lunes, 4 de junio de 2018

La chica apareció rodando por el suelo de la vivienda que había dejado hacía largos minutos. Cuando chocó contra el kotatsu se puso en pie rápidamente, con la mano puesta en el pecho, en un vano gesto de evitar que el corazón saliese desbocado de su sitio. Miró a la oscuridad de la habitación, a la pared lisa y sucia sin decorar. Después, dio un rápido rodeo con la mirada al resto del salón. Estaba sola, como si todo hubiese sido un sueño, pero no lo era. Tragó saliva y se sentó de rodillas sobre el suelo, intentando recuperar el aliento por todo cuanto había acontecido. Le dolía la cabeza y sentía la boca seca. Eran demasiadas emociones las que podía sentir y notaba que el cuerpo no estaba respondiendo bien a todas ellas. Quiso alargar la mano para coger el móvil que dejó sobre el kotatsu, pero rápidamente, su mano quedó suspendida en el aire. ¿A quien iba a llamar? ¿A Adam? ¿A Serena? ¿Y qué les iba a contar? Nora volvió a colocar el brazo sobre el regazo, impotente. No tenía a nadie. Si Jack no podía hacer nada por ella, si esas personas que veían las cosas que ella veía no podían hacer nada por ella... definitivamente no tenía a nadie con quien contar.

La chica volvió a ponerse en pie y caminó directa hacia la ventana, la cual abrió de par en par. Hacía frío. Se acercaba el invierno y por ello, las hojas de los árboles del barrio se habían caído por completo de sus ramas, llenando el lugar de un ambiente lúgubre y triste. La chica volvió a tragar saliva, recordando lo que aquel hombre mayor le había dicho. Insegura, pero decidida, volvió para coger el teléfono móvil, y esta vez, si supo a quien llamar. -¿Sam?-
-¿Nora? No esperaba llamada tuya hoy. ¿Ha pasado algo?-
-No... ¿Te cojo en buena hora?-
-Claro, ya salí de trabajar. Son las tres aquí-
-Entonces... ¿Podrías hacerme un favor?-
-Claro-
-¿Puedes ir a... casa de Patrick y recoger el resto de mis cosas para llevarlas a tu casa?-
-¿Por qué? Pensé que ya no te interesaba tener...-
-Vuelvo a casa-

La semana pasó demasiado lenta para la chica, quien dejó de ir a clases de japonés para centrarse en hacer la maleta y comprar unos billetes de avión mientras resistía los indudables síntomas de la escasez de antidepresivos. ¿De qué serviría ir a la academia si ya no le quedaba nada que hacer en Japón? Lo mejor era irse, marcharse de un lugar tan cargado de entidades y regresar a casa, como hacía meses debía haber hecho.

Con un click en la web de vuelos, la chica se hizo con un billete de avión directo hasta Londres lo más barato posible. Suspiró con tristeza. Había perdido diez meses de su vida en un país extranjero, para finalmente volver a casa con vergüenza y tristeza. No había sacado nada de provecho... no había conocido Tokio, no lo había disfrutado. No había cambiado de aires. No había superado ningún trauma. Había gastado el dinero de Sam en... nada. Tosió, sintiendo un tenso y agudo dolor en el pecho que hizo que la respiración se le entrecortase. Estaba sudando desde hacía un buen rato y aquel sopor no parecía querer acabar aquel día. Cerró el ordenador portátil de mala gana y se echó sobre el suelo. No tenía ganas de salir, de aprovechar sus últimos días, de procurar llevar algo bueno consigo de aquel viaje... No sentía deseos de nada, más que de llorar.

La depresión estaba acabando con ella. Apareció sin esperarlo, tras una equivocación. La depresión la llevó a tomar idea de ir a Japón, le hizo pasar diez meses insufribles y ahora, en su última semana, estaba acabando con ella. Y todo por su culpa. Había abusado de las pastillas, las había tomado cuando no debía hacerlo, y todo ello sin recurrir a un profesional que la asesorase. Utilizando a Adam para obtenerlas, llevándole a equivocaciones con su mujer... todo para nada. Nora escondió el rostro entre sus brazos y no pudo evitar el llanto... no quería volver a casa. ¡No quería volver a casa! Aquella noche la vivienda se llenó de entidades y yokais que la chica decidió obviar. No servía ni para hacerles frente, o eso le habían dicho los cazadores. Cerró los ojos y durmió... No servía para hacer nada más.

Pasaron tres días. A penas quedaba uno más para marcharse y la chica no había salido de casa para nada. No compró comida, sino que se alimentó algunas veces de lo que quedaba en la nevera y, otras veces, optó por no comer. ¿Qué mas daba? Tampoco salió a que le diese el aire, porque no encontraba fuerzas para hacerlo. La casa estaba hecha un desastre. Los yokais que habían pasado por allí habían campado a sus anchas, rompiendo todo cuando encontraban, incluidos algunos electrodomésticos. Pero ¿Y que más daba? Y por supuesto, no llamó a nadie. No habló con nadie... ¿Qué importaba? A veces lloraba, a veces dormía y otras, daba vueltas por el suelo llevada por la ansiedad, temerosa de que la tristeza pudiese acabar con ella. Y aquella noche, fue la peor.

Parecía que el aire se iba de sus pulmones. Parecía que era incapaz de contener el aire que conseguía respirar, porque era incapaz de conseguirlo. Necesitaba las pastillas. No quería estar más tiempo triste. Necesitaba esas pastillas. Como fuese. A costa de lo que fuese. Temblorosa, Nora se levantó del futón para buscar el móvil. No podía aguantar más aquella sensación ansiosa de no poder respirar por miedo y no parar de soñar con que ese miedo iba a acabar con su vida. Buscó el número de Adam, obviando los problemas que pudiese causarle al llamarle a tan altas horas de la noche. Debía estar dormido, porque tuvo que marcar tres veces el número hasta que el hombre descolgó.
-¿Nora? ¿Qué te pasa?- la voz del hombre sonaba preocupada. Y no era para menos. Hacía una semana que no se veían y no le había dado una explicación, para finalmente llamarle a las tres de la madrugada.
-Adam...- A la chica se le cayeron las lágrimas del rostro, sin saber ya exactamente por qué. -Ayúdame... Ayúdame por favor- Nora dirigió la mirada al resto de la casa. Estaba llena de yokais campando a sus anchas. Demonios que hasta ese momento no había visto. Uno rompió la ventana, provocando que los vecinos se despertasen. ¿Por qué no venían ahora los cazadores a ayudarla? ¿Por qué no aparecía Jack? -Por favor, ven ya- tosió -No puedo... no puedo respirar-
-¡Nora! ¡¿Que te pasa?!-
-Por favor, ven ya- Nora colgó el teléfono, temblando. Se sentó sobre el suelo y se hizo un ovillo, incapaz de observar el espectáculo paranormal que estaba sucediendo en aquel lugar. Intentó controlarse, respirar, ser participe de la situación, pero a penas podía hacerlo.

Desde el otro lado de la calle, una figura femenina vestida con prendas oscuras sacó sus pequeñas armas de su guarda, de forma que resplandecieron bajo la luz de la luna llena que el cielo brindaba aquella noche. Desde su posición, podía observar a los yokais y a los espíritus generar alboroto al rededor de un foco común. Sonrió para sus adentros. Aquella chica iba a ser a partir de ahora su responsabilidad. De aquello, Jack no se iba a enterar jamás.

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