Nora sintió como algunas gotas de sudor frío le recorrían la espalda, de las que estaba segura, no pertenecían a ningún ataque de necesidad de fármacos. Movía constantemente los pies, sobretodo cuando los dos hombres hablaban entre ellos o Serena le lanzaba una mirada cargada de interés analítico. Si hacía acopios de recuerdos, aquella era la situación más incómoda que había vivido en toda su vida. Y para colmo, el chico misterioso había aparecido ¡Y era el hermano de Adam! ¡¿Como había podido tener tanto tiempo tan cerca alguien tan importante como él?! Su cabeza divagaba tanto, mirando tantas veces a ese tal Jack boquiabierta, que durante muchos momentos dejó de prestar atención a los demás.
-¿No comes nada?- preguntó Serena, ofreciéndole un trozo de pastel. Nora tragó saliva y aceptó el ofrecimiento. Definitivamente, Serena estaba molesta. Y estaba claro, que también estaba celosa de ella. Si lo pensaba más detenidamente, la mujer tenía todas las razones del mundo para estarlo, mientras que ella... solo estaba dando problemas a aquella familia.
-Yo... os agradezco mucho la idea de crear una especie de convivencia de extranjeros en Tokio, pero... No es necesario. Dejará de serlo si no me dan el visado- comentó con cierto pesar.
-No seas pesimista, Nora. Al principio yo me encontraba igual de perdida que tú. Claro que yo tenía a Adam- explicó Serena. -A todo esto ¿Por qué viniste a Tokio, Nora? Adam no me lo ha explicado aún- cada palabra que salía de sus labios parecía veneno en estado gaseoso.
-Es una larga historia- tragó saliva la chica.
-¿Y para qué estamos aquí entonces?- Serena cruzó una pierna sobre la otra, expectante.
-Es que...- Nora se rascó una mejilla. ¿Que excusa podía inventar? -Cambie... de aires. Solo eso. No me gustaba como era mi vida en Londres-
-¡Anda! ¡Pues como Jack! Tenéis varias cosas en común... por eso no pude evitar llamarle. Ojalá yo hubiese tenido a alguien con quien acostumbrarme a esta nueva vida. Sobretodo cuando Adam no estaba. Trabaja tanto...- murmuró -Siempre tan dedicado a las clases de refuerzo... ¿Como se llamaba esa ultima chica a la que diste clases? ¡Inori! Si, recuerdo a Inori. ¿Conoces a Inori, Nora?- la chica negó con la cabeza -Oh, entonces ¿Ya no está en la academia?-
-Terminó sus estudios de inglés, cielo-
-Que lástima. Me hubiese gustado mucho conocerla, como a Nora-
Nora y Jack guardaron silencio durante todo momento. La chica no se atrevía a mirar a Adam, quizá por medio, quizá por respeto. Jack sin embargo, si le miraba, con el ceño fruncido de forma constante. Empezaba a darse cuenta de que había algo muy extraño en el comportamiento de Serena y aquello no le gustó nada. -Entonces... Te llamas Jack ¿No?- preguntó Nora en voz baja, sacando al hombre de sus pensamientos.
-¿No os conocíais?- preguntó Adam con interés.
-Sí, pero...- A Nora no se le pasó por la mente ninguna excusa. Por suerte, eso fue algo que Jack sintió.
-No le dije mi nombre- Se adelantó él -Estaba en el metro. Tenía un acosador detrás que la estaba molestando y yo la ayudé. Increpé a ese hombre por su comportamiento y procuré que no se acercase más a ella y al resto de chicas del vagón hasta que bajó del tren- Nora tuvo que pestañear dos veces. ¿Como podía su mente trabajar tan rápidamente una excusa? O quizás era ella la torpe, sintiendo la cabeza pesada y angustiada.
-Vaya, se puede decir que la salvaste- comentó Serena, encantada.
-Bueno, quizá ella sola hubiese podido hacerlo- Jack lanzó una mirada significativa a la chica, quien captó la indirecta rápidamente. ¿La estaba acusando por lo que sucedió aquella noche? -Pero supongo que contar con ayuda siempre es bueno-
-Entonces para vosotros esto es una coincidencia de lo más asombrosa. ¡Que maravilla! Llego a saber que en mi mano estaba reuniros y lo hubiese hecho mucho antes. ¿A que si, cielo?- Adam asintió con pesadez. Nada de aquello era lo esperado para él. Estaba perdiendo el control de la situación por primera vez.
La tarde transcurrió entre pequeños y cortos silencios, únicamente destruidos por la imponente voz de Serena, que procuraba colmar a sus invitados de todo cuanto necesitasen, pero manteniendo ese semblante astuto y atento. Nora se sintió bastante nerviosa durante toda la merienda. Siendo sincera, no deseaba estar allí. No deseaba estar con Adam y Serena. Deseaba estar fuera, en su casa, pero con Jack. Ahora que le había encontrado, no pensaba volver a dejar que se escapara otra vez. Tenía tantas preguntas deseando brotar, que a veces sentía un nudo extraño en la garganta que le impedía respirar.
Observó desde la esquina del sofá como aquella familia era algo extraña. Hasta donde llegó a entender, Jack y Adam eran dos hermanos un poco complicados, con rencillas entre ellos dos de tal magnitud que llevaron a que fuese aquel día la primera vez que Jack conociese a Nick, aquel bebé regordete y rubio que hacía poco que había nacido. Quizá fue en aquel momento cuando más excluida se sintió, cuando decidió que ya era hora de marcharse. Sin embargo, no lo dijo. Esperó a que fuese Jack quien decidiese marcharse, ya caída la noche, para poder llevar a cabo sus intenciones.
-Yo también tengo que irme-
Ambos se despidieron de la pareja. Nora sintió el impulso de pedirle ayuda a Adam, incluso a Serena, sobre su problema con las pastillas. Pero la situación estaba tan tensa que decidió no hacerlo. Justo cuando Jack y ella salieron del portal del edificio, la chica vio como el hombre iba a tomar un camino distinto a ella como si nada ocurriese, de forma que le agarró de la muñeca con fuerza. -No, no, no. No te vayas. Ni se te ocurra irte ahora- imploró. -Dijiste que si volvíamos a encontrarnos, me contarías que está ocurriendo-
-¿Aún no lo sabes?- Aquella condescendencia al hablar crispó los nervios de la chica.
-¡¿Como quieres que lo sepa?!-
-Pensé que sacarías tus propias conclusiones-
-Pero ¡¿Qué...?!- Jack dejaba a Nora sin palabras. Hablaba como si lo que ambos veían no fuera importante, como si estuviese tan acostumbrado a ver a espíritus y demonios que se le había olvidado lo extraño que era en realidad. -Oye, mira. Necesito hablar contigo de esto ¿De acuerdo? Tengo muchas preguntas. Demasiadas- Jack la miró a los ojos durante unos instantes, sopesando las posibilidades. Finalmente, asintió.
-Está bien. Supongo que tienes derecho a saberlo. Pero no aquí, no en la calle. No en un lugar público. Vamos a tu casa-
Si bien la propuesta tomó a Nora de sorpresa, no dudó en aceptarla. Su casa era horrible, sin apenas decorar y demasiado pequeña. Pero claro, Jack ya la había visto. ¿De que se tenía que preocupar entonces? Tras tomar el metro y llegar hasta Nerima, ambos anduvieron hasta el piso. Al llegar, Nora dejó que Jack pasase primero, encendiendo las luces detrás de él conforme se adentraban en el hogar.
-Veo que no has arreglado el desastre que provocaron esos demonios el otro día- Nora se sonrojó al ser descubierto su descuido. Había un jarrón roto sobre la cocina, un cactus triturado sobre su maceta y una pared corredera estaba desgarrada.
-¿Y para qué? Llegarán más y destrozarán más cosas. Siempre lo hacen- suspiró.
-No- comentó Jack tajante.
-¿No, qué?-
-Esa no es la actitud. No debes permitir que ellos estén siempre rondando a su placer. No es bueno. Menos aun si eres una psíquica- Las palabras de Jack empezaron a hacer mella en la mente de la chica, quien empezó a sentirse mareada de tanta información.
-Espera, haré como que no he oído eso que has dicho... Por favor, siéntate- Nora tomó asiento bajo el kotatsu -No tengo nada que ofrecerte, lo siento. El frigorífico está vacío-
-Descuida. ¿Qué quieres sabes?-
-Lo primero...- Nora intentó pensar cual iba a ser su primera pregunta entre tantas que tenía. Sería sensato barajar bien las opciones y empezar de manera que comprendiese todo lo que ocurría. Pero, en vez de eso, extendió una mano y cogió la de Jack. Si bien el hombre pudo extrañarse en un primer momento, la chica acabó dándole un pellizco sobre el dorso de la mano que hizo que el hombre retirase la mano con rapidez. -Vale, estás aquí. Eres real-
-¡Eso se hace con uno mismo, para saber que no estás soñando!-
-Si, si, ya lo sé.- Nora hizo lo mismo con su mano -Estaba convencida de que yo estaba despierta. No tengo tanta imaginación como para soñar todo lo que ha ocurrido hoy. Pero no estaba convencida de que tu fueses real-
-¿Como no iba a serlo?-
-¿Quizá por que veo desde que tengo recuerdo demasiadas cosas que no sol reales?-
-Desde luego... no sabes nada-
-Pues explícamelo todo-
-¿Todo, todo?-
-Todo-
-Está bien... ¿Sabes que es lo que ves, al menos?- Nora dudó.
-Sé que veo espíritus. Sé que son espíritus de gente que ha muerto porque una vez reconocí a mi gato entre ellos. Sé que, en general, son pacíficos y que no hacen el menor daño. Y los otros... no se exactamente que son-
-Son demonios. Aquí, en Japón, los llaman yokais- La chica escuchó con atención, ligeramente nerviosa por la afirmación del hombre -Son entidades peligrosas que constantemente quieren pasar de su plano al nuestro-
-Pero aquí son distintas... Cuando vivía en Londres presentaban otra forma... eran como...-
-¿Personas deformes de ojos rojizos? Lo sé. Antes de llegar aquí yo también los veía así. Aquí son distintos, pero solo en lo físico. La razón de ser de los yokais y el resto de demonios es la misma. Por eso debes contener tus emociones. Eres una psíquica-
-¿Qué es... ser una psíquica?-
-Significa que eres algo más que una medium. Los medium solo pueden ver lo que vemos tú y yo, incluso luchar contra ellos. Pero eres una psíquica, y eso significa que tienes la habilidad de transportar a esos seres desde su plano al nuestro. Ya lo hiciste aquel día con aquella Onna. Cuando la destruí, sangró. Ningun yokai sangra si sigue en su plano-
-Pero... yo ni hice nada-
-Te debilitaste mentalmente. Estabas llorando a oscuras en tu baño. Los yokais aprovechan las emociones fuertes, las que hacen que tu mente se debilite o desconecte. Por medio de esas emociones se aprovechan de ti y tus habilidades para viajar- Nora no podía creer lo que estaba oyendo. A veces, sentía que los ojos se le enlagrimaban de pura confusión. Otras, sentía deseos de llorar, porque si Jack decía la verdad... estaba descubriendo quien era realmente.
-¿Entonces... yo soy una psíquica? ¿Soy... alguien normal?- Jack calló un momento, comprendiendo el pesar y la frustración que la voz de la chica cargaba consigo. Se cruzó de brazos por un momento y suspiró
-Bueno, no es que seamos muy normales- sonrió -Pero no eres la única, Nora, si es lo que te estabas preguntando. Hay más como nosotros, aquí y en todo el mundo. Más de los que puedas imaginar.- A la chica se le escaparon un par de lágrimas sin querer. Se sonrojó de pura vergüenza y se secó la humedad con la manga del jersey.
-Lo siento, lo siento. No quiero...-
-No pasa nada-
-Es que... he pensado durante tanto tiempo que... estaba loca... Han pasado tantas cosas por culpa de esta... habilidad- sollozó. -Por eso te estuve buscando por Tokio-
-¿Me buscaste?-
-Necesitaba saber la verdad. Necesitaba ese alivio- carraspeó -Necesitaba saber que no iba a morir en un manicomio mientras afirmaba que veía espíritus, demonios y premoniciones-
-¿Premoniciones?- la voz de Jack sonó extraña, así como sus ojos mostraron cierta incertidumbre. Nora supo, rápidamente, que algo iba mal.
jueves, 31 de mayo de 2018
Unos dulces de fresas con nata y otros de chocolate más algo de té, esas eran las órdenes concretas de Serena. Adam compró todo cuanto su mujer deseaba no sin dejar de darle vueltas al día del parque, a todo lo que había sucedido; a todo lo que había sentido. El torbellino de emociones que le encogía el corazón se le hacía a cada minuto más complicado de soportar. Nora, Serena, los niños... demasiadas responsabilidades que no podía mantener a la vez. Si quería pasar tiempo con Nora, tendría que encontrar la manera de calmar a Serena y quitarse de encima todas las sospechas... y si quería dedicar algún momento a su familia, tendrá que dejar de ver a Nora y provocar que la relación entre ambos fuese más despacio, cosa que tampoco deseaba -Muchas gracias por su compra- dijo amable la chica de la tienda con una suave inclinación de cabeza y una sonrisa brillante. Era una chica joven. Adam podía adivinar que habría alcanzado la mayoría de edad hacía relativamente poco. La japonesa era endiabladamente atractiva
-Gracias. Ten un buen día- respondió él tomando la bolsa y saliendo del establecimiento, dejando atrás la puerta automática cerrándose a sus espaldas -¿Pero qué coño te pasa, Adam?- se preguntó con disgusto. Montó en el coche y se quedó sentado en el asiento, habiendo depositado la compra en el asiento del copiloto. Agarró el volante con fuerza, frustrado. Se sondeaba a sí mismo la mente, tratando de encontrar respuesta a la volatilidad de su sexualidad. Quería a Serena, quería a su familia, pero se sentía fascinado por Nora. Admitía para sus adentros que la deseaba, que la observaba, que fantaseaba con el sencillo placer de quitarle la ropa tanto despacio como con desenfreno. Debía de ser preciosa. Podía idealizar perfectamente lo bella que debía de ser desnuda... y aún así... Sus ojos viraron un segundo hacia la tienda de nuevo. Aún podía ver a la jovencita atendiendo a otros clientes. Era preciosa, definitivamente... pero cayó en cuenta en un pequeño detalle. Sólo le parecía preciosa. Sólo admiraba el rostro tan bonito y angelical que la chica poseía. Aquello le serenó un poco. No estaba fantaseando con ella. No la deseaba, sólo admitía que era guapa ¿Era eso un delito? No, definitivamente no. Entonces no estaba enfermo... ¿O sí? Porque el simple pensamiento desviado hacia Nora le despertaba una fiebre terrible, pero sólo era si pensaba en Nora y no entra chica en esos instantes ¿Y si no era él? ¿Y si la culpable era Nora? No, egoismo. Eso era un pensamiento egoista, demasiado egoista incluso para alguien como él. Él no era quién para juzgar ni para culpar a nadie. Él era un hombre casado y tenía un compromiso con una mujer buena y trabajadora, que siempre le había apoyado y a la que había traicionado con varias alumnas con anterioridad. Se odiaba por admitir que quería que Nora fuese la siguiente ¿Pero por qué Nora ahora, y no las demás? ¿Qué le había despertado la inglesa que no tuviese esa misma chica de la tienda? ¿Su cuerpo se había hastiado de la raza japonesa? Tanto pensamiento le llevó a golpearse con la frente en el volante de pura frustración. El coche pitó con el claxon, llamando la atención de los transeuntes -Maldita sea... Maldita sea, espabila de una puta vez- arrancó el vehículo y se puso en marcha.
Cuando aparcó el coche y subió hacia su piso, no le pasó desapercibido el haber oido unas tenues voces en el salón. Lo que no esperaba bajo ningún concepto era que al entrar, se encontrase de bruces con Nora sentada en el sofá. La bolsa de la compra casi se le cayó al suelo de la impresión. Sintió que iba a romper a sudar -Ah, aquí está. Hola, cielo- dijo Serena con una sonrisa apagada. "Cálmate" se dijo Adam, pues veía cómo Serena lo estaba estudiando "Haz algo extraño y estarás confesando que Nora es algo más que una alumna"
-Tadaima- dijo sonriente, clamando su llegada a casa -Me sorprende verte aquí Nora ¿Ha pasado algo?-
-La he llamado yo- asintió Serena -Pensé que estaría bien conocernos un poco más, ya sabes, por eso de que ayer fue un poco precipitado todo ¿No crees?-
-Oh, me parece fantástico. Sólo espero que no haya sido mucha molestia hacerla venir- sonrió Adam
-¿Lo ha sido?- Serena clavó los ojos en Nora -¿Ha resultado costoso venir hasta mi casa?- la pregunta no se pronunció con tono frío, pero el veneno se respiraba en el ambiente. Nora no era tonta y sabía que debía elegir con cuidado las palabras "¿Te ha resultado costoso venir a mi casa pero no ir de paseos con mi marido?"
-No, no. En absoluto. De verdad que no ha sido ninguna molestia. Estoy muy agradecida por la hospitalidad- ante la buena respuesta de Nora, Adam se relajó un tanto y dejó el paquete de dulces sobre la mesa
-Aquí está lo que pediste- anunció Adam con alegría -Fresas, nata y chocolate-
-Sublime. Gracias cariño- aplaudió Serena con cierto aire alegre, bastante extraño
-¿No es mucho, sin embargo? Quiero decir, para dos son muchísimos. Contando con Nora no sobrará tanto pero tantos al menos deberían compartirse entre más ¡Nos vamos a poner redondos!- bromeó tratando de quitar tensión al ambiente
-No te preocupes por eso cariño. Voy a calentar algo de agua para un poco de té- Serena se movió con velocidad. No dejaba tiempo para contestar a Nora. Estaba dando por hecho que comería y bebería en su casa. La situación era convulsa y la inglesa cada vez estaba más incómoda.
-Siento... esto- dijo Adam con tono de voz más bajo -No te sientas violenta, por favor-
-¿Violenta? No, en absoluto...- terció Nora con el semblante pálido -Es una buena tarde con la esposa de mi profesor, con el que he estado paseando como si fuera una enamorada adolescente. Nos va a matar- no pudo evitar decirlo. Necesitaba expiar los nervios
-No hemos hecho nada malo- alegó Adam con seguridad -Confía en mí ¿De acuerdo? Sólo te estaba ayudando y seguiré haciéndolo. Ella lo entenderá. Sólo está un poco confusa-
-¿Confusa en qué sentido?- Adam casi dio un respingo ¿Cuanto tiempo llevaba ahí? Serena llegó como un rayo con el té y los vasos. Cuatro, concretamente.
-Sobre todo esto. Oye, cariño ¿Cuatro? Somos tres personas-
-Ah, maldita sea...- masculló Serena -Estoy un poco distraida, lo siento-
-Déjame, ya lo llevo yo a la cocina-
-No- una negación simple y tajante como un cuchillo. Lo poco que Adam se levantó de la silla volvió a bajar hasta plantar el trasero sobre el asiento. Fue una advertencia. -Ya lo llevaré yo luego-
Entonces se hizo el silencio. Bebiendo té y saboreando un poco los dulces comprados traidos por Adam el reloj parecía no avanzar en absoluto. El hombre percibía la mirada nerviosa de Nora, incómoda, mientras Serena la estudiaba de forma sigilosa. Reparaba en cada detalle de la chica, preguntándose qué tenía en comparación a ella que fuese especial. Serena admitía que era preciosa, que tenía unos ojos de ensueño, pero por lo demás no destacaba especialmente en nada -Antes Nora me habló de las pastillas- Adam tragó saliba
-¿Eh?-
-Las pastillas. Para la depresión- Serena dio un suave trago de té
-S-sí... Yo... Se me están acabando y...- suspiró -Siento de verdad la molestia. Es una gran ayuda, no puedo contar con nadie más-
-Ah, eso...- Adam asintió -Verás, Serena...-
-¿Me has estado cogiendo las pastillas de mi depresión para dárselas a una alumna, Adam? ¿De verdad?- la mujer sonó severa
-No sabe ir al médico ¿Vale? No dialoga bien, el idioma se le atraganta y más aún leer o escribir. Imagínate su situación. Sé que está mal no habértelo dicho pero tampoco pasa nada. Nosotros podemos comprarlas sin problemas, de manera que nunca te faltarán hasta que estés bien- explicó el marido
-De verdad que os las pagaré- insistió Nora -Lo prometo, en cuanto consiga un empleo os lo pagaré-
-No se trata del dinero, Nora- Serena la miró con seriedad -Es de que se hagan cosas a mis espaldas- aquellas palabras tenían doble significado de nuevo -Coger mis pastillas sin consultarme, Adam, es negligente ¿Y si me hubiese quedado sin ellas cuando las hubiese necesitado? Estando sola en casa tanto tiempo- remarcó muy claramente el "tanto" -con los niños, si me quedara sin pastillas, si me diese una crisis...- bufó. Trató de calmarse -Es cuestión de respeto. Discúlpame Nora. Tú no eres culpable de nada-
-Lo sé... lo sé- Adam bajó la cabeza -He obrado mal, pero sólo lo hacía por ayudarla. Ya lo ves, sufre también de problemas de ánimo y muy graves. Necesita esas pastillas y es menos costoso acompañarla al médico, pues me consumiría aún más tiempo ¿Eso quieres?- Adam supo dar en el clavo. Serena se mordió el labio inferior con duda -Darle unas pastillas para que se las dosifique con cuidado es más sencillo que andar haciéndole de traductor por todas partes. Eso significaría que estaría más tiempo con ella que contigo, más aún. No te ofendas Nora-
-No me ofendo, es un pensamiento racional. Es lógico. Yo disfrutaría pasando el tiempo con mi pareja que con otra cosa...-
-¿Tienes pareja?- Serena interrumpió de golpe. Nora se quedó helada ante la pregunta, que le trajo recuerdos dolorosos que abrieron heridas que aún no se habían cerrado
-Y-yo... Bueno... No, realmente no...-
-Bien- sonrió
-¿Cómo que bien?- preguntó Adam frunciendo el ceño. Entonces, el timbre sonó
-Ya está aquí- Serena se puso en pie tan feliz como un cascabel
-¿Quién es? ¿Esperabas a alguien?- Adam siguió a su mujer con la mirada, pero esta no contestó
Serena saludó muy feliz a alguien en baja voz y Adam no supo distinguir de quién se trataba, pero la voz era masculina ¿Un hombre? ¿Había llamado a un hombre? ¿Ese era el plan? ¿Buscaba ponerlo celoso o algo similar? Adam se giró en la silla esperando ver cuanto antes el rostro del invitado, porque no imaginaba a quién se iba a encontrar tras el umbral -Mira quién ha venido- anunció Serena, pasando primera al salón. Tras ella, unas pisadas firmes y por fin, una figura masculina. Pantalón vaquero de color gris oscuro y una camisa carmesí con el cuello desabotonado y con los puños desabrochados y arremangados hasta el antebrazo. Cabello castaño corto y despeinado y una barba desaliñada pero arreglada. No podía ser. No podía ser él.
-Jack...- Adam se fue a levantar muy despacio, conmocionado por verle, pero algo sucedió
-¡Tú!- Nora saltó como un resorte. Sus ojos brillaban de alegría y emoción. Su boca congelada en una sonrisa perpetua
-¿Os... conocíais?- preguntó Serena, sorprendida
-Vaya...- suspiró Jack -Me dijiste que Adam no estaría- Jack pareció obviar a Nora, pero no lo hizo
-Lo siento. Pequeña mentirijilla- rió Serena graciosa
-Ya...- Jack y Adam se miraron largo rato a los ojos en silencio
-Por favor, siéntate. Hay sitio en el sofá junto a Nora- invitó Serena y Jack obedeció. Pasó junto a Adam como si no estuviera y se sentó junto a la chica, que lo miraba sorprendida
-¿De qué os conocéis Nora y tú?-
-Él...- a la joven le costaba hablar. Nunca imaginó encontrarlo de nuevo en casa de Adam en una situación tan complicada ¿Cómo era posible?
-Coincidimos. Hace unas semanas- dijo Jack sencillamente
-Vaya, que estupenda coincidencia. El mundo es un pañuelo- Serena virtió té en la cuarta taza. Adam lo comprendió todo de golpe. Una taza de más y dulces de más. Miró a su mujer con ojos afilados.
-Inesperada, sin duda- Jack parecía parco en palabras. No tenía la misma actitud que cuando se deshizo de aquellos demonios que atormentaban a Nora. La chica podía notarlo.
-Hace años que no nos vemos- intervino Adam entonces -¿Qué te trae por aquí? ¿Necesitas dinero?-
-Si lo necesitara no acudiría a ti, tenlo por seguro- dio un sorbo al té, brindándolo a Serena como agradecimiento
-Le he llamado yo. Ha venido con la condición de que tú no estuvieras pero supongo que era inevitable- se encogió de hombros -Es tu casa a fin de cuentas y si Nora está aquí, no tienes trabajo que hacer- la habilidad de Serena para lanzar cuchillos era impresionante. Hasta Jack lo notó
-¿Puedo entonces saber a qué se debe tan placentero honor de tenerte aquí?- no se notaba precisamente placentero -No creo que sea para que meriende con nosotros cuando nisiquiera se presentó para cuando Nick nació- reprochó Adam de mala gana
-Si he venido, Adam, no es para que precisamente tú me reproches cosas a mí- entre ambos saltaban chispas. El ambiente se crispaba por momentos. Nora percibía extrañas sensaciones. Fuertes emociones. No comprendía cómo la casa no estaba regada de demonios ante esa animadversión. Sí percibió por el rabillo del ojo, sin embargo, que tras Serena había una sombra que se esfumó de un momento a otro ¿Estaba delirando?
-Por favor, no vayáis a discutir- suplicó Serena con un suspiro -Yo le llamé, yo quise que viniera. Es por el bien de todos. Jack puede ser una buena solución-
-¿Solución a qué?- preguntó Adam a su mujer, con la voz tensa
-A los problemas de Nora- se hizo el silencio de pronto y los tres miraron a la chica, que se encogió en el asiento
-¿Qué quieres decir?- Adam se enervó -¿Qué tiene que ver Jack con Nora?-
-Lleva 3 años viviendo aquí, uno más que nosotros. Se sabe manejar seguramente por aquí y, hasta donde yo sé, también está solo ¿Me equivoco Jackie?- sonrió. Jackie. Serena debía de conocerle bien.
-Sólo tengo a Inu- dio otro sorbo al té -Mi perro-
-¿Tu... perro se llama Inu?- preguntó Nora extrañada -Disculpadme si me equivoco porque mi japonés es como es pero... ¿No es eso redundante?- Jack la miró y asintió
-Precisamente. Es una criatura maravillosa y no debería ser una vergüenza que un perro se llame "Perro"- Nora percibió amabilidad en la explicación. Jack no se sentía molesto por su presencia
-Sigue siendo como si yo me llamase "Humano"- terció Adam con un bufido
-Como digo, mi perro es una criatura maravillosa. Tú, sin embargo...- Jack dio otro sorbo al té, mirando a Adam desafiante por encima del vaso
-Cómo te atreves...- se fue a poner en pie, pero Serena le agarró del brazo -¿En mi casa? ¿Vas a insultarme en mi propia casa? ¿Quién te crees que eres?- Adam empezó a alzar la voz
-Cálmate, hermano- contestó Jack con una sonrisa triunfante -Siempre has sido tú el que ha tenido el control de la situación. No deberías perder los papeles ahora-
-Sal de mi casa ahora mismo o...-
-¿Papá está enfadado?- preguntó la dulce vocecita de Charlotte asomada por la puerta. Jack se quedó ensimismado mirándola
-No. No, no, no. Para nada cariño. Sólo está emocionado. Ven aquí- Serena soltó a Adam y fue a por la niña -¿Te acuerdas del tío Jack?-
-Sólo tenía un año cuando me fui- dijo el muchacho -Es imposible que me recuerde- le acarició el cabello con mimo a la pequeña -Pero yo sí me acuerdo de ti. Sigues siendo la niña más guapa del mundo- Charlotte le sonrió con afecto y vergüenza
-Anda, sigue jugando. No pasa nada- Serena le besó la frente a la niña y esta se marchó. El silencio se apoderó de nuevo de la sala.
-¿Cuál es el plan?- preguntó Adam tras el silencio, cruzado de brazos
-Pensaba que si Nora está sola en japón, al igual que Jack, podíamos presentarles y que se ayuden mutuamente. Nos tienen ambos a nosotros como aval de que son personas de confianza, que ninguno se aprovechará del otro- sonrió Serena
-Eso es...- Adam quiso decir absurdo, pero era consciente de que se estaba mostrando molesto de más -Es algo temerario- eligió mejor las palabras -No se puede andar uniendo a desconocidos así como así. Jack no es precisamente la persona más amable del mundo y...-
-Que no lo sea contigo, hermano, no significa que no lo sea en general. Si fuese una persona horrible no tendría trabajo, ni llevaría 3 años viviendo aquí de forma exitosa- sonrió de forma descarada
-¿Seguro que no trabajas para la Yakuza?-
-Me encantaría. Seguro que así no serías tan valiente a la hora de dirigirte a mí con esos aires-
-¿Es que no puede haber paz entre vosotros dos?- Serena se llevó una mano a la frente -Hay una invitada, por el amor de Dios-
-Tienes razón- Jack asintió -Lo siento, Nora- miró a la chica -Pero he de decir que el plan de Serena me parece bien. Llevo 3 años solo y no tengo a nadie con quien hablar en mi idioma, más que con mi perro. A veces, el japonés se hace pesado, al igual que sus costumbres. No estaría mal ver otros puntos de vista. Si te parece bien-
-¡Eso es maravilloso! ¿Qué te parece a ti, Nora?- Serena la miraba expectante
-Yo...- no podía creerlo. El hombre al que buscaba, por fin a su lado. Tenía tantas preguntas que hacerle... ¡Y tenía la posibilidad de verse más a menudo! Respuestas. Todas las respuestas. Ojalá él pudiese dárselas. Deseaba con todo su ser que así fuese -Yo creo que está bien ¿No?- le sonrió a Serena y luego a Adam, pero éste no le devolvió la sonrisa, sino que se mantenía con el ceño fruncido, molesto. Al mirar a Jack, éste le guiñó el ojo con complicidad. Sí... tenían mucho de qué hablar.
-Gracias. Ten un buen día- respondió él tomando la bolsa y saliendo del establecimiento, dejando atrás la puerta automática cerrándose a sus espaldas -¿Pero qué coño te pasa, Adam?- se preguntó con disgusto. Montó en el coche y se quedó sentado en el asiento, habiendo depositado la compra en el asiento del copiloto. Agarró el volante con fuerza, frustrado. Se sondeaba a sí mismo la mente, tratando de encontrar respuesta a la volatilidad de su sexualidad. Quería a Serena, quería a su familia, pero se sentía fascinado por Nora. Admitía para sus adentros que la deseaba, que la observaba, que fantaseaba con el sencillo placer de quitarle la ropa tanto despacio como con desenfreno. Debía de ser preciosa. Podía idealizar perfectamente lo bella que debía de ser desnuda... y aún así... Sus ojos viraron un segundo hacia la tienda de nuevo. Aún podía ver a la jovencita atendiendo a otros clientes. Era preciosa, definitivamente... pero cayó en cuenta en un pequeño detalle. Sólo le parecía preciosa. Sólo admiraba el rostro tan bonito y angelical que la chica poseía. Aquello le serenó un poco. No estaba fantaseando con ella. No la deseaba, sólo admitía que era guapa ¿Era eso un delito? No, definitivamente no. Entonces no estaba enfermo... ¿O sí? Porque el simple pensamiento desviado hacia Nora le despertaba una fiebre terrible, pero sólo era si pensaba en Nora y no entra chica en esos instantes ¿Y si no era él? ¿Y si la culpable era Nora? No, egoismo. Eso era un pensamiento egoista, demasiado egoista incluso para alguien como él. Él no era quién para juzgar ni para culpar a nadie. Él era un hombre casado y tenía un compromiso con una mujer buena y trabajadora, que siempre le había apoyado y a la que había traicionado con varias alumnas con anterioridad. Se odiaba por admitir que quería que Nora fuese la siguiente ¿Pero por qué Nora ahora, y no las demás? ¿Qué le había despertado la inglesa que no tuviese esa misma chica de la tienda? ¿Su cuerpo se había hastiado de la raza japonesa? Tanto pensamiento le llevó a golpearse con la frente en el volante de pura frustración. El coche pitó con el claxon, llamando la atención de los transeuntes -Maldita sea... Maldita sea, espabila de una puta vez- arrancó el vehículo y se puso en marcha.
Cuando aparcó el coche y subió hacia su piso, no le pasó desapercibido el haber oido unas tenues voces en el salón. Lo que no esperaba bajo ningún concepto era que al entrar, se encontrase de bruces con Nora sentada en el sofá. La bolsa de la compra casi se le cayó al suelo de la impresión. Sintió que iba a romper a sudar -Ah, aquí está. Hola, cielo- dijo Serena con una sonrisa apagada. "Cálmate" se dijo Adam, pues veía cómo Serena lo estaba estudiando "Haz algo extraño y estarás confesando que Nora es algo más que una alumna"
-Tadaima- dijo sonriente, clamando su llegada a casa -Me sorprende verte aquí Nora ¿Ha pasado algo?-
-La he llamado yo- asintió Serena -Pensé que estaría bien conocernos un poco más, ya sabes, por eso de que ayer fue un poco precipitado todo ¿No crees?-
-Oh, me parece fantástico. Sólo espero que no haya sido mucha molestia hacerla venir- sonrió Adam
-¿Lo ha sido?- Serena clavó los ojos en Nora -¿Ha resultado costoso venir hasta mi casa?- la pregunta no se pronunció con tono frío, pero el veneno se respiraba en el ambiente. Nora no era tonta y sabía que debía elegir con cuidado las palabras "¿Te ha resultado costoso venir a mi casa pero no ir de paseos con mi marido?"
-No, no. En absoluto. De verdad que no ha sido ninguna molestia. Estoy muy agradecida por la hospitalidad- ante la buena respuesta de Nora, Adam se relajó un tanto y dejó el paquete de dulces sobre la mesa
-Aquí está lo que pediste- anunció Adam con alegría -Fresas, nata y chocolate-
-Sublime. Gracias cariño- aplaudió Serena con cierto aire alegre, bastante extraño
-¿No es mucho, sin embargo? Quiero decir, para dos son muchísimos. Contando con Nora no sobrará tanto pero tantos al menos deberían compartirse entre más ¡Nos vamos a poner redondos!- bromeó tratando de quitar tensión al ambiente
-No te preocupes por eso cariño. Voy a calentar algo de agua para un poco de té- Serena se movió con velocidad. No dejaba tiempo para contestar a Nora. Estaba dando por hecho que comería y bebería en su casa. La situación era convulsa y la inglesa cada vez estaba más incómoda.
-Siento... esto- dijo Adam con tono de voz más bajo -No te sientas violenta, por favor-
-¿Violenta? No, en absoluto...- terció Nora con el semblante pálido -Es una buena tarde con la esposa de mi profesor, con el que he estado paseando como si fuera una enamorada adolescente. Nos va a matar- no pudo evitar decirlo. Necesitaba expiar los nervios
-No hemos hecho nada malo- alegó Adam con seguridad -Confía en mí ¿De acuerdo? Sólo te estaba ayudando y seguiré haciéndolo. Ella lo entenderá. Sólo está un poco confusa-
-¿Confusa en qué sentido?- Adam casi dio un respingo ¿Cuanto tiempo llevaba ahí? Serena llegó como un rayo con el té y los vasos. Cuatro, concretamente.
-Sobre todo esto. Oye, cariño ¿Cuatro? Somos tres personas-
-Ah, maldita sea...- masculló Serena -Estoy un poco distraida, lo siento-
-Déjame, ya lo llevo yo a la cocina-
-No- una negación simple y tajante como un cuchillo. Lo poco que Adam se levantó de la silla volvió a bajar hasta plantar el trasero sobre el asiento. Fue una advertencia. -Ya lo llevaré yo luego-
Entonces se hizo el silencio. Bebiendo té y saboreando un poco los dulces comprados traidos por Adam el reloj parecía no avanzar en absoluto. El hombre percibía la mirada nerviosa de Nora, incómoda, mientras Serena la estudiaba de forma sigilosa. Reparaba en cada detalle de la chica, preguntándose qué tenía en comparación a ella que fuese especial. Serena admitía que era preciosa, que tenía unos ojos de ensueño, pero por lo demás no destacaba especialmente en nada -Antes Nora me habló de las pastillas- Adam tragó saliba
-¿Eh?-
-Las pastillas. Para la depresión- Serena dio un suave trago de té
-S-sí... Yo... Se me están acabando y...- suspiró -Siento de verdad la molestia. Es una gran ayuda, no puedo contar con nadie más-
-Ah, eso...- Adam asintió -Verás, Serena...-
-¿Me has estado cogiendo las pastillas de mi depresión para dárselas a una alumna, Adam? ¿De verdad?- la mujer sonó severa
-No sabe ir al médico ¿Vale? No dialoga bien, el idioma se le atraganta y más aún leer o escribir. Imagínate su situación. Sé que está mal no habértelo dicho pero tampoco pasa nada. Nosotros podemos comprarlas sin problemas, de manera que nunca te faltarán hasta que estés bien- explicó el marido
-De verdad que os las pagaré- insistió Nora -Lo prometo, en cuanto consiga un empleo os lo pagaré-
-No se trata del dinero, Nora- Serena la miró con seriedad -Es de que se hagan cosas a mis espaldas- aquellas palabras tenían doble significado de nuevo -Coger mis pastillas sin consultarme, Adam, es negligente ¿Y si me hubiese quedado sin ellas cuando las hubiese necesitado? Estando sola en casa tanto tiempo- remarcó muy claramente el "tanto" -con los niños, si me quedara sin pastillas, si me diese una crisis...- bufó. Trató de calmarse -Es cuestión de respeto. Discúlpame Nora. Tú no eres culpable de nada-
-Lo sé... lo sé- Adam bajó la cabeza -He obrado mal, pero sólo lo hacía por ayudarla. Ya lo ves, sufre también de problemas de ánimo y muy graves. Necesita esas pastillas y es menos costoso acompañarla al médico, pues me consumiría aún más tiempo ¿Eso quieres?- Adam supo dar en el clavo. Serena se mordió el labio inferior con duda -Darle unas pastillas para que se las dosifique con cuidado es más sencillo que andar haciéndole de traductor por todas partes. Eso significaría que estaría más tiempo con ella que contigo, más aún. No te ofendas Nora-
-No me ofendo, es un pensamiento racional. Es lógico. Yo disfrutaría pasando el tiempo con mi pareja que con otra cosa...-
-¿Tienes pareja?- Serena interrumpió de golpe. Nora se quedó helada ante la pregunta, que le trajo recuerdos dolorosos que abrieron heridas que aún no se habían cerrado
-Y-yo... Bueno... No, realmente no...-
-Bien- sonrió
-¿Cómo que bien?- preguntó Adam frunciendo el ceño. Entonces, el timbre sonó
-Ya está aquí- Serena se puso en pie tan feliz como un cascabel
-¿Quién es? ¿Esperabas a alguien?- Adam siguió a su mujer con la mirada, pero esta no contestó
Serena saludó muy feliz a alguien en baja voz y Adam no supo distinguir de quién se trataba, pero la voz era masculina ¿Un hombre? ¿Había llamado a un hombre? ¿Ese era el plan? ¿Buscaba ponerlo celoso o algo similar? Adam se giró en la silla esperando ver cuanto antes el rostro del invitado, porque no imaginaba a quién se iba a encontrar tras el umbral -Mira quién ha venido- anunció Serena, pasando primera al salón. Tras ella, unas pisadas firmes y por fin, una figura masculina. Pantalón vaquero de color gris oscuro y una camisa carmesí con el cuello desabotonado y con los puños desabrochados y arremangados hasta el antebrazo. Cabello castaño corto y despeinado y una barba desaliñada pero arreglada. No podía ser. No podía ser él.
-Jack...- Adam se fue a levantar muy despacio, conmocionado por verle, pero algo sucedió
-¡Tú!- Nora saltó como un resorte. Sus ojos brillaban de alegría y emoción. Su boca congelada en una sonrisa perpetua
-¿Os... conocíais?- preguntó Serena, sorprendida
-Vaya...- suspiró Jack -Me dijiste que Adam no estaría- Jack pareció obviar a Nora, pero no lo hizo
-Lo siento. Pequeña mentirijilla- rió Serena graciosa
-Ya...- Jack y Adam se miraron largo rato a los ojos en silencio
-Por favor, siéntate. Hay sitio en el sofá junto a Nora- invitó Serena y Jack obedeció. Pasó junto a Adam como si no estuviera y se sentó junto a la chica, que lo miraba sorprendida
-¿De qué os conocéis Nora y tú?-
-Él...- a la joven le costaba hablar. Nunca imaginó encontrarlo de nuevo en casa de Adam en una situación tan complicada ¿Cómo era posible?
-Coincidimos. Hace unas semanas- dijo Jack sencillamente
-Vaya, que estupenda coincidencia. El mundo es un pañuelo- Serena virtió té en la cuarta taza. Adam lo comprendió todo de golpe. Una taza de más y dulces de más. Miró a su mujer con ojos afilados.
-Inesperada, sin duda- Jack parecía parco en palabras. No tenía la misma actitud que cuando se deshizo de aquellos demonios que atormentaban a Nora. La chica podía notarlo.
-Hace años que no nos vemos- intervino Adam entonces -¿Qué te trae por aquí? ¿Necesitas dinero?-
-Si lo necesitara no acudiría a ti, tenlo por seguro- dio un sorbo al té, brindándolo a Serena como agradecimiento
-Le he llamado yo. Ha venido con la condición de que tú no estuvieras pero supongo que era inevitable- se encogió de hombros -Es tu casa a fin de cuentas y si Nora está aquí, no tienes trabajo que hacer- la habilidad de Serena para lanzar cuchillos era impresionante. Hasta Jack lo notó
-¿Puedo entonces saber a qué se debe tan placentero honor de tenerte aquí?- no se notaba precisamente placentero -No creo que sea para que meriende con nosotros cuando nisiquiera se presentó para cuando Nick nació- reprochó Adam de mala gana
-Si he venido, Adam, no es para que precisamente tú me reproches cosas a mí- entre ambos saltaban chispas. El ambiente se crispaba por momentos. Nora percibía extrañas sensaciones. Fuertes emociones. No comprendía cómo la casa no estaba regada de demonios ante esa animadversión. Sí percibió por el rabillo del ojo, sin embargo, que tras Serena había una sombra que se esfumó de un momento a otro ¿Estaba delirando?
-Por favor, no vayáis a discutir- suplicó Serena con un suspiro -Yo le llamé, yo quise que viniera. Es por el bien de todos. Jack puede ser una buena solución-
-¿Solución a qué?- preguntó Adam a su mujer, con la voz tensa
-A los problemas de Nora- se hizo el silencio de pronto y los tres miraron a la chica, que se encogió en el asiento
-¿Qué quieres decir?- Adam se enervó -¿Qué tiene que ver Jack con Nora?-
-Lleva 3 años viviendo aquí, uno más que nosotros. Se sabe manejar seguramente por aquí y, hasta donde yo sé, también está solo ¿Me equivoco Jackie?- sonrió. Jackie. Serena debía de conocerle bien.
-Sólo tengo a Inu- dio otro sorbo al té -Mi perro-
-¿Tu... perro se llama Inu?- preguntó Nora extrañada -Disculpadme si me equivoco porque mi japonés es como es pero... ¿No es eso redundante?- Jack la miró y asintió
-Precisamente. Es una criatura maravillosa y no debería ser una vergüenza que un perro se llame "Perro"- Nora percibió amabilidad en la explicación. Jack no se sentía molesto por su presencia
-Sigue siendo como si yo me llamase "Humano"- terció Adam con un bufido
-Como digo, mi perro es una criatura maravillosa. Tú, sin embargo...- Jack dio otro sorbo al té, mirando a Adam desafiante por encima del vaso
-Cómo te atreves...- se fue a poner en pie, pero Serena le agarró del brazo -¿En mi casa? ¿Vas a insultarme en mi propia casa? ¿Quién te crees que eres?- Adam empezó a alzar la voz
-Cálmate, hermano- contestó Jack con una sonrisa triunfante -Siempre has sido tú el que ha tenido el control de la situación. No deberías perder los papeles ahora-
-Sal de mi casa ahora mismo o...-
-¿Papá está enfadado?- preguntó la dulce vocecita de Charlotte asomada por la puerta. Jack se quedó ensimismado mirándola
-No. No, no, no. Para nada cariño. Sólo está emocionado. Ven aquí- Serena soltó a Adam y fue a por la niña -¿Te acuerdas del tío Jack?-
-Sólo tenía un año cuando me fui- dijo el muchacho -Es imposible que me recuerde- le acarició el cabello con mimo a la pequeña -Pero yo sí me acuerdo de ti. Sigues siendo la niña más guapa del mundo- Charlotte le sonrió con afecto y vergüenza
-Anda, sigue jugando. No pasa nada- Serena le besó la frente a la niña y esta se marchó. El silencio se apoderó de nuevo de la sala.
-¿Cuál es el plan?- preguntó Adam tras el silencio, cruzado de brazos
-Pensaba que si Nora está sola en japón, al igual que Jack, podíamos presentarles y que se ayuden mutuamente. Nos tienen ambos a nosotros como aval de que son personas de confianza, que ninguno se aprovechará del otro- sonrió Serena
-Eso es...- Adam quiso decir absurdo, pero era consciente de que se estaba mostrando molesto de más -Es algo temerario- eligió mejor las palabras -No se puede andar uniendo a desconocidos así como así. Jack no es precisamente la persona más amable del mundo y...-
-Que no lo sea contigo, hermano, no significa que no lo sea en general. Si fuese una persona horrible no tendría trabajo, ni llevaría 3 años viviendo aquí de forma exitosa- sonrió de forma descarada
-¿Seguro que no trabajas para la Yakuza?-
-Me encantaría. Seguro que así no serías tan valiente a la hora de dirigirte a mí con esos aires-
-¿Es que no puede haber paz entre vosotros dos?- Serena se llevó una mano a la frente -Hay una invitada, por el amor de Dios-
-Tienes razón- Jack asintió -Lo siento, Nora- miró a la chica -Pero he de decir que el plan de Serena me parece bien. Llevo 3 años solo y no tengo a nadie con quien hablar en mi idioma, más que con mi perro. A veces, el japonés se hace pesado, al igual que sus costumbres. No estaría mal ver otros puntos de vista. Si te parece bien-
-¡Eso es maravilloso! ¿Qué te parece a ti, Nora?- Serena la miraba expectante
-Yo...- no podía creerlo. El hombre al que buscaba, por fin a su lado. Tenía tantas preguntas que hacerle... ¡Y tenía la posibilidad de verse más a menudo! Respuestas. Todas las respuestas. Ojalá él pudiese dárselas. Deseaba con todo su ser que así fuese -Yo creo que está bien ¿No?- le sonrió a Serena y luego a Adam, pero éste no le devolvió la sonrisa, sino que se mantenía con el ceño fruncido, molesto. Al mirar a Jack, éste le guiñó el ojo con complicidad. Sí... tenían mucho de qué hablar.
miércoles, 30 de mayo de 2018
Nora se sentó en la parte trasera del coche casi sin opción. Se sentía incómoda, muy incómoda. La tensión se palpaba en el ambiente y no era rota en ningún momento por ninguno de los tres. Ninguno era capaz de hablar o decir cualquier cosa que restase peso al asunto, y la chica entendió rápidamente por qué: Adam estaba casado y tenía hijos, y ella, había estado pasando la tarde con él. Y no solo aquella tarde, pues hacía dos días atrás había ocurrido lo mismo entre los dos. Por supuesto, en ningún momento pensó en que estuviese haciendo daño a nadie por salir con su profesor. Claro que llegó a pensar que, quizás, era un poco extraño que profesor y alumna mantuviesen aquella confianza. Claro que aquel día se había fijado en que Adam estaba algo más confiado con ella de lo normal. Pero, siendo sincera y egoísta, no llegó a plantearse si un hombre como el tenía familia. De hecho le gustaba tener a alguien en Tokio, le gustaba que alguien la viese con ojos de lo que siempre fue y no en lo que se convirtió, aunque a veces sintiese miedo de que alguien llegase a correr la misma suerte que Patrick... No se le pasó por la cabeza preguntarle a Adam nada sobre él. Pero ¿Por qué debía hacerlo? Ella no tenía culpa de nada. La culpa era de él si ahora si mujer estaba molesta.
Nora frunció el ceño y se limitó a mirar por la ventanilla del coche. La situación era horrible y se sentía mal por ello. En parte, se sentía engañada, por alguna razón. Había algo en Adam que hacía que se sintiese extraña y culpable a pesar de todo. ¡Qué vergüenza! Y todo aquello, no había sido promovido más que por su propio interés de encontrar a aquel hombre misterioso, del que empezaba a dudar volverle a ver. Sin querer, se vino abajo por momentos. La cara se le puso blanca y las facciones en su rostro se apagaron por completo. Se sentía mal, horrible... Necesitaba una pastilla y no tenía nada en aquel momento. -¿Puedo abrir la ventanilla...?- Tanto Serena como Adam la miraron mediante el espejo del retrovisor. El hombre accionó el botón que hizo que el cristal de la ventanilla que había junto a Nora bajase lentamente, haciendo que la brisa del movimiento del vehículo impactase suavemente contra su cara.
-Tienes mala cara- murmuró Serena con cierta maldad, apretando los nudllos hasta que se pusieron blancos.
-Estoy bien- se limitó a decir la chica. Adam sabía que mentía. Había estado radiante hasta hacía unos minutos, y ahora, parecía más bien una flor marchita. -Podéis dejarme cerca de casa, no es necesario que me llevéis hasta allí. De verdad-
-Ni hablar. ¿Verdad, Adam?- El hombre no dijo nada, sintiéndose cohibido, temeroso de que cualquier palabra que dijese jugase en su contra. En aquella situación, solo Serena podía ordenar.
Llegaron hasta el piso de Nora en Nerima tras varias indicaciones de la chica. Tanto Adam cono Serena miraron el piso con cierto horror. Desde fuera, se veía pequeño, feo y algo derruido, de forma que podían imaginarse como era su interior. -Muchas gracias por acompañarme hasta aquí- dijo antes de salir del coche.
-¿Seguro que estás bien?- preguntó esta vez Adam
-Sí... de verdad. Gracias por todo.- Sin decir más, la chica se marchó, intentando mantener el equilibrio mientras subía las escaleras exteriores hacia su hogar. Serena y Adam, por su parte, se marcharon.
La mujer no pudo evitarlo. El restallido del golpe con la mano en la cara de su esposo llegó incluso a los oídos de sus hijos, que aguardaban encerrados en su habitación. Adam se llevó la mano al rostro, boquiabierto, sin saber qué decir. -¡Me mentiste! ¡Me dijiste esta mañana que estarías trabajando!- gritó la mujer con lágrimas en los ojos.
-Serena, los niños...-
-¡Me dan igual los niños! ¡Cuanto antes sepan que su padre es un embustero, mejor!-
-Serena, por favor- Adam no sabía como contenerla. Intentaba agarrarla, abrazarla, hacerla callar de alguna manera para que sus hijos no oyesen nada, pero no pudo.
-¡Déjame y explícame que hacías con esa!-
-Estaba dando clases, te lo dije-
-¡¿Desde cuando das clases diarias con paseitos y ñoñerías a tus alumnas?! ¡En Yoyogi no hay nada que ella no pudiera aprender sola! ¡¿Que estabais haciendo?! ¡¿Por qué estabas tan cerca de ella?!-
-Si que hay que aprender, Serena. La llevé allí para enseñarla a escribir una oración. De paso estudiamos los nombres de los animales y los árboles que allí había.-
-No te creo-
-Pues es la verdad- Adam se frotó el rostro, abrumado por todo cuanto estaba aconteciendo. -Te dije que Nora estaba mal-
-¡Me da igual! ¡Yo soy tu mujer y también estoy mal!-
-¡Pero yo traigo el dinero a casa haciendo estas cosas!-
-¡Y yo traería también dinero si no fuera porque estamos en esta ciudad de mierda viviendo por tu culpa!- Serena rompió a llorar. Su marido se sintió un hombre horrible por haber gritado, perdiendo los nervios. Quiso abrazar a Serena, pero ésta no se dejo. -Todo antes era perfecto... Mi trabajo en el bufete, tu trabajo de profesor, bien pagado y con tiempo libre... Éramos una familia unida. ¿Qué se supone que somos ahora?-
-Seguimos siendo lo que eramos-
-No, ni hablar. Esta estabilidad se ha roto. Empezaste por ser demasiado amable con las alumnas, a intercambiar sus números de teléfono por el tuyo. Ahora prefieres pasar las tardes con mujeres más jóvenes que tú...-
-Cariño, mírame- Adam alargó sus brazos y tomó el húmedo rostro de su mujer entre las manos -Sea lo que sea que estés pensando, estás equivocada. ¿Crees que hay algo entre esa chica y yo? ¿Crees que te estoy siendo infiel?- Serena no respondió -¿Cómo puedes pensar eso de mi?- se atrevió a decir, fingiendo ofensa. Al fin y al cabo, su mujer no tenía pruebas de nada. Les había visto juntos y nada más... Ella nunca sabría las intenciones que pasaban por su cabeza justo en el momento en el que les descubrió juntos -Porque yo jamás haría tal cosa. Te lo dije: todo lo que hago, todo lo que trabajo, es por ti- Serena tuvo que apartar la mirada, sintiéndose convencida de sus dulces palabras.
-¿Qué pensarías tú si fuese yo quien pasa las tardes con otro hombre?-
-Que pobre el hombre que piense que puede alcanzar a una mujer como tú... Sólo yo tengo la suerte de tenerte a mi lado. Tú... eres todo para mi. Jamás permitiría que nadie te arrebatase de mi lado. Nadie- Susurró de forma seductora y cariñosa. La mujer sintió que se derretía. Amaba a su marido sobre todas las cosas, y cualquier cosa que él dijera, era suficiente para tenerla entre sus brazos. No pudo decir nada, más que sollozar de forma suave y mirarle a los ojos. -Entre Nora y yo no hay nada. Yo solo la intentaba ayudar... Está demasiado mal. ¿Viste su cara? Tiene un problema muy gordo y... bueno, supongo que a veces me paso de amable-
-¿Y como se supone que la ayudas?-
-A parte de con el idioma, intento hablar con ella como hablaba contigo cuando estabas peor. Si no fuera porque está sola, sin nadie en este país, no la ayudaría. ¿Qué harías tu si una chica un día recurre a ti con desesperación y te pide ayuda con urgencia? ¿Qué harías si, cuando te habla de sus problemas, piensas que sería capaz de hacer una locura? ¿A caso no la ayudarías?- Serena reflexionó en silencio.
-Creo que eres... demasiado implicado-
-Puede que ese sea mi pecado. Me culpo por ello. Pero mi pecado jamás será tratarte mal, eso puedo jurártelo- Tras un enorme suspiro, Serena dejó de llorar. -Te quiero- Aquellas palabras fueron suficientes para que la mujer se echase a los brazos de su marido. Éste la arropó como hacía tiempo que no lo hacía. Teniéndola entre sus brazos, intentó contar cuantas mentiras le había contando en apenas unos minutos... ¿Qué estaba haciendo con su vida?
-¿Sabes qué?... Yo también pienso que nadie va a poder alcanzarte nunca-
-¿Por qué?- preguntó Adam con nerviosismo.
-Porque yo tampoco voy a permitir que te aparten de mi lado- sonrió la mujer, contendiendo en el resto del rostro una expresión seria, aun oculta entre los brazos de Adam.
Pasó una semana desde entonces. Nora apenas fue un par de veces a clase, de nuevo, sintiéndose mal, apagada y triste. No sabía nada de aquel hombre misterioso. Durante un par de días se aventuró a caminar por Tokio para intentar dar con él, pero aquellas exploraciones solo consiguieron hacer que se perdiera durante horas. Por otra parte, su cuerpo empezó a comportarse de forma extraña, sufriendo nauseas y ansiedad. No le costó pensar que lo que su cuerpo le pedía, eran las pastillas que, durante dos días, dejó de tomar con la asiduidad de siempre. Volvía a sentir la depresión sobre ella, aquel pesar, aquel malestar...
-Te noto la voz apagada. ¿Aún no hay avances?- preguntó Sam al otro lado del teléfono.
-Nada de nada...- Nora se dejó caer sobre la superficie del kotatsu.
-¿Comes bien, al menos?-
-Todo lo que este país me deja. Aquí la carne es demasiado cara.-
-¿Y qué comes?-
-Pues fideos, verdura y... fideos-
-Te enviaré mas dinero-
-Ni hablar. Sam, no me envíes más dinero, por favor-
-No me cuesta nada. Eres mi amiga, me preocupo por ti-
-Soy bastante mayorcita ya. Puedo ingeniármelas sola-
-¿Cómo? Aun no has encontrado trabajo-
-Lo encontraré... Y si no, volveré a...-
-¿A casa? ¿Qué casa?-
-Viviré de alquiler-
-¿Y que harás cuando la gente empiece a preguntar por qué te fuiste? ¿Qué harás cuando empiecen a mirarte de forma extraña?- Nora bufó.
-¿Hablan de mi allí?-
-Algunas veces... Se preguntan por qué no vuelves-
-¿Nadie... sospecha nada?-
-Desde que la policía descartó culpables, nadie. Pero creo que es mejor que no vuelvas. Te echo de menos y me gustaría verte, pero... Acabaste tan mal después de aquello... No quiero que vuelvas a verte en esa situación-
-A lo mejor lo he superado-
-Si no consigues rehacer tu vida donde nadie te conoce ¿Como piensas hacerlo aquí?- La chica se rascó la nuca. Sam tenía razón. Aunque pudiese sonar seria y apática, su mejor amiga siempre tenía razón y sabía más que nadie lo que Nora necesitaba. -Te conviene estar allí. Apenas hace un año... Ha pasado poco tiempo-
-¿Y mis padres? ¿Sabes algo de ellos?-
-Pues... el otro día mientras paseaba con Tom vi a tu padre con aquella novia que tenía antes de que te fueras. Tenían... un carrito de bebé-
-Vaya...- Nora tragó saliva, intentando digerir lo que acaba de oir.
-Lo siento, cielo. No te han llamado ¿Verdad?-
-No. Creo que dejaron bien claro que no querian saber nada más de mi-
-Entonces, olvídales. No te merecen. Me tienes a mi ¿De acuerdo? No estas sola. Oye ¿Y aquel profesor del que me hablaste? El que te daba las pastillas-
-Es una larga historia...-
-Pues busca historias cortas. No me creo que no haya japoneses allí interesados por tener una amistad contigo o... algo más-
-No tengo ganas de relaciones íntimas si te estás refiriendo a eso-
-Bueno, alguna vez llegará el momento ¿No?- Nora suspiró
-Te tengo que colgar-
-Si, ya... Bueno, cuídate. Y cuidado con esas pastillas. Ve al médico en cuanto puedas- La chica pulsó el botón de colgar sin tan siquiera despedirse. El hablar de relaciones amorosas hizo que se sintiese peor. Se echó sobre el kotatsu, mirando el bote de pastillas que tenía junto a ella... Tenía un gran problema, otra vez.
Al día siguiente, bastante temprano, recibió una llamada inesperada. Nora se sobresaltó porque se había quedado dormida sobre el kotatsu. Al tomar el móvil y no conocer el número que la llamaba, se puso muy nerviosa. Sintió como el corazón le bombeaba con fuerza y como la garganta se le cerraba sin dejarla respirar. Sus manos temblaron tanto que el móvil se cayó al suelo un par de veces justo antes de decidirse a descolgar. Temió por la voz que sonase al otro lado, temió por que fuese de alguien conocido, o alguien incluso desconocido, de la anterior ciudad en la que vivía. Pero aquella voz que sonó, no la conocía de nada. -¿Nora? ¿Tú eres Nora?-
-Sí...- La chica sintió que iba a desfallecer de los nervios. ¿La habían encontrado?
-Soy Serena, la mujer de Adam- Al oír aquello, la chica se serenó. No obstante, se sintió incómoda por la llamada -He cogido tu número del móvil de Adam, si es lo que te preguntas-
-No... No pasa nada. No me importa-
-Te llamaba porque me gustaría que vinieras a casa- Nora pestañeó. ¿A su casa? Debía ser una broma.
-¿A casa...? Es que no...-
-Me contó Adam que vives sola y que no tienes conocidos cerca-
-Así es... Bueno...-
-¡Ven esta tarde! Voy a comprar un pastel. Cerca de casa hay una pastelería que hacen unas tartas de fresa y nata que están de muerte. Seguro que te gustarán. Así de paso pasas la tarde con nosotros ¿Qué te parece?-
-Gracias Serena, pero no quiero molestar... es sábado y...-
-¡No molestas!- rió la mujer de manera forzada -Menos aún si Adam y tú os lleváis tan bien- Aquellas palabras sonaron como cuchillos. Nora tragó saliva sin saber por qué. Guardó silencio unos instantes. ¿Qué hacer? La realidad era que no deseaba ir. Deseaba quedarse en casa, durmiendo. Sin embargo... necesitaba a Adam. Echó un ojo al bote de pastillas, semi vacío. Cerró los ojos y suspiró.
-Está bien... ¿Me puedes dar tu dirección?-
Llegar a la vivienda de Adam y Serena fue bastante fácil con las indicaciones que ésta última le ofreció. Vivían en una zona bastante buena de Suginami, bien decorada y cuidada. Nada más entrar al bloque de pisos, comprendió que aquella casa no iba a tener nada que ver con la suya. Y así fue. Cuando llamó al timbre y fue Serena quien abrió la puerta, pudo contemplar desde fuera que se trataba de una casa grande, bien equipada y luminosa. -Nora- sonrió -Pasa-
La chica entró en la casa con timidez, portando consigo una bolsa con bebidas de café y té que había decidido comprar por el camino, sobretodo para no ser una mala invitada. La casa era una preciosidad: Estaba perfectamente decorada con muebles de madera y cristal. Del techo colgaba una lámpara enorme que hacía que los rayos de sol que entraban por un enorme balcón se reflejara en las paredes de forma mágica. Y además, todo estaba lleno de plantas. Plantas enormes sobre jarrones preciosos decorando los rincones de la casa e incluso pequeñas macetas con flores pequeñas decorando las mesas. -Tienes una casa preciosa-
-Me alegro de que te guste. La decoré yo. Fue una de las normas que impuse cuando nos mudamos a Tokio- Nora escuchó atentamente, quitándose el abrigo y dejándolo sobre una percha.
-¿Quien es, mamá?- Una vocecita dulce sonó desde detrás del sofá, por el que asomó una niña pequeña y rubia de apenas unos cinco años de edad.
-Es una amiga, cariño. Salúdala- La niña levantó su manita y saludó de forma timida, volviéndose a esconder tras el sofá -Es Charlotte, mi hija-
-Es muy guapa. Se parece a ti- comentó Nora. Serena se forzó a sonreír una vez más. Después, caminó hacia una habitación y volvió con un niño en brazos, de menos de un año.
-Y este es Nick. Nació hace diez meses- La mujer sostuvo a su bebé en brazos como si alguien pudiese arrebatárselo. Verla en aquella actitud tan maternal y protectora era estremecedor a la par que bello. Nora contempló como la mujer mantenía un rostro más bien serio durante todo momento. Se sintió mal, una vez más, y no sabía exactamente por qué.
-Tenéis unos hijos preciosos, de verdad-
-Me pasé... mucho tiempo buscándolos ¿Sabes? Tenemos problemas para concebir-
-Vaya... Pues parece que vuestro esfuerzo ha tenido recompensa- Nora sacó la lengua para hacer que el bebé riera, pero en vez de eso, lloró. -Lo siento, no se me dan bien los niños- Serena llevó a su bebé hasta la cuna en la que anteriormente estaba, para después volver al salón y tomar asiento. Nora también se sentó, guardando un silencio helado. -Serena, yo...-
-¿Si?- Nora tragó saliva.
-Gracias por invitarme. De verdad. No me merezco esto ni... lo que Adam hace por mí. A penas tengo dinero para pagárselo todo, ya se lo he dicho. Pero él insiste en ayudarme porque le dije que estaba sola. Y ahora tú me invitas a merendar... En Londres nadie se porta tan bien con los desconocidos- sonrió. Serena se sintió extraña. Si bien había estado todo el tiempo escudriñando las reacciones de la chica, en nada parecía que estuviese ocultándole algo. -Pero os pagaré las pastillas. Os lo prometo. En cuanto encuentre un trabajo-
-¿Pastillas?-
-Las de la depresión- Serena no supo que decir, pues rápidamente encontró la razón de por qué siempre perdía sus propias pastillas. Tomó aire con esfuerzo e intentó no dejar ver sus pensamientos. -¿Donde está Adam?-
-Ha ido a comprar la merienda.- Nora asintió, sin saber qué más decir. De nuevo, aquel silencio incómodo. ¿Qué más podía decir? No conocía a esa mujer de nada. ¿Iba a pedirle más pastillas de sopetón? Las manecillas del reloj que colgaba en la pared estaban pasando demasiado lentas...
Nora frunció el ceño y se limitó a mirar por la ventanilla del coche. La situación era horrible y se sentía mal por ello. En parte, se sentía engañada, por alguna razón. Había algo en Adam que hacía que se sintiese extraña y culpable a pesar de todo. ¡Qué vergüenza! Y todo aquello, no había sido promovido más que por su propio interés de encontrar a aquel hombre misterioso, del que empezaba a dudar volverle a ver. Sin querer, se vino abajo por momentos. La cara se le puso blanca y las facciones en su rostro se apagaron por completo. Se sentía mal, horrible... Necesitaba una pastilla y no tenía nada en aquel momento. -¿Puedo abrir la ventanilla...?- Tanto Serena como Adam la miraron mediante el espejo del retrovisor. El hombre accionó el botón que hizo que el cristal de la ventanilla que había junto a Nora bajase lentamente, haciendo que la brisa del movimiento del vehículo impactase suavemente contra su cara.
-Tienes mala cara- murmuró Serena con cierta maldad, apretando los nudllos hasta que se pusieron blancos.
-Estoy bien- se limitó a decir la chica. Adam sabía que mentía. Había estado radiante hasta hacía unos minutos, y ahora, parecía más bien una flor marchita. -Podéis dejarme cerca de casa, no es necesario que me llevéis hasta allí. De verdad-
-Ni hablar. ¿Verdad, Adam?- El hombre no dijo nada, sintiéndose cohibido, temeroso de que cualquier palabra que dijese jugase en su contra. En aquella situación, solo Serena podía ordenar.
Llegaron hasta el piso de Nora en Nerima tras varias indicaciones de la chica. Tanto Adam cono Serena miraron el piso con cierto horror. Desde fuera, se veía pequeño, feo y algo derruido, de forma que podían imaginarse como era su interior. -Muchas gracias por acompañarme hasta aquí- dijo antes de salir del coche.
-¿Seguro que estás bien?- preguntó esta vez Adam
-Sí... de verdad. Gracias por todo.- Sin decir más, la chica se marchó, intentando mantener el equilibrio mientras subía las escaleras exteriores hacia su hogar. Serena y Adam, por su parte, se marcharon.
La mujer no pudo evitarlo. El restallido del golpe con la mano en la cara de su esposo llegó incluso a los oídos de sus hijos, que aguardaban encerrados en su habitación. Adam se llevó la mano al rostro, boquiabierto, sin saber qué decir. -¡Me mentiste! ¡Me dijiste esta mañana que estarías trabajando!- gritó la mujer con lágrimas en los ojos.
-Serena, los niños...-
-¡Me dan igual los niños! ¡Cuanto antes sepan que su padre es un embustero, mejor!-
-Serena, por favor- Adam no sabía como contenerla. Intentaba agarrarla, abrazarla, hacerla callar de alguna manera para que sus hijos no oyesen nada, pero no pudo.
-¡Déjame y explícame que hacías con esa!-
-Estaba dando clases, te lo dije-
-¡¿Desde cuando das clases diarias con paseitos y ñoñerías a tus alumnas?! ¡En Yoyogi no hay nada que ella no pudiera aprender sola! ¡¿Que estabais haciendo?! ¡¿Por qué estabas tan cerca de ella?!-
-Si que hay que aprender, Serena. La llevé allí para enseñarla a escribir una oración. De paso estudiamos los nombres de los animales y los árboles que allí había.-
-No te creo-
-Pues es la verdad- Adam se frotó el rostro, abrumado por todo cuanto estaba aconteciendo. -Te dije que Nora estaba mal-
-¡Me da igual! ¡Yo soy tu mujer y también estoy mal!-
-¡Pero yo traigo el dinero a casa haciendo estas cosas!-
-¡Y yo traería también dinero si no fuera porque estamos en esta ciudad de mierda viviendo por tu culpa!- Serena rompió a llorar. Su marido se sintió un hombre horrible por haber gritado, perdiendo los nervios. Quiso abrazar a Serena, pero ésta no se dejo. -Todo antes era perfecto... Mi trabajo en el bufete, tu trabajo de profesor, bien pagado y con tiempo libre... Éramos una familia unida. ¿Qué se supone que somos ahora?-
-Seguimos siendo lo que eramos-
-No, ni hablar. Esta estabilidad se ha roto. Empezaste por ser demasiado amable con las alumnas, a intercambiar sus números de teléfono por el tuyo. Ahora prefieres pasar las tardes con mujeres más jóvenes que tú...-
-Cariño, mírame- Adam alargó sus brazos y tomó el húmedo rostro de su mujer entre las manos -Sea lo que sea que estés pensando, estás equivocada. ¿Crees que hay algo entre esa chica y yo? ¿Crees que te estoy siendo infiel?- Serena no respondió -¿Cómo puedes pensar eso de mi?- se atrevió a decir, fingiendo ofensa. Al fin y al cabo, su mujer no tenía pruebas de nada. Les había visto juntos y nada más... Ella nunca sabría las intenciones que pasaban por su cabeza justo en el momento en el que les descubrió juntos -Porque yo jamás haría tal cosa. Te lo dije: todo lo que hago, todo lo que trabajo, es por ti- Serena tuvo que apartar la mirada, sintiéndose convencida de sus dulces palabras.
-¿Qué pensarías tú si fuese yo quien pasa las tardes con otro hombre?-
-Que pobre el hombre que piense que puede alcanzar a una mujer como tú... Sólo yo tengo la suerte de tenerte a mi lado. Tú... eres todo para mi. Jamás permitiría que nadie te arrebatase de mi lado. Nadie- Susurró de forma seductora y cariñosa. La mujer sintió que se derretía. Amaba a su marido sobre todas las cosas, y cualquier cosa que él dijera, era suficiente para tenerla entre sus brazos. No pudo decir nada, más que sollozar de forma suave y mirarle a los ojos. -Entre Nora y yo no hay nada. Yo solo la intentaba ayudar... Está demasiado mal. ¿Viste su cara? Tiene un problema muy gordo y... bueno, supongo que a veces me paso de amable-
-¿Y como se supone que la ayudas?-
-A parte de con el idioma, intento hablar con ella como hablaba contigo cuando estabas peor. Si no fuera porque está sola, sin nadie en este país, no la ayudaría. ¿Qué harías tu si una chica un día recurre a ti con desesperación y te pide ayuda con urgencia? ¿Qué harías si, cuando te habla de sus problemas, piensas que sería capaz de hacer una locura? ¿A caso no la ayudarías?- Serena reflexionó en silencio.
-Creo que eres... demasiado implicado-
-Puede que ese sea mi pecado. Me culpo por ello. Pero mi pecado jamás será tratarte mal, eso puedo jurártelo- Tras un enorme suspiro, Serena dejó de llorar. -Te quiero- Aquellas palabras fueron suficientes para que la mujer se echase a los brazos de su marido. Éste la arropó como hacía tiempo que no lo hacía. Teniéndola entre sus brazos, intentó contar cuantas mentiras le había contando en apenas unos minutos... ¿Qué estaba haciendo con su vida?
-¿Sabes qué?... Yo también pienso que nadie va a poder alcanzarte nunca-
-¿Por qué?- preguntó Adam con nerviosismo.
-Porque yo tampoco voy a permitir que te aparten de mi lado- sonrió la mujer, contendiendo en el resto del rostro una expresión seria, aun oculta entre los brazos de Adam.
Pasó una semana desde entonces. Nora apenas fue un par de veces a clase, de nuevo, sintiéndose mal, apagada y triste. No sabía nada de aquel hombre misterioso. Durante un par de días se aventuró a caminar por Tokio para intentar dar con él, pero aquellas exploraciones solo consiguieron hacer que se perdiera durante horas. Por otra parte, su cuerpo empezó a comportarse de forma extraña, sufriendo nauseas y ansiedad. No le costó pensar que lo que su cuerpo le pedía, eran las pastillas que, durante dos días, dejó de tomar con la asiduidad de siempre. Volvía a sentir la depresión sobre ella, aquel pesar, aquel malestar...
-Te noto la voz apagada. ¿Aún no hay avances?- preguntó Sam al otro lado del teléfono.
-Nada de nada...- Nora se dejó caer sobre la superficie del kotatsu.
-¿Comes bien, al menos?-
-Todo lo que este país me deja. Aquí la carne es demasiado cara.-
-¿Y qué comes?-
-Pues fideos, verdura y... fideos-
-Te enviaré mas dinero-
-Ni hablar. Sam, no me envíes más dinero, por favor-
-No me cuesta nada. Eres mi amiga, me preocupo por ti-
-Soy bastante mayorcita ya. Puedo ingeniármelas sola-
-¿Cómo? Aun no has encontrado trabajo-
-Lo encontraré... Y si no, volveré a...-
-¿A casa? ¿Qué casa?-
-Viviré de alquiler-
-¿Y que harás cuando la gente empiece a preguntar por qué te fuiste? ¿Qué harás cuando empiecen a mirarte de forma extraña?- Nora bufó.
-¿Hablan de mi allí?-
-Algunas veces... Se preguntan por qué no vuelves-
-¿Nadie... sospecha nada?-
-Desde que la policía descartó culpables, nadie. Pero creo que es mejor que no vuelvas. Te echo de menos y me gustaría verte, pero... Acabaste tan mal después de aquello... No quiero que vuelvas a verte en esa situación-
-A lo mejor lo he superado-
-Si no consigues rehacer tu vida donde nadie te conoce ¿Como piensas hacerlo aquí?- La chica se rascó la nuca. Sam tenía razón. Aunque pudiese sonar seria y apática, su mejor amiga siempre tenía razón y sabía más que nadie lo que Nora necesitaba. -Te conviene estar allí. Apenas hace un año... Ha pasado poco tiempo-
-¿Y mis padres? ¿Sabes algo de ellos?-
-Pues... el otro día mientras paseaba con Tom vi a tu padre con aquella novia que tenía antes de que te fueras. Tenían... un carrito de bebé-
-Vaya...- Nora tragó saliva, intentando digerir lo que acaba de oir.
-Lo siento, cielo. No te han llamado ¿Verdad?-
-No. Creo que dejaron bien claro que no querian saber nada más de mi-
-Entonces, olvídales. No te merecen. Me tienes a mi ¿De acuerdo? No estas sola. Oye ¿Y aquel profesor del que me hablaste? El que te daba las pastillas-
-Es una larga historia...-
-Pues busca historias cortas. No me creo que no haya japoneses allí interesados por tener una amistad contigo o... algo más-
-No tengo ganas de relaciones íntimas si te estás refiriendo a eso-
-Bueno, alguna vez llegará el momento ¿No?- Nora suspiró
-Te tengo que colgar-
-Si, ya... Bueno, cuídate. Y cuidado con esas pastillas. Ve al médico en cuanto puedas- La chica pulsó el botón de colgar sin tan siquiera despedirse. El hablar de relaciones amorosas hizo que se sintiese peor. Se echó sobre el kotatsu, mirando el bote de pastillas que tenía junto a ella... Tenía un gran problema, otra vez.
Al día siguiente, bastante temprano, recibió una llamada inesperada. Nora se sobresaltó porque se había quedado dormida sobre el kotatsu. Al tomar el móvil y no conocer el número que la llamaba, se puso muy nerviosa. Sintió como el corazón le bombeaba con fuerza y como la garganta se le cerraba sin dejarla respirar. Sus manos temblaron tanto que el móvil se cayó al suelo un par de veces justo antes de decidirse a descolgar. Temió por la voz que sonase al otro lado, temió por que fuese de alguien conocido, o alguien incluso desconocido, de la anterior ciudad en la que vivía. Pero aquella voz que sonó, no la conocía de nada. -¿Nora? ¿Tú eres Nora?-
-Sí...- La chica sintió que iba a desfallecer de los nervios. ¿La habían encontrado?
-Soy Serena, la mujer de Adam- Al oír aquello, la chica se serenó. No obstante, se sintió incómoda por la llamada -He cogido tu número del móvil de Adam, si es lo que te preguntas-
-No... No pasa nada. No me importa-
-Te llamaba porque me gustaría que vinieras a casa- Nora pestañeó. ¿A su casa? Debía ser una broma.
-¿A casa...? Es que no...-
-Me contó Adam que vives sola y que no tienes conocidos cerca-
-Así es... Bueno...-
-¡Ven esta tarde! Voy a comprar un pastel. Cerca de casa hay una pastelería que hacen unas tartas de fresa y nata que están de muerte. Seguro que te gustarán. Así de paso pasas la tarde con nosotros ¿Qué te parece?-
-Gracias Serena, pero no quiero molestar... es sábado y...-
-¡No molestas!- rió la mujer de manera forzada -Menos aún si Adam y tú os lleváis tan bien- Aquellas palabras sonaron como cuchillos. Nora tragó saliva sin saber por qué. Guardó silencio unos instantes. ¿Qué hacer? La realidad era que no deseaba ir. Deseaba quedarse en casa, durmiendo. Sin embargo... necesitaba a Adam. Echó un ojo al bote de pastillas, semi vacío. Cerró los ojos y suspiró.
-Está bien... ¿Me puedes dar tu dirección?-
Llegar a la vivienda de Adam y Serena fue bastante fácil con las indicaciones que ésta última le ofreció. Vivían en una zona bastante buena de Suginami, bien decorada y cuidada. Nada más entrar al bloque de pisos, comprendió que aquella casa no iba a tener nada que ver con la suya. Y así fue. Cuando llamó al timbre y fue Serena quien abrió la puerta, pudo contemplar desde fuera que se trataba de una casa grande, bien equipada y luminosa. -Nora- sonrió -Pasa-
La chica entró en la casa con timidez, portando consigo una bolsa con bebidas de café y té que había decidido comprar por el camino, sobretodo para no ser una mala invitada. La casa era una preciosidad: Estaba perfectamente decorada con muebles de madera y cristal. Del techo colgaba una lámpara enorme que hacía que los rayos de sol que entraban por un enorme balcón se reflejara en las paredes de forma mágica. Y además, todo estaba lleno de plantas. Plantas enormes sobre jarrones preciosos decorando los rincones de la casa e incluso pequeñas macetas con flores pequeñas decorando las mesas. -Tienes una casa preciosa-
-Me alegro de que te guste. La decoré yo. Fue una de las normas que impuse cuando nos mudamos a Tokio- Nora escuchó atentamente, quitándose el abrigo y dejándolo sobre una percha.
-¿Quien es, mamá?- Una vocecita dulce sonó desde detrás del sofá, por el que asomó una niña pequeña y rubia de apenas unos cinco años de edad.
-Es una amiga, cariño. Salúdala- La niña levantó su manita y saludó de forma timida, volviéndose a esconder tras el sofá -Es Charlotte, mi hija-
-Es muy guapa. Se parece a ti- comentó Nora. Serena se forzó a sonreír una vez más. Después, caminó hacia una habitación y volvió con un niño en brazos, de menos de un año.
-Y este es Nick. Nació hace diez meses- La mujer sostuvo a su bebé en brazos como si alguien pudiese arrebatárselo. Verla en aquella actitud tan maternal y protectora era estremecedor a la par que bello. Nora contempló como la mujer mantenía un rostro más bien serio durante todo momento. Se sintió mal, una vez más, y no sabía exactamente por qué.
-Tenéis unos hijos preciosos, de verdad-
-Me pasé... mucho tiempo buscándolos ¿Sabes? Tenemos problemas para concebir-
-Vaya... Pues parece que vuestro esfuerzo ha tenido recompensa- Nora sacó la lengua para hacer que el bebé riera, pero en vez de eso, lloró. -Lo siento, no se me dan bien los niños- Serena llevó a su bebé hasta la cuna en la que anteriormente estaba, para después volver al salón y tomar asiento. Nora también se sentó, guardando un silencio helado. -Serena, yo...-
-¿Si?- Nora tragó saliva.
-Gracias por invitarme. De verdad. No me merezco esto ni... lo que Adam hace por mí. A penas tengo dinero para pagárselo todo, ya se lo he dicho. Pero él insiste en ayudarme porque le dije que estaba sola. Y ahora tú me invitas a merendar... En Londres nadie se porta tan bien con los desconocidos- sonrió. Serena se sintió extraña. Si bien había estado todo el tiempo escudriñando las reacciones de la chica, en nada parecía que estuviese ocultándole algo. -Pero os pagaré las pastillas. Os lo prometo. En cuanto encuentre un trabajo-
-¿Pastillas?-
-Las de la depresión- Serena no supo que decir, pues rápidamente encontró la razón de por qué siempre perdía sus propias pastillas. Tomó aire con esfuerzo e intentó no dejar ver sus pensamientos. -¿Donde está Adam?-
-Ha ido a comprar la merienda.- Nora asintió, sin saber qué más decir. De nuevo, aquel silencio incómodo. ¿Qué más podía decir? No conocía a esa mujer de nada. ¿Iba a pedirle más pastillas de sopetón? Las manecillas del reloj que colgaba en la pared estaban pasando demasiado lentas...
Montar en coche después de 10 meses en japón se le hizo, cuanto menos, extraño a la chica. Casi podría decir que se le estaba olvidando la comodidad de los asientos, el no estar apretada entre decenas y decenas de japoneses que podían oler mejor o peor y el espacio vital de que no le estuvieran rozando constantemente con maletas o partes del cuerpo de forma que, tristemente, era inevitable en el siempre conocido e indispensable metro -¿Tienes algún lugar en mente?- preguntó Adam arrancando el motor. El coche era grande, de estos robustos y seguros que te hacían sentir a salvo ante la probabilidad de un golpe. Estaba limpio, impoluto. Nora casi podía pensar que olía incluso a coche nuevo -Si no tienes preferencias creo que conozco un par de sitios-
-La verdad es que no tengo preferencias- la chica miraba por la ventana con cierto entusiasmo -Sorpréndeme- sonrió amable y Adam le devolvió la misma sonrisa para ponerse en marcha.
Poco a poco fueron atravesando las calles de Tokio con la suavidad que el vehículo les proporcionaba. Nora admiraba las calles con mucho más interés del que solía tener comunmente en los meses que llevaba viviendo en tierras niponas y se le notaba. Adam sentía las vibraciones de la chica, el llamado "buen rollo" que ahora parecía transmitir. Si la miraba detenidamente durante unos momentos en un semáforo, casi la veía refulgir con luz propia. En momentos se maldecía a sí mismo, en silencio. Cuando volvía a tomar control del vehículo para avanzar por las carreteras se preguntaba con quietud qué demonios estaba haciendo, siempre esa pregunta que se le atragantaba en la garganta y se la cerraba con un nudo que le asfixiaba. "Estás casado", se decía una y otra vez, "Te promometiste a ti mismo que Inori era tu último error, que Serena no se merece..." su pensamiento era implacable y casi sentía que comenzaba a temblar de puro nerviosismo. Él no era así, él no era una mala persona, ni pretendía hacer daño. Pero el hastío estaba llegando a niveles insostenibles en su vida y, de ser otra persona, quizá podría aprender a dejarlo de lado... pero cuando miraba a Nora, veía algo nuevo, algo llamativo y refulgente. Una nueva experiencia, una nueva alma, una nueva forma de ver la vida. En principio esa chica triste y apagada, ahora esa joven exultante que devoraba las calles de Tokio con avidez como si fuera una tierra onírica que creía que no existía. Y esas nuevas formas de vestir le quedaban tan bien... ajustada, brillante, con el pliegue de la camisa abriéndosele poco a poco si se movía en el asiento entre los botones que la abrochaban... -¿Buscas algo?- se obligó a decir, para olvidar sus pensamientos
-¿Eh?- Nora le miró sin comprender
-Llevas un buen rato callada mirando a todas partes- rió Adam -Parece que has vuelto a nacer Nora ¿Puede saberse por qué? ¿Una buena noticia?-
-No, no exactamente- la chica se encogió de hombros -Quién sabe, supongo que no puede vivirse siempre entre sombras y pesares- reflexionó -Tal vez simplemente he descubierto que hay... algo más- concluyó críptica, con una sonrisa de oreja a oreja
-Algo más- imitó Adam con tono grandilocuente -Ahora resulta que mi alumna callada y gris ha aprendido a ver con el ojo de la mente la realidad del universo ¿Has descubierto a Dios?- se burló con buenas intenciones y Nora lo notó
-No seas tonto- la chica le dio un codazo amable -No creo tener pinta de ser una chica muy devota-
-Afortunadamente...- masculló en baja voz
-¿Has dicho algo?-
-No, nada- sonrió Adam -Ya estamos llegando-
Poco más de 20 minutos de camino, por fin, el coche se detuvo frente a un inmenso parque teñido de tonos naranjas y marrones, como si el sol de los atardeceres se licuara sobre los árboles cada día. Nora se quedó sin aliento -Es precioso- dijo sin más -¿Hay más lugares así en japón?-
-Miles- Adam se cruzó de brazos, orgulloso -No es un lugar perfecto, a veces la gente es muy cerrada, clásica, anclados en tiempos pasados. Muchos trabajos son abusivos y la gente vive con prisa y estresada... pero la tierra, el país en sí, parece estar bendecido por la naturaleza ¿No crees?- Nora asintió -Demos un paseo- ahuecó ligeramente el brazo por si la chica se apegaba a él, pero para su desgracia, no fue así. Echó a andar con cierto aire apresurado, como si estuviese ansiosa. Y eso le gustó aún más.
El parque Yoyogi, un lugar maravilloso y enormemente amplio. Nora no dejaba de mirar en todas direcciones, pues tenía unas buenas sensaciones. El parque estaba lleno de gente que paseaba pero también estaba empapado de espíritus benignos. Figuras fantasmales con el aspecto de gente de bien, de personas que observan a los vivos con sonrisas de envidia sana y admiración. Personas mayores que ven a los niños jugar, personas jóvenes que ven a los ancianos matrimonios pasear de la mano. Gente que vivieron y que desearían seguir haciéndolo. Entidades que "vivían" ahora de otra manera. Eran visiones así las que a veces no hacía tan terrible tener la capacidad de Nora de ver a los muertos. Se preguntaba la chica por tanto, si en un lugar tan repleto de energías fantasmales, no atraería a aquel chico al que deseaba volver a ver y del que obtener respuestas. Sólo de pensarlo la llenaba de energía -Calma, calma- rió Adam de pronto, sacándola de sus pensamientos -Vaya carrera has tomado, chica. Estás con un anciano, recuérdalo-
-¿Anciano? No me tomes el pelo- se mofó Nora
-¿No me ves mayor?- Adam alzó las cejas
-Para nada. Te conservas muy bien. Vamos, eso creo ¿Cuantos años tenías?-
-43 añazos-
-¡Pues mira al madurito interesante!- Nora se colocó las manos en las caderas, con los brazos en jarra. A Adam casi se le escapan los ojos a las caderas de la chica para apreciar sus curvas
-¿Y tú cuántos tenías?-
-26. Camino a la ancianidad- sonrió
-Con 26 años te queda mucha vida por delante Nora. Y más siendo una chica tan guapa-
-Además de madurito interesante, adulador ¿Te has planteado alguna vez ser un Sugar Daddy?- entornó la mirada con picardía
-¿Sugar-qué?- Nora estalló en risas al ver la cara perpleja de Adam ante ese nuevo término
-Déjalo, déjalo. Era una broma- la chica siguió andando
-No, dime qué es. Soy curioso por naturaleza- Adam dio un par de zancadas para alcanzarla y ponerse a su altura
-Lo que antes se llamaba chico de compañía o chica de compañía ahora le llaman Sugar Daddy o Sugar Baby. Novedades de los tiempos modernos- Nora se encogió de hombros
-¿Y me consideras digno de ser un Sugar Daddy?- Adam fue sonriendo más y más progresivamente
-Un hombre maduro, resuelto y siendo profesor... Seguro que te puedes permitir tener una Sugar Baby que te haga compañía- le guiñó el ojo y Adam captó en ese instante una idea completamente equivocada de lo que estaba ocurriendo.
Largos minutos después, atravesaron gran parte del parque y llegaron a contemplar un santuario meiji, Jingu. Era precioso y estaba lleno de gente haciendo turismo y pasando el día. Además, parecía estar saliendo una boda del mismo, conformado por una procesión de gente siguiendo al novio y a la novia, todos vestidos de forma tradicional. Adam contemplaba la escena con interés mientras que Nora seguía inspeccionando sus alrededores. A veces, la chica reparaba en que los espíritus eran conscientes de que ella los miraba y le devolvían la mirada con interés, aunque a veces con cierta desconfianza y miedo. Algunos se escondían tras los árboles, otros buscaban desaparecerse para aparecer en otro lugar lejos de su alcance visual ¿Por qué esos buenos espíritus sentían temor de que alguien les viese? Era curioso cuanto menos, pero por desgracia, el objetivo principal no aparecía por ninguna parte -¿Vemos qué tal el templo?- preguntó Adam llamando la atención de Nora
-Claro ¿Por qué no?- juntos, atravesaron el mar de gente y llegaron a cruzar bajo la pequeña pagoda que hacía de entrada a la zona del templo. Dentro, se podía apreciar un sin fin de decoraciones y motivos tradicionales, como un mural casi construido por varios farolillos apilados unos sobre otros. También había una zona habilitada para colgar rezos y oraciones
-¿Te apetece orar a los espíritus guardianes?- el tono en el que Adam lo dijo, jocoso, hizo que Nora sonriese de forma ligeramente triste. Si él llegase a saber que de verdad estaba rodeado por espíritus...
-No se pierde nada por pedir algo gratis a fuerzas mayores ¿No?- aquello le robó una carcajada a Adam
-Así se habla. Los humanos somos egoistas por naturaleza y siempre debemos serlo, hasta con los dioses-
Aguardaron una larga cola hasta poder coger unas plaquitas de madera y escribir en ellas una oración. Todo el mundo trataba de hacerlo en japonés, pero Nora tenía problemas para ello -Puedo echarte una mano- dijo Adam -A no ser que no quieras que sepa por qué rezas-
-¿Cómo se escribe "verdad"?- dijo Nora con el bolígrafo en la mano. No se esperó que de pronto Adam le tomase la mano con calidez y le guiara en la forma de escribir el kanji para la palabra "verdad" -G-gracias- sonrió nerviosa ante el inesperado contacto físico
-De nada- dijo enternecedor, colgando su oración y esperando a que Nora hiciese lo propio.
Salieron del templo y la tarde se estaba poniendo. Llevaban ya bastante rato caminando y hablando de diversas cosas y apenas se habían parado a reflexionar sobre ello -La verdad sobre mí misma- dijo Adam de pronto mientras caminaban -Es una curiosa oración a quienes puedan oírnos- se detuvo entonces para mirarla -¿Cuál es la verdad que quieres descubrir sobre ti misma?-
-Es difícil de explicar- Nora le miraba a los ojos y Adam la miraba por igual. Una breve conexión que la incomodó por un momento. La miraba con unos ojos tan intensos...
-Tú misma eres difícil de explicar- aquellas palabras hicieron que ella volviese a mirarle -Eres todo un dilema. Extraña, pero en el buen sentido. Llamativa, misteriosa. Apareces en mi academia buscando aprender el idioma y te encuentras con todas las dificultades del mundo, con dificultad para concentrarte, siempre triste y taciturna, sin siquiera preocuparte por arreglarte un poco- Adam parecía no perder detalle en ella durante todo ese tiempo pasado -Llegaste incluso a pedirme a mí, un profesor desconocido, ayuda para obtener unas pastillsa para la depresión. Te las conseguí- sonrió el hombre -Y seguías igual. Ahora de pronto, 10 meses después tras la misma rutina, apareces arreglada, despampanante y hermosa como siempre, pero esta vez... parece que aceptando esa belleza, luciéndote, como si de pronto hubieses descubierto una razón para vivir y dejar atrás esa tristeza. De pronto quieres salir, ver la ciudad, tener compañía- Adam dio un paso hacia ella -¿Qué ha cambiado en tu vida Nora? Como profesor y, creo que puedo considerarme amigo, puedes contármelo- la chica le miraba sin decir nada -¿Ha cambiado algo en tu vida? ¿Ha aparecido algo, o alguien nuevo, en tus días que te haga sentirte más feliz, más acompañada en este mundo?- Nora no supo si debía contestar a esa pregunta por razones que desconocía, pero tenía esa extraña sensación en el pecho que le pedía evadir responder -No te quiero obligar a nada- añadió Adam para restar hierro a la situación -No hace falta que me cuentes nada. Sólo soy un... ¿Cómo era? Ah- se echó a reir -Un Sugar Daddy. Un chico de compañía para una alumna perdida y solitaria- consiguió robarle una sonrisa a Nora con esas palabras -Puedes contar conmigo para lo que quieras Nora. De verdad. Para todo cuanto necesites, ahí estaré- fue a dar un paso al frente, hacia ella. Nora le vio llegar como un gigante que está a punto de coger una pequeña hormiga, pero Adam se detuvo ipso facto, quieto como una estatua, al oír una voz
-Te declararán Santo cualquier día, cariño- Adam estaba pálido. Era una voz de mujer. Se dio la vuelta con velocidad casi inhumana para ver a Serena con una sonrisa amable en la cara y los ojos del mismo infierno
-¿Serena? ¿Qué haces aquí?-
-Estaba a punto de preguntarte lo mismo- la mujer se acercó guardándose el teléfono móvil en el bolso -¿No nos presentas, cariño?-
-Ah, eh... Oh, sí. Nora, ella es Serena. Serena, Nora-
-H-hola- saludó Nora con una sonrisa inclinando ligeramente la cabeza, como costumbre japonesa, por costumbre al vivir en japón y ver a todos haciendo lo mismo
-Encantada- Serena no dijo más, simplemente miró a Adam con esa misma sonrisa de plástico
-Es mi mujer- aquellas palabras, de pronto, sonaron como una tormenta en la distancia
-¿Estás casado?- Nora pasó de mirar a Adam a Serena -¡Vaya!-
-¿No lo sabías?- Serena mantenía un tono extremadamente cordial
-No, nunca ha comentado nada en clase-
-Nunca lo he considerado necesario- se defendió Adam, encogiéndose de hombros -A mis alumnos no debería interesarles mi vida privada-
-Un profesor que se preocupa tanto por la vida privada de sus alumnas- Adam no pasó por alto que utilizase el género femenino en esa palabra -no debería preocuparse por esconder su vida privada de ellas-
-No la escondo en absoluto- rió el hombre -Sólo que si, como hoy, quedo con una alumna o alumno- añadió el genero masculino -No es para hablar de mí, sino de ellos. De sus problemas y sus refuerzos con los idiomas-
-Vaya, qué bien. Espero que el día haya sido productivo- Serena miró a Nora
-Sí, bueno. Ya he aprendido a escribir oraciones. Al menos una- rió, increiblemente nerviosa. Sentía una pesadísima losa sobre su cabeza mientras esa mujer le miraba ¿Qué estaría pensando de ella?
-Me alegro, el japonés es difícil de dominar. Mucho ánimo, querida. Adam- pasó a mirarle a él -¿Nos vamos? Tienes el coche y necesito llegar a casa pronto. Los niños nos echarán en falta- Niños. Adam tenía hijos.
-Oh, por supuesto. Pero, eh... Nora...-
-No te preocupes Adam, tomaré el metro-
-Podemos llevarla a la estación- sonrió Serena -No vas a quedar mal ahora con tu almna ¿no? O peor, dejarme mal a mí delante de ella y ser la culpable de que tenga que volver sola ¿Dónde vives?-
-En Nerima-
-¿Sabes dónde, Adam?- la pregunta pinchaba como una aguja
-No. Sé que vive en Nerima pero no dónde, obviamente-
-Podemos llevarte si quieres. No está demasiado lejos en coche- Serena era, en ese momento, la incógnita más grande a la que Nora se había enfrentado en sus 10 meses viviendo en japón ¿Estaba siendo realmente amable o estaba cargada de malicia? ¿Tenía segundas intenciones? ¿Cómo se tomaría una negación a semejante invitación...? La losa en su cabeza cada vez pesaba más y más.
-La verdad es que no tengo preferencias- la chica miraba por la ventana con cierto entusiasmo -Sorpréndeme- sonrió amable y Adam le devolvió la misma sonrisa para ponerse en marcha.
Poco a poco fueron atravesando las calles de Tokio con la suavidad que el vehículo les proporcionaba. Nora admiraba las calles con mucho más interés del que solía tener comunmente en los meses que llevaba viviendo en tierras niponas y se le notaba. Adam sentía las vibraciones de la chica, el llamado "buen rollo" que ahora parecía transmitir. Si la miraba detenidamente durante unos momentos en un semáforo, casi la veía refulgir con luz propia. En momentos se maldecía a sí mismo, en silencio. Cuando volvía a tomar control del vehículo para avanzar por las carreteras se preguntaba con quietud qué demonios estaba haciendo, siempre esa pregunta que se le atragantaba en la garganta y se la cerraba con un nudo que le asfixiaba. "Estás casado", se decía una y otra vez, "Te promometiste a ti mismo que Inori era tu último error, que Serena no se merece..." su pensamiento era implacable y casi sentía que comenzaba a temblar de puro nerviosismo. Él no era así, él no era una mala persona, ni pretendía hacer daño. Pero el hastío estaba llegando a niveles insostenibles en su vida y, de ser otra persona, quizá podría aprender a dejarlo de lado... pero cuando miraba a Nora, veía algo nuevo, algo llamativo y refulgente. Una nueva experiencia, una nueva alma, una nueva forma de ver la vida. En principio esa chica triste y apagada, ahora esa joven exultante que devoraba las calles de Tokio con avidez como si fuera una tierra onírica que creía que no existía. Y esas nuevas formas de vestir le quedaban tan bien... ajustada, brillante, con el pliegue de la camisa abriéndosele poco a poco si se movía en el asiento entre los botones que la abrochaban... -¿Buscas algo?- se obligó a decir, para olvidar sus pensamientos
-¿Eh?- Nora le miró sin comprender
-Llevas un buen rato callada mirando a todas partes- rió Adam -Parece que has vuelto a nacer Nora ¿Puede saberse por qué? ¿Una buena noticia?-
-No, no exactamente- la chica se encogió de hombros -Quién sabe, supongo que no puede vivirse siempre entre sombras y pesares- reflexionó -Tal vez simplemente he descubierto que hay... algo más- concluyó críptica, con una sonrisa de oreja a oreja
-Algo más- imitó Adam con tono grandilocuente -Ahora resulta que mi alumna callada y gris ha aprendido a ver con el ojo de la mente la realidad del universo ¿Has descubierto a Dios?- se burló con buenas intenciones y Nora lo notó
-No seas tonto- la chica le dio un codazo amable -No creo tener pinta de ser una chica muy devota-
-Afortunadamente...- masculló en baja voz
-¿Has dicho algo?-
-No, nada- sonrió Adam -Ya estamos llegando-
Poco más de 20 minutos de camino, por fin, el coche se detuvo frente a un inmenso parque teñido de tonos naranjas y marrones, como si el sol de los atardeceres se licuara sobre los árboles cada día. Nora se quedó sin aliento -Es precioso- dijo sin más -¿Hay más lugares así en japón?-
-Miles- Adam se cruzó de brazos, orgulloso -No es un lugar perfecto, a veces la gente es muy cerrada, clásica, anclados en tiempos pasados. Muchos trabajos son abusivos y la gente vive con prisa y estresada... pero la tierra, el país en sí, parece estar bendecido por la naturaleza ¿No crees?- Nora asintió -Demos un paseo- ahuecó ligeramente el brazo por si la chica se apegaba a él, pero para su desgracia, no fue así. Echó a andar con cierto aire apresurado, como si estuviese ansiosa. Y eso le gustó aún más.
El parque Yoyogi, un lugar maravilloso y enormemente amplio. Nora no dejaba de mirar en todas direcciones, pues tenía unas buenas sensaciones. El parque estaba lleno de gente que paseaba pero también estaba empapado de espíritus benignos. Figuras fantasmales con el aspecto de gente de bien, de personas que observan a los vivos con sonrisas de envidia sana y admiración. Personas mayores que ven a los niños jugar, personas jóvenes que ven a los ancianos matrimonios pasear de la mano. Gente que vivieron y que desearían seguir haciéndolo. Entidades que "vivían" ahora de otra manera. Eran visiones así las que a veces no hacía tan terrible tener la capacidad de Nora de ver a los muertos. Se preguntaba la chica por tanto, si en un lugar tan repleto de energías fantasmales, no atraería a aquel chico al que deseaba volver a ver y del que obtener respuestas. Sólo de pensarlo la llenaba de energía -Calma, calma- rió Adam de pronto, sacándola de sus pensamientos -Vaya carrera has tomado, chica. Estás con un anciano, recuérdalo-
-¿Anciano? No me tomes el pelo- se mofó Nora
-¿No me ves mayor?- Adam alzó las cejas
-Para nada. Te conservas muy bien. Vamos, eso creo ¿Cuantos años tenías?-
-43 añazos-
-¡Pues mira al madurito interesante!- Nora se colocó las manos en las caderas, con los brazos en jarra. A Adam casi se le escapan los ojos a las caderas de la chica para apreciar sus curvas
-¿Y tú cuántos tenías?-
-26. Camino a la ancianidad- sonrió
-Con 26 años te queda mucha vida por delante Nora. Y más siendo una chica tan guapa-
-Además de madurito interesante, adulador ¿Te has planteado alguna vez ser un Sugar Daddy?- entornó la mirada con picardía
-¿Sugar-qué?- Nora estalló en risas al ver la cara perpleja de Adam ante ese nuevo término
-Déjalo, déjalo. Era una broma- la chica siguió andando
-No, dime qué es. Soy curioso por naturaleza- Adam dio un par de zancadas para alcanzarla y ponerse a su altura
-Lo que antes se llamaba chico de compañía o chica de compañía ahora le llaman Sugar Daddy o Sugar Baby. Novedades de los tiempos modernos- Nora se encogió de hombros
-¿Y me consideras digno de ser un Sugar Daddy?- Adam fue sonriendo más y más progresivamente
-Un hombre maduro, resuelto y siendo profesor... Seguro que te puedes permitir tener una Sugar Baby que te haga compañía- le guiñó el ojo y Adam captó en ese instante una idea completamente equivocada de lo que estaba ocurriendo.
Largos minutos después, atravesaron gran parte del parque y llegaron a contemplar un santuario meiji, Jingu. Era precioso y estaba lleno de gente haciendo turismo y pasando el día. Además, parecía estar saliendo una boda del mismo, conformado por una procesión de gente siguiendo al novio y a la novia, todos vestidos de forma tradicional. Adam contemplaba la escena con interés mientras que Nora seguía inspeccionando sus alrededores. A veces, la chica reparaba en que los espíritus eran conscientes de que ella los miraba y le devolvían la mirada con interés, aunque a veces con cierta desconfianza y miedo. Algunos se escondían tras los árboles, otros buscaban desaparecerse para aparecer en otro lugar lejos de su alcance visual ¿Por qué esos buenos espíritus sentían temor de que alguien les viese? Era curioso cuanto menos, pero por desgracia, el objetivo principal no aparecía por ninguna parte -¿Vemos qué tal el templo?- preguntó Adam llamando la atención de Nora
-Claro ¿Por qué no?- juntos, atravesaron el mar de gente y llegaron a cruzar bajo la pequeña pagoda que hacía de entrada a la zona del templo. Dentro, se podía apreciar un sin fin de decoraciones y motivos tradicionales, como un mural casi construido por varios farolillos apilados unos sobre otros. También había una zona habilitada para colgar rezos y oraciones
-¿Te apetece orar a los espíritus guardianes?- el tono en el que Adam lo dijo, jocoso, hizo que Nora sonriese de forma ligeramente triste. Si él llegase a saber que de verdad estaba rodeado por espíritus...
-No se pierde nada por pedir algo gratis a fuerzas mayores ¿No?- aquello le robó una carcajada a Adam
-Así se habla. Los humanos somos egoistas por naturaleza y siempre debemos serlo, hasta con los dioses-
Aguardaron una larga cola hasta poder coger unas plaquitas de madera y escribir en ellas una oración. Todo el mundo trataba de hacerlo en japonés, pero Nora tenía problemas para ello -Puedo echarte una mano- dijo Adam -A no ser que no quieras que sepa por qué rezas-
-¿Cómo se escribe "verdad"?- dijo Nora con el bolígrafo en la mano. No se esperó que de pronto Adam le tomase la mano con calidez y le guiara en la forma de escribir el kanji para la palabra "verdad" -G-gracias- sonrió nerviosa ante el inesperado contacto físico
-De nada- dijo enternecedor, colgando su oración y esperando a que Nora hiciese lo propio.
Salieron del templo y la tarde se estaba poniendo. Llevaban ya bastante rato caminando y hablando de diversas cosas y apenas se habían parado a reflexionar sobre ello -La verdad sobre mí misma- dijo Adam de pronto mientras caminaban -Es una curiosa oración a quienes puedan oírnos- se detuvo entonces para mirarla -¿Cuál es la verdad que quieres descubrir sobre ti misma?-
-Es difícil de explicar- Nora le miraba a los ojos y Adam la miraba por igual. Una breve conexión que la incomodó por un momento. La miraba con unos ojos tan intensos...
-Tú misma eres difícil de explicar- aquellas palabras hicieron que ella volviese a mirarle -Eres todo un dilema. Extraña, pero en el buen sentido. Llamativa, misteriosa. Apareces en mi academia buscando aprender el idioma y te encuentras con todas las dificultades del mundo, con dificultad para concentrarte, siempre triste y taciturna, sin siquiera preocuparte por arreglarte un poco- Adam parecía no perder detalle en ella durante todo ese tiempo pasado -Llegaste incluso a pedirme a mí, un profesor desconocido, ayuda para obtener unas pastillsa para la depresión. Te las conseguí- sonrió el hombre -Y seguías igual. Ahora de pronto, 10 meses después tras la misma rutina, apareces arreglada, despampanante y hermosa como siempre, pero esta vez... parece que aceptando esa belleza, luciéndote, como si de pronto hubieses descubierto una razón para vivir y dejar atrás esa tristeza. De pronto quieres salir, ver la ciudad, tener compañía- Adam dio un paso hacia ella -¿Qué ha cambiado en tu vida Nora? Como profesor y, creo que puedo considerarme amigo, puedes contármelo- la chica le miraba sin decir nada -¿Ha cambiado algo en tu vida? ¿Ha aparecido algo, o alguien nuevo, en tus días que te haga sentirte más feliz, más acompañada en este mundo?- Nora no supo si debía contestar a esa pregunta por razones que desconocía, pero tenía esa extraña sensación en el pecho que le pedía evadir responder -No te quiero obligar a nada- añadió Adam para restar hierro a la situación -No hace falta que me cuentes nada. Sólo soy un... ¿Cómo era? Ah- se echó a reir -Un Sugar Daddy. Un chico de compañía para una alumna perdida y solitaria- consiguió robarle una sonrisa a Nora con esas palabras -Puedes contar conmigo para lo que quieras Nora. De verdad. Para todo cuanto necesites, ahí estaré- fue a dar un paso al frente, hacia ella. Nora le vio llegar como un gigante que está a punto de coger una pequeña hormiga, pero Adam se detuvo ipso facto, quieto como una estatua, al oír una voz
-Te declararán Santo cualquier día, cariño- Adam estaba pálido. Era una voz de mujer. Se dio la vuelta con velocidad casi inhumana para ver a Serena con una sonrisa amable en la cara y los ojos del mismo infierno
-¿Serena? ¿Qué haces aquí?-
-Estaba a punto de preguntarte lo mismo- la mujer se acercó guardándose el teléfono móvil en el bolso -¿No nos presentas, cariño?-
-Ah, eh... Oh, sí. Nora, ella es Serena. Serena, Nora-
-H-hola- saludó Nora con una sonrisa inclinando ligeramente la cabeza, como costumbre japonesa, por costumbre al vivir en japón y ver a todos haciendo lo mismo
-Encantada- Serena no dijo más, simplemente miró a Adam con esa misma sonrisa de plástico
-Es mi mujer- aquellas palabras, de pronto, sonaron como una tormenta en la distancia
-¿Estás casado?- Nora pasó de mirar a Adam a Serena -¡Vaya!-
-¿No lo sabías?- Serena mantenía un tono extremadamente cordial
-No, nunca ha comentado nada en clase-
-Nunca lo he considerado necesario- se defendió Adam, encogiéndose de hombros -A mis alumnos no debería interesarles mi vida privada-
-Un profesor que se preocupa tanto por la vida privada de sus alumnas- Adam no pasó por alto que utilizase el género femenino en esa palabra -no debería preocuparse por esconder su vida privada de ellas-
-No la escondo en absoluto- rió el hombre -Sólo que si, como hoy, quedo con una alumna o alumno- añadió el genero masculino -No es para hablar de mí, sino de ellos. De sus problemas y sus refuerzos con los idiomas-
-Vaya, qué bien. Espero que el día haya sido productivo- Serena miró a Nora
-Sí, bueno. Ya he aprendido a escribir oraciones. Al menos una- rió, increiblemente nerviosa. Sentía una pesadísima losa sobre su cabeza mientras esa mujer le miraba ¿Qué estaría pensando de ella?
-Me alegro, el japonés es difícil de dominar. Mucho ánimo, querida. Adam- pasó a mirarle a él -¿Nos vamos? Tienes el coche y necesito llegar a casa pronto. Los niños nos echarán en falta- Niños. Adam tenía hijos.
-Oh, por supuesto. Pero, eh... Nora...-
-No te preocupes Adam, tomaré el metro-
-Podemos llevarla a la estación- sonrió Serena -No vas a quedar mal ahora con tu almna ¿no? O peor, dejarme mal a mí delante de ella y ser la culpable de que tenga que volver sola ¿Dónde vives?-
-En Nerima-
-¿Sabes dónde, Adam?- la pregunta pinchaba como una aguja
-No. Sé que vive en Nerima pero no dónde, obviamente-
-Podemos llevarte si quieres. No está demasiado lejos en coche- Serena era, en ese momento, la incógnita más grande a la que Nora se había enfrentado en sus 10 meses viviendo en japón ¿Estaba siendo realmente amable o estaba cargada de malicia? ¿Tenía segundas intenciones? ¿Cómo se tomaría una negación a semejante invitación...? La losa en su cabeza cada vez pesaba más y más.
martes, 29 de mayo de 2018
Aquella noche Nora fue incapaz de pegar ojo. Ni si quiera sacó el futón del armario. No quería cerrar los ojos y tampoco podía hacerlo. Lo que acababa de ocurrir en aquella casa hacia tan solo unas horas le impedía pensar con claridad. Intentó poner en orden tanto sus recuerdos como sus emociones numerosas veces, y al final, siempre llegaba a la misma conclusión: Los demonios y espíritus llegaron mientras ella lloraba. Acababa de recibir el mensaje de Adam y se sintió lo suficientemente culpable y desolada que no pudo evitar recaer en un profundo llanto que deseaba acallar con pastillas. Luego, apareció ese hombre en su casa. No sabía como había podido entrar ni mucho como sabía que la encontraría allí, pero, al igual que ella, era capaz de ver el otro plano que rodeaba constantemente al mundo. Y no solo verlo, sino también atacarlo hasta hacer desaparecer a sus entes. Por último, se marchó sin decir nada, desapareciendo de la vista de la chica. Una vez más, sintió deseos de recopilar toda aquella información otra vez. Le faltaban datos, tenía demasiadas preguntas sin respuestas y algo le decía que nada iba a responderlas por mucho que intentase recordar.
Se dedicó a tamborilear los dedos sobre la superficie del kotatsu de manera nerviosa. ¿De verdad no era la única que veía a esos entes? ¿Seguro que no había sido un sueño? Cuando dejaba de tamborilear, se despeinaba los cabellos y suspiraba. Si no era la única, si había más gente como ella... ¿Donde estaban? Cayó en la cuenta de que el hombre que entró en la casa no podía japonés, ni si quiera asiático, puesto que sus facciones eran tan caucásicas como las de ella. ¿Él también huía de algo y había escogido Japón como escondite? Cansada de preguntas, se puso en pie y se asomó por la ventana, la cual había dejado abierta por si el hombre volviese... y necesitaba entrar por ahí... o por donde fuera. Observó la luna llena, brillante cuando las nubes oscuras la dejaban ver. Sintió deseos irrefrenables de volver a llorar. No dejaba de sentirse mal, una persona horrible, a pesar de lo que había ocurrido. Sin embargo, se contuvo, tal y como el hombre le pidió que hiciera. Necesitaba encontrar a ese chico... fuese como fuese.
A la mañana siguiente, Nora decidió no ir a clases. Había tenido toda una noche en vela para llegar a la conclusión de que debía a Adam una disculpa, pero no sería aquel día. Se vistió temprano, a horas en las que aún estaría dormida en otras circunstancias. Tomó un paraguas, puesto que el día se presentaba lluvioso, y salió de casa a toda prisa. Empezó a caminar por el barrio sin rumbo fijo, pero mirando a cada calle, cada rincón y cada esquina, deseando encontrar al hombre de la noche anterior. Por supuesto, pensar que estaría en el mismo barrio de ella sería algo pretencioso, sobretodo teniendo en cuenta las dimensiones que acaparaba la ciudad. Por desgracia, si se aventuraba a sobrepasar los límites de Nerima o Suginami, acabaría perdida, cosa que no se podía permitir.
Las horas pasaron y los pies empezaron a doler en el interior de aquellos zapatos viejos de charol que Nora vestía. La chica paró unos minutos la búsqueda para entrar en un cobini y coger algo de comer: una bandeja de sushi que engulló de forma rápida sentada en un pequeño parque húmedo y solitario, dado el clima. Tras el almuerzo, retomó la busqueda de forma tan constante, que ni si quiera se dio cuenta de lo rápido que pasaron las horas.
La noche se echó encima cuando Nora regresó a casa. Emitió un largo y sonoro bufido de agotamiento. Arrojó los zapatos a un lado y caminó de forma torpe hasta llegar al interior del kotatsu, se cruzó de brazos sobre el mismo y hundió la cara entre ellos. No había encontrado al hombre. Se sentía estúpida de pensar que sería capaz de encontrarle, pero supuso que tener un mínimo de esperanza sería sano. Ahora, la había perdido. Empezaba a dudar de si todo había sido un mal sueño y seguía siendo la chica rara de siempre, cuando abrió el bolso para sacar el móvil. Justo antes de cogerlo, sus dedos chocaron con el bote de pastillas. ¡No había tomado ni una pastilla en todo el día! Se le había olvidado. Estaba tan centrada en encontrar al chico que no se había sentido decaída en ningún momento. Por prudencia, tomó una pastilla, la partió por la mitad y se la tragó sin agua. Después, cogió el móvil y desbloqueó la pantalla. Tuvo que pestañear tres veces para comprender que el aviso de seis llamadas perdidas. Cinco de ellas eran de Adam y una de Sam. Ignoró a Sam por un momento y decidió llamar a Adam, algo extrañada. Tras tres tonos, el hombre descolgó.
-¿Adam?-
-¡Nora! ¿Estás bien?- Aquel inesperado alarde de preocupación hizo que Nora se quedase callada unos segundos. ¿Por qué se preocupaba tanto por ella alguien a quien no debía nada? Era... enternecedor.
-Si, estoy bien. Oye...-
-Estaba preocupado- interrumpió el hombre -No apareciste por la academia. Y ayer me pareció verte muy extraña justo después de llevarte las pastillas. No te molestes conmigo, pero pensé que quizás... habrías hecho una locura-
-Jamás haría tal cosa- respondió la chica intentando despreocupar al hombre. Desde el otro lado del teléfono, Nora pudo oír el enorme suspiro de alivio Adam -Gracias por preocuparte. Estoy bien, de verdad- aseguró.
-Menos mal. Te oigo animada-
-Sí... bueno. Es que ha sido un día ajetreado-
-Sea lo que sea, me alegro. Nunca te había oído así-
-Ya... Adam, quería pedirte disculpas por como te hablé ayer. No me malinterpretes. Me estás ayudando un montón- sonrió -Es sólo que a veces me encuentro un poco mal y pierdo las formas. Perdóname.-
-No hay nada que perdonar, de verdad-
-Y valoro mucho lo de las clases particulares. Me gustaría poder tener más y en otros lugares. Me da igual donde, quiero practicar en distintas situaciones. Te lo pagaré todo, claro está. Las clases, el transporte y lo que haga falta- afirmó, mintiendo de cierta forma. Moverse por la ciudad con Adam sería una forma de visitar lugares sin perderse, además de recordarlos. Tendría más posibilidades de encontrar al hombre misterioso así. El japonés era lo de menos.
-Me alegro, en serio. Ya verás. Vas a mejorar muchísimo en pocos días-
-Mañana iré a la academia. Podríamos concretar un día, a poder ser pronto. Siempre que puedas, claro.-
-¿Que te parece si comemos mañana juntos? Al salir de la academia- Nora sintió que era demasiado precipitado, pero ¿A caso tenía otra cosa que hacer?
-Claro- sonrió.
-Perfecto. Hasta mañana entonces. Ah, y no lleves dinero. Yo invito-
-Hasta mañana-
Adam salió del baño, no sin antes meterse el móvil en el bolsillo del pantalón y tirar de la cadena del váter, aunque éste estuviese totalmente limpio. La vivienda estaba totalmente a oscuras. Los niños ya estaban durmiendo, y Serena, leía un libro echada en la cama. Cuando Adam quiso introducirse en la cama para descansar, Serena cerró el libro de un golpe y lo dejó en la mesilla de noche. -¿Desde cuando vas a hablar al baño?-
-Yo... no quería molestar. Los niños están durmiendo-
-¿Quien era?-
-¿Por qué quieres saberlo?- Serena alzó una ceja y le lanzó una mirada asesina -Me llamaban por el alquiler de la academia. Ha subido el precio. Voy a tener que buscar la forma de encontrar una subvención o...me veré obligado a enseñar más idiomas para pagar todo esto- Con los brazos, señaló a toda la habitación, como si quisiera abarcarlo todo con un simple gesto. No se podían quejar: era una casa bastante grande y de estilo europeo. Claro que, por ello, era cara. -Podría probar a enseñar francés o alemán... La verdad es que no me quedan muchos idiomas ya en el curriculum- bromeó. Serena no sonrió. Simplemente apagó la lámpara de la mesa de noche y se hizo a un lado para dormir. Sabía que le estaba mintiendo.
Al día siguiente, Nora se presentó la primera a clases. Después de muchos meses, se había esmerado por peinarse mejor. En vez de una cola, se había dejado el pelo suelto y adornado únicamente por una pinza que le sostenía el flequillo a un lado del rostro. También se había vestido de forma más vistosa y menos despreocupada, luciendo una camisa blanca y unos vaqueros ajustados, mucho más presentables que los gastados y grises que solía usar. No tenía motivo alguno para vestir así, pero el despertar con ánimos, con un motivo para salir a la calle, había provocado que por un día, la chica volviese a ser la Nora de hacía dos años.
Atendió a las clases de Adam con ganas, sintiendo que éste la miraba demasiado aquel día. Menuda suerte tenía si lo pensaba de forma detenida. No cualquiera encuentra a alguien que quiere ayudarte en un país desconocido, que te ofrece su tiempo y sus recursos para apoyarte. Por alguna razón se sonrojó mirándole. Era una situación un tanto incómoda, porque no dejaba de ser su profesor, pero... le necesitaba ahora más que nunca para encontrar a aquel chico. Ese chico era ahora su motivo, su prioridad.
-Te veo radiante- dijo Adam cuando el aula se quedó vacía al final de clases. Nora sonrió. La verdad es que se sentía bien. De nuevo, solo había tomado media pastilla en vez de una. Quizá sería bueno plantearse dejarlas pronto.
-Me siento bien- afirmó la chica. -¿Donde vamos?-
-Donde quieras. He traído el coche-
-Genial- En coche se podían contemplar muchas más cosas que en un tren a toda velocidad. -Entonces... ¿Podemos irnos...lejos de aquí? Me gustaría conocer más Tokio. Desde que llegué apenas he salido y... pensaba que quizás tú me podrías ayudar-
Se dedicó a tamborilear los dedos sobre la superficie del kotatsu de manera nerviosa. ¿De verdad no era la única que veía a esos entes? ¿Seguro que no había sido un sueño? Cuando dejaba de tamborilear, se despeinaba los cabellos y suspiraba. Si no era la única, si había más gente como ella... ¿Donde estaban? Cayó en la cuenta de que el hombre que entró en la casa no podía japonés, ni si quiera asiático, puesto que sus facciones eran tan caucásicas como las de ella. ¿Él también huía de algo y había escogido Japón como escondite? Cansada de preguntas, se puso en pie y se asomó por la ventana, la cual había dejado abierta por si el hombre volviese... y necesitaba entrar por ahí... o por donde fuera. Observó la luna llena, brillante cuando las nubes oscuras la dejaban ver. Sintió deseos irrefrenables de volver a llorar. No dejaba de sentirse mal, una persona horrible, a pesar de lo que había ocurrido. Sin embargo, se contuvo, tal y como el hombre le pidió que hiciera. Necesitaba encontrar a ese chico... fuese como fuese.
A la mañana siguiente, Nora decidió no ir a clases. Había tenido toda una noche en vela para llegar a la conclusión de que debía a Adam una disculpa, pero no sería aquel día. Se vistió temprano, a horas en las que aún estaría dormida en otras circunstancias. Tomó un paraguas, puesto que el día se presentaba lluvioso, y salió de casa a toda prisa. Empezó a caminar por el barrio sin rumbo fijo, pero mirando a cada calle, cada rincón y cada esquina, deseando encontrar al hombre de la noche anterior. Por supuesto, pensar que estaría en el mismo barrio de ella sería algo pretencioso, sobretodo teniendo en cuenta las dimensiones que acaparaba la ciudad. Por desgracia, si se aventuraba a sobrepasar los límites de Nerima o Suginami, acabaría perdida, cosa que no se podía permitir.
Las horas pasaron y los pies empezaron a doler en el interior de aquellos zapatos viejos de charol que Nora vestía. La chica paró unos minutos la búsqueda para entrar en un cobini y coger algo de comer: una bandeja de sushi que engulló de forma rápida sentada en un pequeño parque húmedo y solitario, dado el clima. Tras el almuerzo, retomó la busqueda de forma tan constante, que ni si quiera se dio cuenta de lo rápido que pasaron las horas.
La noche se echó encima cuando Nora regresó a casa. Emitió un largo y sonoro bufido de agotamiento. Arrojó los zapatos a un lado y caminó de forma torpe hasta llegar al interior del kotatsu, se cruzó de brazos sobre el mismo y hundió la cara entre ellos. No había encontrado al hombre. Se sentía estúpida de pensar que sería capaz de encontrarle, pero supuso que tener un mínimo de esperanza sería sano. Ahora, la había perdido. Empezaba a dudar de si todo había sido un mal sueño y seguía siendo la chica rara de siempre, cuando abrió el bolso para sacar el móvil. Justo antes de cogerlo, sus dedos chocaron con el bote de pastillas. ¡No había tomado ni una pastilla en todo el día! Se le había olvidado. Estaba tan centrada en encontrar al chico que no se había sentido decaída en ningún momento. Por prudencia, tomó una pastilla, la partió por la mitad y se la tragó sin agua. Después, cogió el móvil y desbloqueó la pantalla. Tuvo que pestañear tres veces para comprender que el aviso de seis llamadas perdidas. Cinco de ellas eran de Adam y una de Sam. Ignoró a Sam por un momento y decidió llamar a Adam, algo extrañada. Tras tres tonos, el hombre descolgó.
-¿Adam?-
-¡Nora! ¿Estás bien?- Aquel inesperado alarde de preocupación hizo que Nora se quedase callada unos segundos. ¿Por qué se preocupaba tanto por ella alguien a quien no debía nada? Era... enternecedor.
-Si, estoy bien. Oye...-
-Estaba preocupado- interrumpió el hombre -No apareciste por la academia. Y ayer me pareció verte muy extraña justo después de llevarte las pastillas. No te molestes conmigo, pero pensé que quizás... habrías hecho una locura-
-Jamás haría tal cosa- respondió la chica intentando despreocupar al hombre. Desde el otro lado del teléfono, Nora pudo oír el enorme suspiro de alivio Adam -Gracias por preocuparte. Estoy bien, de verdad- aseguró.
-Menos mal. Te oigo animada-
-Sí... bueno. Es que ha sido un día ajetreado-
-Sea lo que sea, me alegro. Nunca te había oído así-
-Ya... Adam, quería pedirte disculpas por como te hablé ayer. No me malinterpretes. Me estás ayudando un montón- sonrió -Es sólo que a veces me encuentro un poco mal y pierdo las formas. Perdóname.-
-No hay nada que perdonar, de verdad-
-Y valoro mucho lo de las clases particulares. Me gustaría poder tener más y en otros lugares. Me da igual donde, quiero practicar en distintas situaciones. Te lo pagaré todo, claro está. Las clases, el transporte y lo que haga falta- afirmó, mintiendo de cierta forma. Moverse por la ciudad con Adam sería una forma de visitar lugares sin perderse, además de recordarlos. Tendría más posibilidades de encontrar al hombre misterioso así. El japonés era lo de menos.
-Me alegro, en serio. Ya verás. Vas a mejorar muchísimo en pocos días-
-Mañana iré a la academia. Podríamos concretar un día, a poder ser pronto. Siempre que puedas, claro.-
-¿Que te parece si comemos mañana juntos? Al salir de la academia- Nora sintió que era demasiado precipitado, pero ¿A caso tenía otra cosa que hacer?
-Claro- sonrió.
-Perfecto. Hasta mañana entonces. Ah, y no lleves dinero. Yo invito-
-Hasta mañana-
Adam salió del baño, no sin antes meterse el móvil en el bolsillo del pantalón y tirar de la cadena del váter, aunque éste estuviese totalmente limpio. La vivienda estaba totalmente a oscuras. Los niños ya estaban durmiendo, y Serena, leía un libro echada en la cama. Cuando Adam quiso introducirse en la cama para descansar, Serena cerró el libro de un golpe y lo dejó en la mesilla de noche. -¿Desde cuando vas a hablar al baño?-
-Yo... no quería molestar. Los niños están durmiendo-
-¿Quien era?-
-¿Por qué quieres saberlo?- Serena alzó una ceja y le lanzó una mirada asesina -Me llamaban por el alquiler de la academia. Ha subido el precio. Voy a tener que buscar la forma de encontrar una subvención o...me veré obligado a enseñar más idiomas para pagar todo esto- Con los brazos, señaló a toda la habitación, como si quisiera abarcarlo todo con un simple gesto. No se podían quejar: era una casa bastante grande y de estilo europeo. Claro que, por ello, era cara. -Podría probar a enseñar francés o alemán... La verdad es que no me quedan muchos idiomas ya en el curriculum- bromeó. Serena no sonrió. Simplemente apagó la lámpara de la mesa de noche y se hizo a un lado para dormir. Sabía que le estaba mintiendo.
Al día siguiente, Nora se presentó la primera a clases. Después de muchos meses, se había esmerado por peinarse mejor. En vez de una cola, se había dejado el pelo suelto y adornado únicamente por una pinza que le sostenía el flequillo a un lado del rostro. También se había vestido de forma más vistosa y menos despreocupada, luciendo una camisa blanca y unos vaqueros ajustados, mucho más presentables que los gastados y grises que solía usar. No tenía motivo alguno para vestir así, pero el despertar con ánimos, con un motivo para salir a la calle, había provocado que por un día, la chica volviese a ser la Nora de hacía dos años.
Atendió a las clases de Adam con ganas, sintiendo que éste la miraba demasiado aquel día. Menuda suerte tenía si lo pensaba de forma detenida. No cualquiera encuentra a alguien que quiere ayudarte en un país desconocido, que te ofrece su tiempo y sus recursos para apoyarte. Por alguna razón se sonrojó mirándole. Era una situación un tanto incómoda, porque no dejaba de ser su profesor, pero... le necesitaba ahora más que nunca para encontrar a aquel chico. Ese chico era ahora su motivo, su prioridad.
-Te veo radiante- dijo Adam cuando el aula se quedó vacía al final de clases. Nora sonrió. La verdad es que se sentía bien. De nuevo, solo había tomado media pastilla en vez de una. Quizá sería bueno plantearse dejarlas pronto.
-Me siento bien- afirmó la chica. -¿Donde vamos?-
-Donde quieras. He traído el coche-
-Genial- En coche se podían contemplar muchas más cosas que en un tren a toda velocidad. -Entonces... ¿Podemos irnos...lejos de aquí? Me gustaría conocer más Tokio. Desde que llegué apenas he salido y... pensaba que quizás tú me podrías ayudar-
La noche estaba siendo tranquila para Jack, algo que por lo general rara vez podía decir. Acostado boca arriba en la cama daba vueltas y vueltas tratando de conciliar el sueño en mitad del silencio que a veces se rompía por un coche al pasar por la lejana carretera. Silencio, sólo silencio. Era esa clase de silencio ruidoso que se puede oír. Como un zumbido constante en su cabeza que le impedía mantener los ojos cerrados por más de un momento. Terminó por bufar, aburrido de esa sensación de impotencia por no poder dormir. Tenía una extraña sensación de incomodidad en su pecho y sentía cada músculo de su cuerpo tenso, alerta. No fue extraño que se sobresaltara cuando Inu, su perro shiba, saltó sobre la cama y empezó a lamerle la cara -Granuja...- se relajó, acariciándole -No vuelvas a hacerlo o podría lastimarte sin querer un día de estos- el perro pareció entenderle, pues se enroscó a su lado de forma plácida para no molestarle y Jack simplemente se apoyó en su cálido y mullido pelaje. Le daba un enorme placer acariciar a su mascota y seguramente habría llegado a quedarse dormido, de no ser porque éste de pronto alzó la cabeza con las orejas en punta -¿Qué pasa chico?- el animal comenzó a gruñir y se irguió sobre la cama. Echó a correr a toda velocidad, atravesando el umbral de la puerta de la habitación y cruzando todo el pasillo. Jack le siguió a toda velocidad cuando escuchó un cristal romperse en el salón. Llegó en seguida, pues a fin de cuentas su hogar no era precisamente grande. Encendió la luz de la habitación y de todas las cosas imposibles que pensaba ver, lo que menos esperaba era un Tanuki.
Conocidos por ser entidades que antaño fueron veneradas como emisarios celestiales, fueron clasificados como yokai una vez que se determinó su extraño origen y su naturaleza delictiva. No era la clase de demonio que hería o asesinaba humanos ni dañaba a espíritus inocentes, pero sí causaba gran cantidad de problemas y atormentaban a todo el mundo -¿Se puede saber qué te trae aquí, bicho?- el mapache demoníaco le miró con ojos dorados. Su larga cola se alzó hasta cubrirle casi toda la espalda, revelando sus enormes testículos sobre los que se apoyaba como si fuesen globos de aire -Sois repulsivos...- Inu no dejaba de ladrar -Te doy la oportunidad de que te marches. Sé que me entiendes- el magatama de su collar brilló y tomó la forma de la katana que siempre utilizaba Jack para darles muerte -Cuento hasta tres...- la advertencia final hizo que la criatura dejara de hurgar en los cajones de Jack y buscase salir por la ventana, pero como buen cazador, el hombre no le dejó escapar. Tomando a la criatura desprevenida, le sajó de lado a lado cortándolo por la mitad. Su cuerpecillo no tardó en desvanecerse, al igual que la sangre plateada. Sin embargo, cerca de la ventana, Jack podía sentir una extraña vibración en el ambiente. La katana, que era su magatama sagrado, latía con fuerza en su mano y se tensaba hacia una dirección concreta -Está pasando algo...- masculló para sí mismo. Inu, a sus pies, gimoteó confuso. Jack se agachó para acariciarle con cariño -Volveré pronto- le dijo con simpatía al animal, que le volvió a lamer la cara con cariño -Pórtate bien y muerde a quien sea... o a lo que sea, que se atreva a entrar- Inu dio un suave ladrido como si asintiera a la orden de su dueño. Jack se esfumó a través de una nebulosa Puerta Yomi.
Apareció sobre el tejado de un alto edificio desde el que podía ver el destrozo. Yokai por todas partes. Atacaban un punto concreto pero también causaban alboroto en los alrededores. Había vecinos y policías yendo de un lado a otro creyendo que podía ser un pequeño terremoto lo que estaba causando destrozos en el vecindario. Jack analizó por un momento la situación y supo que era una actividad inusual. Sin duda, debía de tratarse de un foco: un medium debía de estar atrayendo a todos esos yokai, posiblemente, sin quererlo. Sabiendo que no tenía tiempo que perder, Jack entró en acción.
Dejando atrás el tejado del edificio y caminando por las calles hacia aquella montaña de demonios que asolaban las casas y pisos colindantes, pasaba junto a oleadas de vecinos que se llevaban las manos a la cabeza ante la incomprensión de lo que ocurría. Nadie podía ver a esos demonios, no hasta que se hicieran lo bastante fuertes como para materializarse. O al menos así debía ser -¡Se lo estoy diciendo, agente!- dijo una chica de al menos unos 15 años que sólo vestía un pijama rosita lleno de conejitos blancos -¡He visto un... un monstruo!- aquellas palabras hicieron que Jack se detuviera un instante para oír mejor -Era como una mujer blanca como la nieve y un cabello oscuro tan largo que parecían hebras de hilo que volaban en todas direcciones. Tenía una boca monstruosa detrás de la cabeza y gemía de forma terrible-
-Chica, creo que sólo has tenido una pesadilla y todo esto te ha trastornado un poco...- apuntó el policía, tomando declaración
-¡Estoy diciendo que lo he visto! ¡La vi claramente sobre el tejado de ese piso!- señalaba desesperada. Ante aquellas palabras, Jack supo que no tenía tiempo que perder. Si se estaban materializando el tiempo jugaba completamente en su contra, de manera que aceleró el paso.
En la zona cero, donde todo estaba ocurriendo, se aglomeraba un mayor número de gente y policías. Entre los agentes de la ley, se encontraba el inspector Date Kisaragi acompañado por el fiel agente Shinji Nakamura -¿Se puede saber qué demonios está ocurriendo?- preguntó el inspector a Shinji mientras daba una calada al cigarro
-¡Date-san! Al parecer, dicen los vecinos, todo comenzó a temblar y a romperse de un momento a otro a una hora por determinar de la noche. Todo apunta a un pequeño seismo pero...- Shinji miraba nervioso a todas partes
-¿Pero qué, hijo? Suéltalo ya- el inspector le miraba de forma inquisitiva
-Si fuera un terremoto lo notariamos... y sin embargo se siguen oyendo ruidos ahí dentro-
-Por todos los infiernos...- el inspector se llevó una mano a la frente -¿Me vas a hablar otra vez de espíritus, Shinji?- el agente miraba al inspector con cara de cachorro que temía la ira del jefe de la manada... pero la verdad es que los estaba viendo. En el tejado, en las ventanas, en la puerta del edificio. Yokai. Había demonios, figuras extrañas y sombrías rondando por todas partes... pero si se atrevía a decirlo, si lo confesaba, lo mandarían de cabeza a un psiquiatra
-No digo que sean espíritus, inspector ¿Pero cómo podríamos explicar...?- entonces oyó los cascabeles. Un sonido placentero que, repentinamente, le hizo entrar en un extraño estado de calma. Cuando quiso darse cuenta, el inspector Date y los demás agentes, así como los vecinos de los alrededores apenas se movían. Era como si hubiesen entrado en un estado catatónico, o como si estuviesen tan drogados que sólo llegaban a pestañear cada largo rato. Shinji intentó reanimar a Date chasqueándole los dedos frente a la cara, pero no obtuvo resultado alguno. El único cambio fue ver a un tipo con una katana en la mano entrar hacia el edificio -¡Eh, usted!- llegó a decir, pero incapaz de alzar demasiado la voz. Estaba enormemente sorprendido por lo que estaba viviendo y le temblaban las piernas, incapaz de seguir al desconocido.
Subiendo las escaleras, Jack se abría paso entre paraguas karakusa y lamparillas cho-chin a base de rápidos tajos. Los objetos inanimados que obtenían un alma eran los yokai más fáciles de destruir. El problema, por otra parte, eran las Onna, las damas de blanco. Había de todas clases, pero siempre eran más duras de pelar. Por otra parte, estaban los ogros y ogresas que eran un peligro real. El pináculo de lo que Jack había visto en su vida como cazador, sin embargo, eran los Oni. Rara vez un cazador había podido destruir a uno en solitario, pues eran verdaderamente poderosos. Afortunadamente, el foco en ese momento no había atraido más que a unos demonios menores y a la Onna que esa chica decía haber visto, pero a la que aún no encontraba.
Sus pasos le terminaron llevando finalmente hasta un piso concreto, cuya puerta estaba abierta. El corto pasillo estaba lleno de arañazos y el salón, en el que se hallaba todo el dispensario de la casa, estaba patas arriba. Oía un llanto no muy lejano y a su vez, el balbuceo constante de una voz rota. Anduvo con la espada en ristre, preparado para atacar, acercándose al baño, pues de allí provenían las voces. Al llegar, pudo ver a esa mujer de espaldas, con los cabellos flotando en el aire como si estuviese bajo el mar. Una boca de colmillos monstruosos se abría y cerraba constantemente clamando comida mientras que las manos de la mujer intentaban alcanzar a una chica que lloraba desconsolada, abrazada a una toalla con la que se cubría contra la pared -Eh- llamó Jack la atención para que el yokai no llegase a tocar a la chica -¿Quieres un alma fuerte? Prueba aquí- la yokai se giró y le miró con ojos negros como la noche. Jack tragó saliba. El demonio femenino se lanzó contra él sin mediar palabra ni miramientos mientras sus cabellos parecían tomar vida propia para atacarle a la vez que la propia mujer. Las hebras de pelo negro trataban de atarle como un millar de cordeles mientras la mujer le atacaba con garras y dientes. Jack cortaba los mechones de pelo con rápidos tajos y esquivaba los ataques del demonio con toda prisa, evitando que le tocase en la medida de lo posible, tratando de mantener la calma -¡Deja de llorar!- dijo Jack entonces, a la chica que estaba en el baño -¡La haces más fuerte! ¡Para de una vez!- no supo si le hizo caso por creerle o por qué razón, pero dejó de oirla llorar de forma tan desconsolada y la yokai pareció relajarse ligeramente -Eso está mejor... Ven aquí, Sonrisas- la provocó, haciendo que la yokai volviera al ataque, aunque esta vez con menos ímpetu. Jack aprovechó esa leve debilidad para esquivarla dando un paso hacia un lado pero lanzando una estocada hacia rostro, atravesándola. La hoja de la katana salió por la boca trasera de la mujer, goteando sangre plateada. Con la Onna muerta, los yokai menores se dispersarían por falta de valentía. Era solo cuestión de tiempo. La katana volvió a tomar forma de un magatama y Jack se lo colgó del cuello mientras veía a la yokai desvanecerse en el aire como humo y ceniza
-¿Q-quién eres tú?- la voz de Nora hizo que Jack alzase la mirada hacia la chica. El cabello lo tenía empapado y estaba envuelta en una toalla blanca que ocultaba su cuerpo de la vista del hombre
-Yo debería preguntarte eso. O más bien, qué eres- dijo sin más -Has atraido a una gran cantidad de estos bichos sólo por estar llorando ¿O fueron ellos quienes te hicieron llorar?- Nora no contestó, completamente alucinada de lo que estaba viendo y escuchando
-¿Tú... los ves?- llegó a decir -¿Ves a estos monstruos? ¿Ves a los espíritus?-
-¿Cómo la he matado si no la veo?- era obvia la respuesta, pero Nora no daba crédito
-Creí... pensé que...-
-Eras la única- Jack suspiró, sombrío -No, no eres la única- su tono de voz se fue tornando a un modo más amable, compasivo -Todos creemos ser los únicos, chica, pero no. Yo los veo. Y otros tantos los ven y pueden también destruirlos. Tú sin embargo tienes algo más. Hiciste que gente no sensitiva pudiese ver a la Onna- Nora no comprendía la verborrea del hombre
-No sé de qué me estás hablando...-
-Da igual- se encogió de hombros el muchacho -Ya se han ido y no volverán. No al menos si no vuelves a atraerlos. Contén tus emociones- le señaló -Se alimentan de ello, los hace más fuertes. Tengo que irme-
-Espera, espera ¿Qué sabes tú de todo esto?- Jack se dio la media vuelta igualmente -¿Qué eres tú? ¿Cómo puedes destruir a esas cosas?-
-No te compliques la vida queriéndolo saber. Se vive mejor así-
-¡Pero...!-
-Si alguna vez nos volvemos a encontrar serás digna de saberlo- Jack sabía que nunca volvería a ocuparse de ella, se lo dejaría a otros. Todo era más fácil cuando no tenía que andar explicándole cómo funciona el mundo oculto a los nuevos sensibles que se encontraba -Es mi modo de hacer las cosas- concluyó con un tono honorable, como si fuese un sabio maestro de algún poder arcano y Nora fuese una posible candidata a ser elegida. Consiguió el efecto deseado en ella: que no dijese nada. Jack se marchó por la puerta sin decir más y cuando Nora le siguió, él ya no estaba, como si se hubiese desvanecido igual que la yokai ¿Qué cantidad de cosas sucedían en el mundo que Nora aún desconocía? ¿De verdad... no era la única? De verdad... no estaba sola.
Conocidos por ser entidades que antaño fueron veneradas como emisarios celestiales, fueron clasificados como yokai una vez que se determinó su extraño origen y su naturaleza delictiva. No era la clase de demonio que hería o asesinaba humanos ni dañaba a espíritus inocentes, pero sí causaba gran cantidad de problemas y atormentaban a todo el mundo -¿Se puede saber qué te trae aquí, bicho?- el mapache demoníaco le miró con ojos dorados. Su larga cola se alzó hasta cubrirle casi toda la espalda, revelando sus enormes testículos sobre los que se apoyaba como si fuesen globos de aire -Sois repulsivos...- Inu no dejaba de ladrar -Te doy la oportunidad de que te marches. Sé que me entiendes- el magatama de su collar brilló y tomó la forma de la katana que siempre utilizaba Jack para darles muerte -Cuento hasta tres...- la advertencia final hizo que la criatura dejara de hurgar en los cajones de Jack y buscase salir por la ventana, pero como buen cazador, el hombre no le dejó escapar. Tomando a la criatura desprevenida, le sajó de lado a lado cortándolo por la mitad. Su cuerpecillo no tardó en desvanecerse, al igual que la sangre plateada. Sin embargo, cerca de la ventana, Jack podía sentir una extraña vibración en el ambiente. La katana, que era su magatama sagrado, latía con fuerza en su mano y se tensaba hacia una dirección concreta -Está pasando algo...- masculló para sí mismo. Inu, a sus pies, gimoteó confuso. Jack se agachó para acariciarle con cariño -Volveré pronto- le dijo con simpatía al animal, que le volvió a lamer la cara con cariño -Pórtate bien y muerde a quien sea... o a lo que sea, que se atreva a entrar- Inu dio un suave ladrido como si asintiera a la orden de su dueño. Jack se esfumó a través de una nebulosa Puerta Yomi.
Apareció sobre el tejado de un alto edificio desde el que podía ver el destrozo. Yokai por todas partes. Atacaban un punto concreto pero también causaban alboroto en los alrededores. Había vecinos y policías yendo de un lado a otro creyendo que podía ser un pequeño terremoto lo que estaba causando destrozos en el vecindario. Jack analizó por un momento la situación y supo que era una actividad inusual. Sin duda, debía de tratarse de un foco: un medium debía de estar atrayendo a todos esos yokai, posiblemente, sin quererlo. Sabiendo que no tenía tiempo que perder, Jack entró en acción.
Dejando atrás el tejado del edificio y caminando por las calles hacia aquella montaña de demonios que asolaban las casas y pisos colindantes, pasaba junto a oleadas de vecinos que se llevaban las manos a la cabeza ante la incomprensión de lo que ocurría. Nadie podía ver a esos demonios, no hasta que se hicieran lo bastante fuertes como para materializarse. O al menos así debía ser -¡Se lo estoy diciendo, agente!- dijo una chica de al menos unos 15 años que sólo vestía un pijama rosita lleno de conejitos blancos -¡He visto un... un monstruo!- aquellas palabras hicieron que Jack se detuviera un instante para oír mejor -Era como una mujer blanca como la nieve y un cabello oscuro tan largo que parecían hebras de hilo que volaban en todas direcciones. Tenía una boca monstruosa detrás de la cabeza y gemía de forma terrible-
-Chica, creo que sólo has tenido una pesadilla y todo esto te ha trastornado un poco...- apuntó el policía, tomando declaración
-¡Estoy diciendo que lo he visto! ¡La vi claramente sobre el tejado de ese piso!- señalaba desesperada. Ante aquellas palabras, Jack supo que no tenía tiempo que perder. Si se estaban materializando el tiempo jugaba completamente en su contra, de manera que aceleró el paso.
En la zona cero, donde todo estaba ocurriendo, se aglomeraba un mayor número de gente y policías. Entre los agentes de la ley, se encontraba el inspector Date Kisaragi acompañado por el fiel agente Shinji Nakamura -¿Se puede saber qué demonios está ocurriendo?- preguntó el inspector a Shinji mientras daba una calada al cigarro
-¡Date-san! Al parecer, dicen los vecinos, todo comenzó a temblar y a romperse de un momento a otro a una hora por determinar de la noche. Todo apunta a un pequeño seismo pero...- Shinji miraba nervioso a todas partes
-¿Pero qué, hijo? Suéltalo ya- el inspector le miraba de forma inquisitiva
-Si fuera un terremoto lo notariamos... y sin embargo se siguen oyendo ruidos ahí dentro-
-Por todos los infiernos...- el inspector se llevó una mano a la frente -¿Me vas a hablar otra vez de espíritus, Shinji?- el agente miraba al inspector con cara de cachorro que temía la ira del jefe de la manada... pero la verdad es que los estaba viendo. En el tejado, en las ventanas, en la puerta del edificio. Yokai. Había demonios, figuras extrañas y sombrías rondando por todas partes... pero si se atrevía a decirlo, si lo confesaba, lo mandarían de cabeza a un psiquiatra
-No digo que sean espíritus, inspector ¿Pero cómo podríamos explicar...?- entonces oyó los cascabeles. Un sonido placentero que, repentinamente, le hizo entrar en un extraño estado de calma. Cuando quiso darse cuenta, el inspector Date y los demás agentes, así como los vecinos de los alrededores apenas se movían. Era como si hubiesen entrado en un estado catatónico, o como si estuviesen tan drogados que sólo llegaban a pestañear cada largo rato. Shinji intentó reanimar a Date chasqueándole los dedos frente a la cara, pero no obtuvo resultado alguno. El único cambio fue ver a un tipo con una katana en la mano entrar hacia el edificio -¡Eh, usted!- llegó a decir, pero incapaz de alzar demasiado la voz. Estaba enormemente sorprendido por lo que estaba viviendo y le temblaban las piernas, incapaz de seguir al desconocido.
Subiendo las escaleras, Jack se abría paso entre paraguas karakusa y lamparillas cho-chin a base de rápidos tajos. Los objetos inanimados que obtenían un alma eran los yokai más fáciles de destruir. El problema, por otra parte, eran las Onna, las damas de blanco. Había de todas clases, pero siempre eran más duras de pelar. Por otra parte, estaban los ogros y ogresas que eran un peligro real. El pináculo de lo que Jack había visto en su vida como cazador, sin embargo, eran los Oni. Rara vez un cazador había podido destruir a uno en solitario, pues eran verdaderamente poderosos. Afortunadamente, el foco en ese momento no había atraido más que a unos demonios menores y a la Onna que esa chica decía haber visto, pero a la que aún no encontraba.
Sus pasos le terminaron llevando finalmente hasta un piso concreto, cuya puerta estaba abierta. El corto pasillo estaba lleno de arañazos y el salón, en el que se hallaba todo el dispensario de la casa, estaba patas arriba. Oía un llanto no muy lejano y a su vez, el balbuceo constante de una voz rota. Anduvo con la espada en ristre, preparado para atacar, acercándose al baño, pues de allí provenían las voces. Al llegar, pudo ver a esa mujer de espaldas, con los cabellos flotando en el aire como si estuviese bajo el mar. Una boca de colmillos monstruosos se abría y cerraba constantemente clamando comida mientras que las manos de la mujer intentaban alcanzar a una chica que lloraba desconsolada, abrazada a una toalla con la que se cubría contra la pared -Eh- llamó Jack la atención para que el yokai no llegase a tocar a la chica -¿Quieres un alma fuerte? Prueba aquí- la yokai se giró y le miró con ojos negros como la noche. Jack tragó saliba. El demonio femenino se lanzó contra él sin mediar palabra ni miramientos mientras sus cabellos parecían tomar vida propia para atacarle a la vez que la propia mujer. Las hebras de pelo negro trataban de atarle como un millar de cordeles mientras la mujer le atacaba con garras y dientes. Jack cortaba los mechones de pelo con rápidos tajos y esquivaba los ataques del demonio con toda prisa, evitando que le tocase en la medida de lo posible, tratando de mantener la calma -¡Deja de llorar!- dijo Jack entonces, a la chica que estaba en el baño -¡La haces más fuerte! ¡Para de una vez!- no supo si le hizo caso por creerle o por qué razón, pero dejó de oirla llorar de forma tan desconsolada y la yokai pareció relajarse ligeramente -Eso está mejor... Ven aquí, Sonrisas- la provocó, haciendo que la yokai volviera al ataque, aunque esta vez con menos ímpetu. Jack aprovechó esa leve debilidad para esquivarla dando un paso hacia un lado pero lanzando una estocada hacia rostro, atravesándola. La hoja de la katana salió por la boca trasera de la mujer, goteando sangre plateada. Con la Onna muerta, los yokai menores se dispersarían por falta de valentía. Era solo cuestión de tiempo. La katana volvió a tomar forma de un magatama y Jack se lo colgó del cuello mientras veía a la yokai desvanecerse en el aire como humo y ceniza
-¿Q-quién eres tú?- la voz de Nora hizo que Jack alzase la mirada hacia la chica. El cabello lo tenía empapado y estaba envuelta en una toalla blanca que ocultaba su cuerpo de la vista del hombre
-Yo debería preguntarte eso. O más bien, qué eres- dijo sin más -Has atraido a una gran cantidad de estos bichos sólo por estar llorando ¿O fueron ellos quienes te hicieron llorar?- Nora no contestó, completamente alucinada de lo que estaba viendo y escuchando
-¿Tú... los ves?- llegó a decir -¿Ves a estos monstruos? ¿Ves a los espíritus?-
-¿Cómo la he matado si no la veo?- era obvia la respuesta, pero Nora no daba crédito
-Creí... pensé que...-
-Eras la única- Jack suspiró, sombrío -No, no eres la única- su tono de voz se fue tornando a un modo más amable, compasivo -Todos creemos ser los únicos, chica, pero no. Yo los veo. Y otros tantos los ven y pueden también destruirlos. Tú sin embargo tienes algo más. Hiciste que gente no sensitiva pudiese ver a la Onna- Nora no comprendía la verborrea del hombre
-No sé de qué me estás hablando...-
-Da igual- se encogió de hombros el muchacho -Ya se han ido y no volverán. No al menos si no vuelves a atraerlos. Contén tus emociones- le señaló -Se alimentan de ello, los hace más fuertes. Tengo que irme-
-Espera, espera ¿Qué sabes tú de todo esto?- Jack se dio la media vuelta igualmente -¿Qué eres tú? ¿Cómo puedes destruir a esas cosas?-
-No te compliques la vida queriéndolo saber. Se vive mejor así-
-¡Pero...!-
-Si alguna vez nos volvemos a encontrar serás digna de saberlo- Jack sabía que nunca volvería a ocuparse de ella, se lo dejaría a otros. Todo era más fácil cuando no tenía que andar explicándole cómo funciona el mundo oculto a los nuevos sensibles que se encontraba -Es mi modo de hacer las cosas- concluyó con un tono honorable, como si fuese un sabio maestro de algún poder arcano y Nora fuese una posible candidata a ser elegida. Consiguió el efecto deseado en ella: que no dijese nada. Jack se marchó por la puerta sin decir más y cuando Nora le siguió, él ya no estaba, como si se hubiese desvanecido igual que la yokai ¿Qué cantidad de cosas sucedían en el mundo que Nora aún desconocía? ¿De verdad... no era la única? De verdad... no estaba sola.
lunes, 28 de mayo de 2018
Nora llevaba toda la tarde sintiéndose ligeramente incómoda. Sus escasas salidas desde que llegó a Tokio le impidieron saber con certeza si las citas con profesores eran algo recurrente entre el alumnado y si estaba mejor visto que, quizá, en cualquier otro país. Para ella, la situación provocaba algo de tensión, y que el hombre le propusiera acompañarla hasta casa no hizo otra cosa que acrecentar dicho sentimientos. Algunos recuerdos oscuros se cruzaron por la mente de la chica y no pudo evitar apartarlos -No es necesario. Se llegar sola- contestó intentando sonar agradecida.
-¿Estás segura?-
-Sí, de verdad. Ya me has ayudado bastante y no quiero abusar más de tu tiempo-
-Tengo tiempo-
-Que no- Aquella vez sonó más borde de lo que deseaba. Adam guardó silencio y Nora se puso blanca, como una de esas entidades que acostumbraba a ver. No quiso saber hasta que punto podria haber ofendido al hombre que estaba malgastando su tiempo en ayudarla a comprender el idioma para encontrar el trabajo que tanto necesitaba. -Lo siento, lo siento. No quería sonar así-
-No pasa nada. Te entiendo-
-No, no lo entiendes- murmuró mientras se acomodaba el pelo en un intento de evadir su nerviosismo -Tengo que irme. Lo siento mucho, de veras.- La chica echó mano de su mochila y sacó un sobre de papel de una tonalidad oscura, ofreciéndoselo al hombre -Cógelo, por favor. Es todo lo que tengo ahora mismo- Una vez Adam tomó el sobre con dinero, la chica se marchó rápidamente de allí, no sin antes echar una mirada más a los tejados que anteriormente había observado. Odiaba verlos... odiaba verlos cuando estaba acompañada de alguien.
Adam guardó el sobre en el bolsillo de su chaqueta sin tan siquiera abrirlo. Suspiró justo antes de ponerse en marcha y volver a casa. Se sentía mal, realmente mal. Por un lado, llegaría antes de lo esperado a casa con su mujer, a quien de alguna manera, estaba engañando. Por otro lado, Nora se había sentido incómoda con su actitud y se había marchado para su disgusto. No sabía como lo hacía, pero todo le estaba saliendo mal últimamente. Y al girar la esquina del parque en el que se había despedido de la chica, comprendió que las cosas aún podían ir a peor. -¿Tus clases particulares son ahora visitas turísticas?- Serena aguardaba sentada en su coche, el cual había aparcado junto a la entrada. Miraba a su esposo con unos ojos afilados, llenos de resentimiento y tristeza que hicieron que Adam tragara saliva bruscamente.
-Serena, cielo ¿Qué haces aquí?-
-Te dije hace dos días que iba a llevar a los niños a una fiesta. Pero ya veo que estás muy ocupado como para recordarlo- Por la tonalidad de la voz de su mujer, Adam comprendió que estaba demasiado enfadada. Definitivamente había visto algo, pero no podía ser suficiente como para recriminarle nada. Él no había hecho nada.
-Serena ¿Que te ocurre? ¿Qué dices?- preguntó de forma ligeramente fingida mientras entraba al coche, sentándose en el asiento del copiloto.
-¿Quien era esa?-
-¿Quien era quien?-
-La chica, la joven con la que estabas hablando. Te ha dado algo-
-¿Te refieres a Nora?-
-Me da igual como se llame. ¿Qué hacías aquí con ella? Me dijiste que estarías dando clases de refuerzos a alumnos que lo necesitan-
-Y Nora lo necesita-
-¡¿En el parque?! Oh, vamos, Adam-
-Serena, cielo, relájate. Te estás confundiendo-
-¿En qué me estoy confundiendo?-
-De verdad que estaba dando clases particulares. Mira, esto es lo que me ha dado- Adam resbucó en el bolsillo de su chaqueta y sacó el sobre con dinero. En su interior había 1000 yenes -¿Ves? Es el pago.- Serena miró el billete sin saber qué decir.
-¿Y por qué estabais aquí?-
-Porque Nora lo necesitaba. Escucha... Nora está mal. Tiene problemas. No se exactamente qué es lo que le ocurre pero no va muy bien con las clases y necesita el idioma urgentemente. Si no trabaja de aquí a dos meses, su visado terminará y tendrá que regresar a Londres, cosa que no quiere hacer. Está muy decaída, con atención médica. Pensé que estudiar el idioma en un ambiente en el que ella no sienta que está estudiando sería mejor. Hemos ido a tomar un café, le he enseñado como pedirlo y como solicitar una vuelta. Luego hemos venido hasta aquí porque es donde nos separamos. Cada uno tomamos un tren distinto y...-
-Yo también tengo problemas y no me llevas a tomar un café y dar una vuelta- comentó Serena con los ojos húmedos. Adam sintió que las cosas se le iban un poco de las manos, de forma que decidió arreglar el asunto como fuese. Tomó su maletín y lo abrió, para sacar de su interior el regalo que había comprado para ella.
-Se que no... me estoy portando bien contigo. Se que debería pasar más tiempo en casa, contigo y con los niños... Pero solo quiero daros lo mejor. Vi esto en una tienda esta mañana y me acordé de ti. No va a hacer justicia a mi comportamiento ni va a solucionar nada pero pensé que quizás te alegraría saber que siempre te tengo presente, pase lo que pase, trabaje cuanto trabaje- explicó. Serena abrió la pequeña cajita y descubrió el precioso collar plateado de su interior. No pudo evitar dejar ver media sonrisa mientras lo tomaba con las manos. De cierta forma, se sentía mal. Le había acusado mientras él había tenido aquel detalle con ella. -Lo siento, Serena. De verdad, yo...- La mujer se echó a los brazos de su esposo y le besó en los labios como hacía días que no hacía.
-Te quiero-
-Y yo a ti-
Nora no podía dejar de llorar. Sabía que no debía tomar más pastillas de las que acostumbraba, pero en ese momento deseaba hacerlo. Se sentía desolada, sola, sucia y horrible, sentada desnuda sobre la taza del baño con el móvil sobre el regazo y su pantalla aun iluminada. Las lágrimas se desparramaban sobre sus manos, las cuales ocultaban sus ojos a las decenas de ojos la que observaban aun en la oscuridad. No sentía miedo, pero si horror. No sentía ganas de huir, pero si de gritar. Aquel llanto estaba provocando que cada vez más entes apareciesen. Los espíritus la miraban desconcertados mientras los demonios empezaban a asaltar la casa, arrojando cosas al suelo y rajando las paredes de papel. No podía controlarlo. No podía parar aquella situación. Estaba condenada a estar sola, siempre.
Con un último gemido, Serena se apartó del contacto que había mantenido con su esposo hasta hacía unos segundos. Estaba totalmente desnuda, luciendo únicamente el collar que Adam le había regalado. El momento íntimo no había resultado tan perfecto como lo había estado planeando, pero al menos había sucedido. Se echó a un lado al tiempo que Adam se daba la vuelta sobre la cama para dormir. No dijo nada y en apenas unos minutos empezó a roncar, lo que hizo que Serena suspirase con pesadez. Las horas de cariño y mimos se habían esfumado, como si el sexo fuese la última condición que liberase la obligación de quererse el uno al otro. Ya se había dado cuenta: Cada vez que había acusado a su marido de algo, Adam cambiaba, se defendía con besos y palabras dulces, mantenían relaciones sexuales más o menos entretenidas y de nuevo, todo volvía a ser como antes. Cruzándose de brazos, no pudo evitar volver a pensar de nuevo en aquella chica morena que había estado con su esposo toda la tarde. No tenía nada que ver con ella: era morena, de baja estatura y delgada, al contrario que Serena, que era rubia, alta y con una figura bastante esbelta. Si su marido, por alguna razón, había visto algo en ella... ¿Qué podría ser? Rápidamente negó con la cabeza. Odiaba pensar que Adam la engañaba, pero habían pasado tantas cosas desde que se mudaron, él se ausentaba tanto y compartía tanto tiempo con sus alumnas que... a veces sospechaba. En un intento de aliviar sus malos pensamientos, de forma cuidadosa, tomó el móvil de Adam, el cual descansaba sobre su mesita de noche. Con cuidado, desbloqueó la pantalla. Sabía perfectamente su patrón de bloqueo porque le había espiado. Apenas encontró nada, pues el teléfono estaba prácticamente vacío, como si Adam lo usase poco o... borrase sus archivos muchas veces. Exploró los contactos, las imágenes guardadas y los videos. Por último, reparó en los mensajes. Había apenas nada importante, excepto el último mensaje que Adam había enviado antes de acostarse: ''Nora, ¿Estas bien? Siento si te dije algo que te ofendió antes. No era en absoluto mi intención. Estoy preocupado. Ten cuidado con las pastillas. Llámame si me necesitas, cuando quieras, a la hora que sea''. El mensaje, quizá, no era lo suficientemente revelador, pero Serena se sintió celosa. ¿A cualquier hora? Adam siempre se quejaba de sueño y necesidad de descansar. Apagó el móvil y lo dejó donde estaba... No iba a permitir que su marido se fijase en otra. Jamás.
-¿Estás segura?-
-Sí, de verdad. Ya me has ayudado bastante y no quiero abusar más de tu tiempo-
-Tengo tiempo-
-Que no- Aquella vez sonó más borde de lo que deseaba. Adam guardó silencio y Nora se puso blanca, como una de esas entidades que acostumbraba a ver. No quiso saber hasta que punto podria haber ofendido al hombre que estaba malgastando su tiempo en ayudarla a comprender el idioma para encontrar el trabajo que tanto necesitaba. -Lo siento, lo siento. No quería sonar así-
-No pasa nada. Te entiendo-
-No, no lo entiendes- murmuró mientras se acomodaba el pelo en un intento de evadir su nerviosismo -Tengo que irme. Lo siento mucho, de veras.- La chica echó mano de su mochila y sacó un sobre de papel de una tonalidad oscura, ofreciéndoselo al hombre -Cógelo, por favor. Es todo lo que tengo ahora mismo- Una vez Adam tomó el sobre con dinero, la chica se marchó rápidamente de allí, no sin antes echar una mirada más a los tejados que anteriormente había observado. Odiaba verlos... odiaba verlos cuando estaba acompañada de alguien.
Adam guardó el sobre en el bolsillo de su chaqueta sin tan siquiera abrirlo. Suspiró justo antes de ponerse en marcha y volver a casa. Se sentía mal, realmente mal. Por un lado, llegaría antes de lo esperado a casa con su mujer, a quien de alguna manera, estaba engañando. Por otro lado, Nora se había sentido incómoda con su actitud y se había marchado para su disgusto. No sabía como lo hacía, pero todo le estaba saliendo mal últimamente. Y al girar la esquina del parque en el que se había despedido de la chica, comprendió que las cosas aún podían ir a peor. -¿Tus clases particulares son ahora visitas turísticas?- Serena aguardaba sentada en su coche, el cual había aparcado junto a la entrada. Miraba a su esposo con unos ojos afilados, llenos de resentimiento y tristeza que hicieron que Adam tragara saliva bruscamente.
-Serena, cielo ¿Qué haces aquí?-
-Te dije hace dos días que iba a llevar a los niños a una fiesta. Pero ya veo que estás muy ocupado como para recordarlo- Por la tonalidad de la voz de su mujer, Adam comprendió que estaba demasiado enfadada. Definitivamente había visto algo, pero no podía ser suficiente como para recriminarle nada. Él no había hecho nada.
-Serena ¿Que te ocurre? ¿Qué dices?- preguntó de forma ligeramente fingida mientras entraba al coche, sentándose en el asiento del copiloto.
-¿Quien era esa?-
-¿Quien era quien?-
-La chica, la joven con la que estabas hablando. Te ha dado algo-
-¿Te refieres a Nora?-
-Me da igual como se llame. ¿Qué hacías aquí con ella? Me dijiste que estarías dando clases de refuerzos a alumnos que lo necesitan-
-Y Nora lo necesita-
-¡¿En el parque?! Oh, vamos, Adam-
-Serena, cielo, relájate. Te estás confundiendo-
-¿En qué me estoy confundiendo?-
-De verdad que estaba dando clases particulares. Mira, esto es lo que me ha dado- Adam resbucó en el bolsillo de su chaqueta y sacó el sobre con dinero. En su interior había 1000 yenes -¿Ves? Es el pago.- Serena miró el billete sin saber qué decir.
-¿Y por qué estabais aquí?-
-Porque Nora lo necesitaba. Escucha... Nora está mal. Tiene problemas. No se exactamente qué es lo que le ocurre pero no va muy bien con las clases y necesita el idioma urgentemente. Si no trabaja de aquí a dos meses, su visado terminará y tendrá que regresar a Londres, cosa que no quiere hacer. Está muy decaída, con atención médica. Pensé que estudiar el idioma en un ambiente en el que ella no sienta que está estudiando sería mejor. Hemos ido a tomar un café, le he enseñado como pedirlo y como solicitar una vuelta. Luego hemos venido hasta aquí porque es donde nos separamos. Cada uno tomamos un tren distinto y...-
-Yo también tengo problemas y no me llevas a tomar un café y dar una vuelta- comentó Serena con los ojos húmedos. Adam sintió que las cosas se le iban un poco de las manos, de forma que decidió arreglar el asunto como fuese. Tomó su maletín y lo abrió, para sacar de su interior el regalo que había comprado para ella.
-Se que no... me estoy portando bien contigo. Se que debería pasar más tiempo en casa, contigo y con los niños... Pero solo quiero daros lo mejor. Vi esto en una tienda esta mañana y me acordé de ti. No va a hacer justicia a mi comportamiento ni va a solucionar nada pero pensé que quizás te alegraría saber que siempre te tengo presente, pase lo que pase, trabaje cuanto trabaje- explicó. Serena abrió la pequeña cajita y descubrió el precioso collar plateado de su interior. No pudo evitar dejar ver media sonrisa mientras lo tomaba con las manos. De cierta forma, se sentía mal. Le había acusado mientras él había tenido aquel detalle con ella. -Lo siento, Serena. De verdad, yo...- La mujer se echó a los brazos de su esposo y le besó en los labios como hacía días que no hacía.
-Te quiero-
-Y yo a ti-
Nora no podía dejar de llorar. Sabía que no debía tomar más pastillas de las que acostumbraba, pero en ese momento deseaba hacerlo. Se sentía desolada, sola, sucia y horrible, sentada desnuda sobre la taza del baño con el móvil sobre el regazo y su pantalla aun iluminada. Las lágrimas se desparramaban sobre sus manos, las cuales ocultaban sus ojos a las decenas de ojos la que observaban aun en la oscuridad. No sentía miedo, pero si horror. No sentía ganas de huir, pero si de gritar. Aquel llanto estaba provocando que cada vez más entes apareciesen. Los espíritus la miraban desconcertados mientras los demonios empezaban a asaltar la casa, arrojando cosas al suelo y rajando las paredes de papel. No podía controlarlo. No podía parar aquella situación. Estaba condenada a estar sola, siempre.
Con un último gemido, Serena se apartó del contacto que había mantenido con su esposo hasta hacía unos segundos. Estaba totalmente desnuda, luciendo únicamente el collar que Adam le había regalado. El momento íntimo no había resultado tan perfecto como lo había estado planeando, pero al menos había sucedido. Se echó a un lado al tiempo que Adam se daba la vuelta sobre la cama para dormir. No dijo nada y en apenas unos minutos empezó a roncar, lo que hizo que Serena suspirase con pesadez. Las horas de cariño y mimos se habían esfumado, como si el sexo fuese la última condición que liberase la obligación de quererse el uno al otro. Ya se había dado cuenta: Cada vez que había acusado a su marido de algo, Adam cambiaba, se defendía con besos y palabras dulces, mantenían relaciones sexuales más o menos entretenidas y de nuevo, todo volvía a ser como antes. Cruzándose de brazos, no pudo evitar volver a pensar de nuevo en aquella chica morena que había estado con su esposo toda la tarde. No tenía nada que ver con ella: era morena, de baja estatura y delgada, al contrario que Serena, que era rubia, alta y con una figura bastante esbelta. Si su marido, por alguna razón, había visto algo en ella... ¿Qué podría ser? Rápidamente negó con la cabeza. Odiaba pensar que Adam la engañaba, pero habían pasado tantas cosas desde que se mudaron, él se ausentaba tanto y compartía tanto tiempo con sus alumnas que... a veces sospechaba. En un intento de aliviar sus malos pensamientos, de forma cuidadosa, tomó el móvil de Adam, el cual descansaba sobre su mesita de noche. Con cuidado, desbloqueó la pantalla. Sabía perfectamente su patrón de bloqueo porque le había espiado. Apenas encontró nada, pues el teléfono estaba prácticamente vacío, como si Adam lo usase poco o... borrase sus archivos muchas veces. Exploró los contactos, las imágenes guardadas y los videos. Por último, reparó en los mensajes. Había apenas nada importante, excepto el último mensaje que Adam había enviado antes de acostarse: ''Nora, ¿Estas bien? Siento si te dije algo que te ofendió antes. No era en absoluto mi intención. Estoy preocupado. Ten cuidado con las pastillas. Llámame si me necesitas, cuando quieras, a la hora que sea''. El mensaje, quizá, no era lo suficientemente revelador, pero Serena se sintió celosa. ¿A cualquier hora? Adam siempre se quejaba de sueño y necesidad de descansar. Apagó el móvil y lo dejó donde estaba... No iba a permitir que su marido se fijase en otra. Jamás.
No llegaron a ser las 10 de la noche ese mismo día cuando el teléfono de Nora sonó de pronto, rompiendo toda calma en el pequeñ hogar. Cuando la chica llegó a contestar la llamada, a penas tuvo tiempo de preguntar de quién se trataba cuando la voz se identificó -Soy Adam. Hola Nora- saludó de forma enérgica, simpática, como siempre solía ser ese hombre
-Ah, hola... Yo...-
-¿Te he pillado durmiendo o algo?-
-No, es sólo que no me esperaba una llamada ahora y...-
-Me alegro de no habete perturbado entonces- rió -Oye, estuve pensando en lo que te decía antes al acabar las clases y mañana estaría perfecto ¿Qué me dices?- entonces bajó algo la voz -Además puedo darte "eso", casi una cajita entera- aquellas palabras sí fueron lo bastante importantes para Nora como para no poder negarse
-Me parece estupendo, entonces. Gracias- estaba un poco falta de palabras ante la velocidad y prestreza de su profesor de idiomas para atender sus necesidades
-¿Te parece bien a las seis frente a la academia? Hay un par de buenos lugares a los que podemos ir para charlar sobre los asuntos que nos atañen- parecía tan decidido que a Nora no se le ocurrió la menor pega. Tampoco tendría mejores cosas que hacer y necesitaba mejorar a cualquier coste
-Sí, está bien. Allí estaré-
-Perfecto. Nos vemos mañana. Buenas noches- y colgó. La chica se quedó mirando su teléfono móvil con la cara de quien mira llover del suelo hacia el cielo mientras que el sol brilla en lo alto ¿Pero qué mal podría traerle, si era su profesor?
Lejos del barrio de Nerima, Adam dejaba el teléfono móvil sobre la mesita de noche y se preparaba para dormir quitándose la camisa, desabotonándola -¿Más llamadas de trabajo?- preguntó la siempre reconocible voz de su esposa, Serena
-Un alumno necesita cierto refuerzo- bufó, cansado y con tono de voz aburrido, sentándose en la cama mientras se terminaba de quitar la camisa
-Entiendo... ¿Entonces te vas mañana?- Serena no había oido toda la conversación, sólo el final. Adam tenía la costumbre de hablar por teléfono yendo de un lado para otro, sin detenerse en un punto fijo. Ella ya estaba acostada desde hacía rato
-Sí, señora- gimió mientras se dejaba caer a su lado en la cama. La mujer, bastante más joven que él, se inclinó despacio sobre su marido y le besó los labios con cierta expresión de tristeza
-Supongo que al menos podré disfrutar de ti hasta que llegue la hora ¿no?-
-Lo dudo mucho, cielo. Perdóname, de verdad. Pero dudo que pueda regresar hasta que no acabe la tutoría con el alumno- suspiró Adam
-Entiendo...- suspiró ella a su vez -¿Y esta noche?-
-¿Esta noche qué?- arqueó la ceja el hombre
-Disfrutar de ti- la mano de la mujer le acarició el torso de forma sujerente
-Serena... No estás en condiciones, debes descansar, reflexionar, animarte...-
-¿Es que hacer el amor con mi ausente marido no va a animarme?- quiso no sonar acusadora, pero sí que lo sonó
-Si estoy ausente es porque tengo que traer dinero a esta casa, Ren-
-Tú también deberías descansar Adam. Te pasas el día fuera, casi. Los niños son pequeños y a duras penas consiguen darte un beso y un abrazo cada día. Trabajas por la mañana y casi todas las tardes te dedicas a tutorías. Es cierto que traes dinero a casa, pero ¿De qué te sirve si no disfrutas de la casa, de tu familia?- la voz de la mujer se quebró. La depresión. La maldita depresión. Adam la abrazó, atrayéndola hacia su pecho, estrechándola en sus brazos
-Escúchame cariño... Sabes que necesitamos el dinero. El sueldo es increiblemente bueno, pero requiere de mi dedicación para mantenerlo. En este país las cosas funcionan de forma distinta. Debes ayudarme a que podamos rehacer aquí nuestra vida- le acariciaba el cabello mientras le hablaba
-¿Soy un estorbo entonces?-
-No digas esas cosas... Eres un cielo, la mujer que todo hombre desearía tener- le besó la frente y después los labios con dulzura -Sólo tienes que descansar, intentar vencer esta tristeza que te reconcome y te hace ver las cosas más negras de lo que son-
-Simplemente te echo de menos Adam...-
-Y yo a ti, cariño. Te prometo que buscaré un día libre cuanto antes ¿De acuerdo?- Serena asintió de mala gana -Ahora tratemos de dormir, mañana es otro día de duro trabajo- aún con aquellas palabras, Serena no se separó de él hasta que se quedó profundamente dormida. Adam no consiguió pegar ojo. No paraba de preguntarse qué demonios estaba haciendo.
Al día siguiente, tras acabar la jornada de clases, Adam se quedó dando vueltas por la zona del barrio Suginami esperando la llegada de la muchacha a la que había citado. Comió algo de yakisoba para almorzar y compró un par de juguetes a sus hijos que guardó con sumo cuidado en su maletín. Para Serena compró un hermoso collar de plata con una brillante estrellita pristina y perlada, aunque por un momento, fue la imagen de Nora quien se le vino a la mente llevándolo puesto.
El día pasó relativamente lento hasta que, esperando en la estación, vio llegar a la chica. Adam la saludó alzando una mano con una galante sonrisa a la que ella correspondió -Bienvenida al maravilloso mundo de las clases particulares Nora- bromeó Adam -¿Lista para un paseo?- ella asintió y comenzaron a caminar uno junto al otro -Verás, siendo la hora que es, me preguntaba si habías tomado algo ya para merendar- la chica negó con la cabeza. No pretendía aclarar su falta de economía -En ese caso, conozco un lugar excelente al que podemos ir-
-No he traido apenas dinero, Adam. Lo justo, supongo, para pagarte las clases- contestó ella
-No, no, no, no- negó él con velocidad -Yo invito. Y no tienes por qué pagarme las clases hoy, mujer. Espera a ver resultados. Si no mejoras, invita la casa por igual-
-No puedo permitirme que hagas eso Adam- Nora se detuvo un momento, insegura
-Estás en Japón, mujer. Es de mala educación negar la invitación de un "superior"- bromeó guiñándole un ojo. La chica suspiró y volvió a caminar junto al profesor.
Acabaron llegando a un local llamado Panda Coffe's. El simple paso de cruzar el umbral llenó los sentidos de Nora de un agradabilísimo olor a café mezclado con el aroma de unas pastas muy llamativas. Adam escogió un sitio cerca de la ventana para poder contemplar las calles, de forma que también hubiese una atractiva luz. La velada transcurrió en ese momento de distensión entre aclaraciones a la hora de hablar el idioma. Incluso dejó que Nora fuese la encargada de pedir al camarero lo que iban a tomar con la continua supervisión de Adam -No creo que me haya entendido- dijo la chica
-Lo veremos en breves- sonrió el profesor, sabiendo que lo había dicho perfectamente.
Al cabo de unos minutos, trajeron un par de cafés graciosamente adornados con las simpáticas caras de unos pandas plasmados en la espuma del café, además de unas pastas riquísimas que pudieron degustar mientras seguían practicando el idioma. Tras la larga sesión de una hora, Adam propuso dar una vuelta antes de despedirse para relajar la mente y descansar un poco del idioma, que no era fácil de dominar en absoluto. La siguiente parada seleccionada por Adam era cuanto menos hermosa.
El altar de Asagaya se encontraba en un precioso y despejado parque que bañado por la luz del atardecer tenía un ambiente mágico. Pasearon juntos hasta posicionarse frente a los tres altares, siendo del centro el más grande. Ambos observaron en silencio la belleza de la construcción japonesa -Impresionante ¿eh?- Nora asintió con la cabeza -Supuse que al no vivir en este barrio no lo conocerías-
-Y no lo conocía. Es precioso- la sonrisa de la chica se dejó asomar por fin y Adam se sintió prendado
-Ten- sin ánimo de romper la magia, le entregó una pequeña bolsita que contenía las pastillas que ella necesitaba -Te conseguiré cuantas quieras a cambio de que sostengas esa preciosa sonrisa que tienes- dijo con ojos brillantes, encandilado. De verdad era hermosa y ella parecía no darse cuenta ¿Cómo podía alguien con tanta luz verse tan apagada? Le partía el alma
-Gracias Adam- dijo algo avergonzada, sin aclarar si era por las pastillas o por el piropo
-Si me permites ser algo indiscreto... nunca nos hemos sentado a hablar un poco de nosotros ¿no?- miró de nuevo a los altares -¿Qué te trajo aquí?-
-Es una larga historia y... Perdona Adam, no querría hablar de ello-
-¿Algo demasiado delicado?- no podía evitar sentir curiosidad -Lo siento, es sólo que me suscita preocupación verte siempre tan triste-
-Sólo quería y necesitaba cambiar de aires- contestó Nora simplemente para aplacar la curiosidad del profesor, devolviéndole de nuevo esa sonrisa
-Ah, bien. Eso está bien- asintió él, satisfecho de momento -Si te sirve de consuelo yo vine aquí por el trabajo. Ojalá fuese solo por cambiar de aires- se encogió de hombros -Toda una cruz ¿eh?-
-Es bueno tener trabajo ¿no? Mírame a mí, si no-
-Oh, no quería ofenderte. Sé que no estás precisamente de vacaciones pero, eh... Dicen que América es la tierra de las oportunidades y creo que eso ha cambiado mucho. Japón tiene mucho que ofrecer. Tiene demasiado que podemos descubrir, tanto por lo que apasionarnos... Sí, no son perfectos. A la hora de trabajar a veces exigen demasiado de los trabajadores para mantener el país a flote... pero la magia que esconde esta tierra es, sin duda, digna de otro mundo- Nora había dejado de oir las palabras de Adam hacía unos minutos, cuando le llamó la atención la presencia de un hombre sentado sobre el tejado del altar central y más alto. Antes no estaba allí, podía jurarlo. Y Adam no parecía verlo pues no había hecho comentario alguno ¿Era un espíritu? ¿En ese preciso instante? ¿Por qué?
-...¿No crees?- Nora salió de su ensimismamiento y le asintió, nerviosa y avergonzada por haberse descentrado -¿Estás bien?-
-Sí, sí... sólo... creo que un poco cansada. No acostumbro a coger tanto el metro en un día y además hoy la práctica del idioma ha sido doble-
-Lo entiendo perfectamente- suspiró Adam con amabilidad -¿Quieres volver ya a casa? Puedo acompañarte a la estación. A no ser que quieras ver o hacer algo más antes de partir. Me ofrezco a ser tu acompañante sin coste adicional- dijo animado. La verdad es que no tenía ganas ninguna de despedirse de ella.
-Ah, hola... Yo...-
-¿Te he pillado durmiendo o algo?-
-No, es sólo que no me esperaba una llamada ahora y...-
-Me alegro de no habete perturbado entonces- rió -Oye, estuve pensando en lo que te decía antes al acabar las clases y mañana estaría perfecto ¿Qué me dices?- entonces bajó algo la voz -Además puedo darte "eso", casi una cajita entera- aquellas palabras sí fueron lo bastante importantes para Nora como para no poder negarse
-Me parece estupendo, entonces. Gracias- estaba un poco falta de palabras ante la velocidad y prestreza de su profesor de idiomas para atender sus necesidades
-¿Te parece bien a las seis frente a la academia? Hay un par de buenos lugares a los que podemos ir para charlar sobre los asuntos que nos atañen- parecía tan decidido que a Nora no se le ocurrió la menor pega. Tampoco tendría mejores cosas que hacer y necesitaba mejorar a cualquier coste
-Sí, está bien. Allí estaré-
-Perfecto. Nos vemos mañana. Buenas noches- y colgó. La chica se quedó mirando su teléfono móvil con la cara de quien mira llover del suelo hacia el cielo mientras que el sol brilla en lo alto ¿Pero qué mal podría traerle, si era su profesor?
Lejos del barrio de Nerima, Adam dejaba el teléfono móvil sobre la mesita de noche y se preparaba para dormir quitándose la camisa, desabotonándola -¿Más llamadas de trabajo?- preguntó la siempre reconocible voz de su esposa, Serena
-Un alumno necesita cierto refuerzo- bufó, cansado y con tono de voz aburrido, sentándose en la cama mientras se terminaba de quitar la camisa
-Entiendo... ¿Entonces te vas mañana?- Serena no había oido toda la conversación, sólo el final. Adam tenía la costumbre de hablar por teléfono yendo de un lado para otro, sin detenerse en un punto fijo. Ella ya estaba acostada desde hacía rato
-Sí, señora- gimió mientras se dejaba caer a su lado en la cama. La mujer, bastante más joven que él, se inclinó despacio sobre su marido y le besó los labios con cierta expresión de tristeza
-Supongo que al menos podré disfrutar de ti hasta que llegue la hora ¿no?-
-Lo dudo mucho, cielo. Perdóname, de verdad. Pero dudo que pueda regresar hasta que no acabe la tutoría con el alumno- suspiró Adam
-Entiendo...- suspiró ella a su vez -¿Y esta noche?-
-¿Esta noche qué?- arqueó la ceja el hombre
-Disfrutar de ti- la mano de la mujer le acarició el torso de forma sujerente
-Serena... No estás en condiciones, debes descansar, reflexionar, animarte...-
-¿Es que hacer el amor con mi ausente marido no va a animarme?- quiso no sonar acusadora, pero sí que lo sonó
-Si estoy ausente es porque tengo que traer dinero a esta casa, Ren-
-Tú también deberías descansar Adam. Te pasas el día fuera, casi. Los niños son pequeños y a duras penas consiguen darte un beso y un abrazo cada día. Trabajas por la mañana y casi todas las tardes te dedicas a tutorías. Es cierto que traes dinero a casa, pero ¿De qué te sirve si no disfrutas de la casa, de tu familia?- la voz de la mujer se quebró. La depresión. La maldita depresión. Adam la abrazó, atrayéndola hacia su pecho, estrechándola en sus brazos
-Escúchame cariño... Sabes que necesitamos el dinero. El sueldo es increiblemente bueno, pero requiere de mi dedicación para mantenerlo. En este país las cosas funcionan de forma distinta. Debes ayudarme a que podamos rehacer aquí nuestra vida- le acariciaba el cabello mientras le hablaba
-¿Soy un estorbo entonces?-
-No digas esas cosas... Eres un cielo, la mujer que todo hombre desearía tener- le besó la frente y después los labios con dulzura -Sólo tienes que descansar, intentar vencer esta tristeza que te reconcome y te hace ver las cosas más negras de lo que son-
-Simplemente te echo de menos Adam...-
-Y yo a ti, cariño. Te prometo que buscaré un día libre cuanto antes ¿De acuerdo?- Serena asintió de mala gana -Ahora tratemos de dormir, mañana es otro día de duro trabajo- aún con aquellas palabras, Serena no se separó de él hasta que se quedó profundamente dormida. Adam no consiguió pegar ojo. No paraba de preguntarse qué demonios estaba haciendo.
Al día siguiente, tras acabar la jornada de clases, Adam se quedó dando vueltas por la zona del barrio Suginami esperando la llegada de la muchacha a la que había citado. Comió algo de yakisoba para almorzar y compró un par de juguetes a sus hijos que guardó con sumo cuidado en su maletín. Para Serena compró un hermoso collar de plata con una brillante estrellita pristina y perlada, aunque por un momento, fue la imagen de Nora quien se le vino a la mente llevándolo puesto.
El día pasó relativamente lento hasta que, esperando en la estación, vio llegar a la chica. Adam la saludó alzando una mano con una galante sonrisa a la que ella correspondió -Bienvenida al maravilloso mundo de las clases particulares Nora- bromeó Adam -¿Lista para un paseo?- ella asintió y comenzaron a caminar uno junto al otro -Verás, siendo la hora que es, me preguntaba si habías tomado algo ya para merendar- la chica negó con la cabeza. No pretendía aclarar su falta de economía -En ese caso, conozco un lugar excelente al que podemos ir-
-No he traido apenas dinero, Adam. Lo justo, supongo, para pagarte las clases- contestó ella
-No, no, no, no- negó él con velocidad -Yo invito. Y no tienes por qué pagarme las clases hoy, mujer. Espera a ver resultados. Si no mejoras, invita la casa por igual-
-No puedo permitirme que hagas eso Adam- Nora se detuvo un momento, insegura
-Estás en Japón, mujer. Es de mala educación negar la invitación de un "superior"- bromeó guiñándole un ojo. La chica suspiró y volvió a caminar junto al profesor.
Acabaron llegando a un local llamado Panda Coffe's. El simple paso de cruzar el umbral llenó los sentidos de Nora de un agradabilísimo olor a café mezclado con el aroma de unas pastas muy llamativas. Adam escogió un sitio cerca de la ventana para poder contemplar las calles, de forma que también hubiese una atractiva luz. La velada transcurrió en ese momento de distensión entre aclaraciones a la hora de hablar el idioma. Incluso dejó que Nora fuese la encargada de pedir al camarero lo que iban a tomar con la continua supervisión de Adam -No creo que me haya entendido- dijo la chica
-Lo veremos en breves- sonrió el profesor, sabiendo que lo había dicho perfectamente.
Al cabo de unos minutos, trajeron un par de cafés graciosamente adornados con las simpáticas caras de unos pandas plasmados en la espuma del café, además de unas pastas riquísimas que pudieron degustar mientras seguían practicando el idioma. Tras la larga sesión de una hora, Adam propuso dar una vuelta antes de despedirse para relajar la mente y descansar un poco del idioma, que no era fácil de dominar en absoluto. La siguiente parada seleccionada por Adam era cuanto menos hermosa.
El altar de Asagaya se encontraba en un precioso y despejado parque que bañado por la luz del atardecer tenía un ambiente mágico. Pasearon juntos hasta posicionarse frente a los tres altares, siendo del centro el más grande. Ambos observaron en silencio la belleza de la construcción japonesa -Impresionante ¿eh?- Nora asintió con la cabeza -Supuse que al no vivir en este barrio no lo conocerías-
-Y no lo conocía. Es precioso- la sonrisa de la chica se dejó asomar por fin y Adam se sintió prendado
-Ten- sin ánimo de romper la magia, le entregó una pequeña bolsita que contenía las pastillas que ella necesitaba -Te conseguiré cuantas quieras a cambio de que sostengas esa preciosa sonrisa que tienes- dijo con ojos brillantes, encandilado. De verdad era hermosa y ella parecía no darse cuenta ¿Cómo podía alguien con tanta luz verse tan apagada? Le partía el alma
-Gracias Adam- dijo algo avergonzada, sin aclarar si era por las pastillas o por el piropo
-Si me permites ser algo indiscreto... nunca nos hemos sentado a hablar un poco de nosotros ¿no?- miró de nuevo a los altares -¿Qué te trajo aquí?-
-Es una larga historia y... Perdona Adam, no querría hablar de ello-
-¿Algo demasiado delicado?- no podía evitar sentir curiosidad -Lo siento, es sólo que me suscita preocupación verte siempre tan triste-
-Sólo quería y necesitaba cambiar de aires- contestó Nora simplemente para aplacar la curiosidad del profesor, devolviéndole de nuevo esa sonrisa
-Ah, bien. Eso está bien- asintió él, satisfecho de momento -Si te sirve de consuelo yo vine aquí por el trabajo. Ojalá fuese solo por cambiar de aires- se encogió de hombros -Toda una cruz ¿eh?-
-Es bueno tener trabajo ¿no? Mírame a mí, si no-
-Oh, no quería ofenderte. Sé que no estás precisamente de vacaciones pero, eh... Dicen que América es la tierra de las oportunidades y creo que eso ha cambiado mucho. Japón tiene mucho que ofrecer. Tiene demasiado que podemos descubrir, tanto por lo que apasionarnos... Sí, no son perfectos. A la hora de trabajar a veces exigen demasiado de los trabajadores para mantener el país a flote... pero la magia que esconde esta tierra es, sin duda, digna de otro mundo- Nora había dejado de oir las palabras de Adam hacía unos minutos, cuando le llamó la atención la presencia de un hombre sentado sobre el tejado del altar central y más alto. Antes no estaba allí, podía jurarlo. Y Adam no parecía verlo pues no había hecho comentario alguno ¿Era un espíritu? ¿En ese preciso instante? ¿Por qué?
-...¿No crees?- Nora salió de su ensimismamiento y le asintió, nerviosa y avergonzada por haberse descentrado -¿Estás bien?-
-Sí, sí... sólo... creo que un poco cansada. No acostumbro a coger tanto el metro en un día y además hoy la práctica del idioma ha sido doble-
-Lo entiendo perfectamente- suspiró Adam con amabilidad -¿Quieres volver ya a casa? Puedo acompañarte a la estación. A no ser que quieras ver o hacer algo más antes de partir. Me ofrezco a ser tu acompañante sin coste adicional- dijo animado. La verdad es que no tenía ganas ninguna de despedirse de ella.
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