se queden como están... Me quedaré con la idea de que hay más gente que ve lo que yo veo y con esa idea sobreviviré-
-No podrás, Nora. Apuesto a que estabas rodeada de yokais justo antes de llegar al hospital. Siempre te perseguirán y...-
-No en Londres ¿Verdad?- El hombre guardó silencio y comprendió la situación -Vuelvo a casa. No quiero pasar más tiempo aquí. Lo siento mucho. Agradezco tu ayuda, de verdad. Pero...-
-No pasa nada. Pero ten en cuenta, allá donde vayas, que los yokai pueden hacerte daño. Tu crisis de ansiedad no ha sido por pura abstinencia. Los médicos están haciéndote pruebas para saber qué te ocurre ¿Verdad? Te sientes débil y te duele cada parte de tu cuerpo- recitó el hombre, captando la atención de la chica, que volvió a mirarle a los ojos ciertamente atrapada. Jack hablaba como si conociese de primera mano aquella sensación. -Los demonios se alimentan de tu debilidad mental. Te lo dije... y no te advertí de que la expresión era literal-
-¿Qué quieres decir?-
-Al rededor de esos seres tu estado de salud siempre empeorará si no te andas con cuidado. Así que vayas donde vayas, Nora, procura ser fuerte. Que tu tristeza no te ciegue ¿De acuerdo?- Nora no supo si decir algo o simplemente asentir. Se sintió confusa, y por ello, peor anímicamente. Por alguna razón, algunos recuerdos aparecieron por su mente y se llegó a preguntar si a caso no había humanso mucho peores que cualquier demonio...
La enfermera apareció a los pocos minutos para instar a Jack a marcharse. Las normas de visitas en hospitales japoneses eran muy estrictas, y por prioridad, se estimaba sumamente el descanso de los pacientes. El hombre se levantó del asiento y se dirigió a Nora una vez más. Le tendió la mano y la chica hizo un esfuerzo por tomarla y estrecharla con la suya propia -Si te arrepientes, dile a Adam que quieres verme. Si no... Espero que tengas un buen regreso a casa-
Nora pasó el resto de aquel día durmiendo. Cuando despertó, estaba atardeciendo y las bandejas de comida fría se apilaban una sobre otra a su lado. No fue sorpresa para ella recibir de nuevo otra visita, esta vez de Adam. Cargaba con él un enorme ramo de flores y una caja de bombones que, en otras circunstancias, Nora hubiese devorado en apenas unos segundos. -¿Donde está Serena?- fue lo primero que quiso saber la chica. Sonó extremadamente descortés en contra de la sonrisa y los detalles que traía Adam consigo, pero no pudo evitar querer preguntarlo.
-Está en casa, con los niños. Me ha pedido que te de ánimos de su parte. ¿Como te encuentras?- Nora no dijo nada. Dejó que fuese el hombre quien observase la pila de bandejas de comida y sacase sus propias conclusiones -Eres consciente de que si no comes, no mejorarás ¿Verdad?- El hombre se acercó para entregarle las flores y dejar la caja de bombones sobre la mesita. Nora a penas pudo sostener con sus brazos aquel enorme ramo envuelto en un plástico semitransparente con motivos infantiles.
-Gracias. Son muy bonitas-
-Es de parte de Serena también-
-Sois... demasiado considerados-
-Y aquí tienes tu cartilla- El hombre sacó del bolsillo de su pantalón una libreta con un dibujo de un hospital. A pie de liberta, estaba reflejado el nombre de la chica en alfabeto latino y kanji. -Ya era hora ¿Verdad?- sonrió -En la primera página tienes registrado este ingreso, y a su lado, los medicamentos que tomarás hasta el alta. Las siguientes páginas se podrán rellenar con los antidepresivos que tu misma puedas adquirir ya... Si te quedas, claro- aquellas últimas palabras las dijo con cierta tristeza
-¿A cuanto ha ascendido el precio de todo esto?-
-A nada de lo que debas preocuparte-
-Adam...-
-Me lo puedo permitir, de verdad- Nora no pudo decir nada más.
-Te lo pagaré. Te enviaré el dinero desde Londres, con el cambio de moneda exacto. Te lo prometo-
-Así que es definitivo... Te vas- La chica asintió -¿Y por qué no te quedas un mes más? Hasta que el visado caduque. Dale una oportunidad a este páis. Deja que busque un trabajo para ti-
-Ya he tenido esta conversación antes con Jack. Por favor, no sigas. Quiero volver a casa-
-Así que Jack ha estado aquí...- comentó con cierto disgusto. -¿Te planteas volver, al menos?-
-No... lo creo- comentó Nora con un nudo en la garganta -Tenía el vuelo para mañana por la noche. ¿Crees que me dejarán ir?-
-No si no comes- La chica miró las bandejas de comida con disguto -El doctor me ha comentado antes de entrar que estás mejor ahora que estás volviendo a tomar las pastillas con normalidad, pero que sigues débil. Yo podría... hablar con él y explicarle que tienes un vuelo mañana. Podría pedirle que te recete un tranquilizante para el viaje. Es mejor si lo pasas dormida, ya que son demasiadas horas. Pero... no te prometo nada. Tendrás que poner de tu parte ¿De acuerdo?- Nora asintió. -Come e intenta... ser como eras antes de la depresión, al menos en la medida de lo posible. Serena lo lleva bien así-
-¿Qué le ocurre a ella?-
-Su depresión llegó cuando nos mudamos a Tokio. Dejó su trabajo como abogada para pasar los días encerrada en casa, cuidando de los niños, en un país desconocido y lejos de todo cuanto ella conocía. Y todo por mi...- sonrió con tristeza -Aunque aun tiene momentos un poco débiles, se anima así misma intentado hacer las mismas cosas que hacía antes de mudarnos. Se ha puesto a estudiar el sistema jurídico japonés. Creo que intenta volver a ser útil aquí, aunque... entre tú y yo: Creo que yo entraría en depresión también si tuviese que estudiar esas cosas- aquel comentario consiguió que Nora dejase ver media sonrisa en su rostro, lo que hizo que Adam se sintiese triunfal. -¿Qué es lo que te ocurre a ti Nora?- La chica se puso nerviosa y tensa ante aquella pregunta. No era la primera vez que su profesor, y ahora amigo, se la hacía. Aquella vez no sabía ya de qué forma evadirla.
-Prefiero que no lo sepas-
-No me voy a reír de ti-
-No te vas a reír si lo supieras. Es sólo que no lo entenderías... créeme- Nora dejó de mirar a Adam. No podía mirarle. Por un momento, imaginó qué pasaría si ella contase la verdad. ¿Con qué cara la miraría? De seguro la abandonaría... No. No podía contarle a nadie la verdad. Iba a volver a Londres y la verdad ya poco iba a importar.
Nora se obligó a comer, a descansar y a hacer todo cuanto el doctor le dijese que hiciera. De alguna forma, entre su comportamiento y la labia de Adam, consiguieron que a la chica le diesen el alta hospitalaria apenas unas horas antes de que el vuelo directo a Londres partiese. Como no, Adam se encargó de recoger a la chica del hospital, llevarla a casa para guardar y cargar en el coche sus cosas y llevarla él mismo hasta el aeropuerto. El vuelo hacia Londres era el último que saldría aquel día del aeropuerto, de manera que era bastante tarde y, por ello, Serena decidió volver a quedarse en casa con los niños.
Al llegar al aeropuerto, Nora tomó su maleta y se adentró con Adam en el edificio que ya casi había olvidado. Hacía diez meses había pasado por aquel mismo lugar, con el corazón encogido tras una experiencia traumática. Lo recordaba como si hubiese sucedido el día anterior. Estaba tan asustada, tan perdida... No supo hacia donde ir el primer día, de manera que dio tantas vueltas por Tokio para encontrar su alquiler que pasó más de veinticuatro horas en la calle. ¿En que se diferenciaba aquella Nora de la de ahora? Podía decir que, al menos la Nora que llegó hacía diez meses a Tokio portaba consigo la esperanza de cambiar, de empezar de cero. La Nora que volvía a Londres, ahora, no tenía ninguna esperanza.
-Ya están llamando a los pasajeros del vuelo a Londres- advirtió Adam tras escuchar el aviso por megafonía. -Será mejor que vayas ya- Nora se volvió para mirarle. Ahí terminaba todo. Con un saludo a un hombre que la había ayudado demasiado y al que ella apenas había podido agradecer nada.
-Siento mucho todas las molestias que te he causado, Adam. A ti y a Serena-
-No te preocupes por ella. Está bastante bien, de verdad- A Nora no le extrañaba. ¿Qué mejor noticia para una mujer celosa, que aquella que anunciaba que la chica de la que sospechaba se marchaba del país? -Perdóname tú a mi por no haber podido hacer más por ti-
-Ha sido... un placer- sonrió la chica. Una vez más, la voz de megafonía dio el aviso. -Me tengo que ir-
-Buen viaje. Escríbenos ¿De acuerdo? Siempre me tendrás aquí, aunque nos separen kilómetros y kilómetros de distancia, para lo que necesites. No estás sola - La chica sintió un impulso. Quizá fueron las pastillas tranquilizantes o la inestabilidad de su estado de ánimo lo que hicieron que dejase la maleta a un lado y abrazase a Adam. El abrazo apenas duró unos segundos, pero fue más reconfortante que cualquier cosa que Nora hubiese hecho en aquellos diez meses.
-Gracias- susurró una última vez.
Tomó la maleta y se marchó mientras Adam la seguía con la mirada, sabiendo que, posiblemente, aquella sería la última vez que vería a la chica. Nora dejó la maleta sobre la cinta móvil a la vez que enseñaba desde su móvil el billete a la encargada. Después, su maleta desapareció y la chica, cruzó el arco que la conduciría hasta el puesto de embarque.
Los cristales estallaron.
El humo se hizo en todo el lugar.
Los gritos.
El miedo.
La desesperación.
Otra vez esos entes... que Nora pudo ver tras caer al suelo... aún entre el fuego y la ceniza.
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