miércoles, 30 de mayo de 2018

Nora se sentó en la parte trasera del coche casi sin opción. Se sentía incómoda, muy incómoda. La tensión se palpaba en el ambiente y no era rota en ningún momento por ninguno de los tres. Ninguno era capaz de hablar o decir cualquier cosa que restase peso al asunto, y la chica entendió rápidamente por qué: Adam estaba casado y tenía hijos, y ella, había estado pasando la tarde con él. Y no solo aquella tarde, pues hacía dos días atrás había ocurrido lo mismo entre los dos. Por supuesto, en ningún momento pensó en que estuviese haciendo daño a nadie por salir con su profesor. Claro que llegó a pensar que, quizás, era un poco extraño que profesor y alumna mantuviesen aquella confianza. Claro que aquel día se había fijado en que Adam estaba algo más confiado con ella de lo normal. Pero, siendo sincera y egoísta, no llegó a plantearse si un hombre como el tenía familia. De hecho le gustaba tener a alguien en Tokio, le gustaba que alguien la viese con ojos de lo que siempre fue y no en lo que se convirtió, aunque a veces sintiese miedo de que alguien llegase a correr la misma suerte que Patrick... No se le pasó por la cabeza preguntarle a Adam nada sobre él. Pero ¿Por qué debía hacerlo? Ella no tenía culpa de nada. La culpa era de él si ahora si mujer estaba molesta.

Nora frunció el ceño y se limitó a mirar por la ventanilla del coche. La situación era horrible y se sentía mal por ello. En parte, se sentía engañada, por alguna razón. Había algo en Adam que hacía que se sintiese extraña y culpable a pesar de todo. ¡Qué vergüenza! Y todo aquello, no había sido promovido más que por su propio interés de encontrar a aquel hombre misterioso, del que empezaba a dudar volverle a ver. Sin querer, se vino abajo por momentos. La cara se le puso blanca y las facciones en su rostro se apagaron por completo. Se sentía mal, horrible... Necesitaba una pastilla y no tenía nada en aquel momento. -¿Puedo abrir la ventanilla...?-  Tanto Serena como Adam la miraron mediante el espejo del retrovisor. El hombre accionó el botón que hizo que el cristal de la ventanilla que había junto a Nora bajase lentamente, haciendo que la brisa del movimiento del vehículo impactase suavemente contra su cara.
-Tienes mala cara- murmuró Serena con cierta maldad, apretando los nudllos hasta que se pusieron blancos.
-Estoy bien- se limitó a decir la chica. Adam sabía que mentía. Había estado radiante hasta hacía unos minutos, y ahora, parecía más bien una flor marchita. -Podéis dejarme cerca de casa, no es necesario que me llevéis hasta allí. De verdad-
-Ni hablar. ¿Verdad, Adam?- El hombre no dijo nada, sintiéndose cohibido, temeroso de que cualquier palabra que dijese jugase en su contra. En aquella situación, solo Serena podía ordenar.

Llegaron hasta el piso de Nora en Nerima tras varias indicaciones de la chica. Tanto Adam cono Serena miraron el piso con cierto horror. Desde fuera, se veía pequeño, feo y algo derruido, de forma que podían imaginarse como era su interior. -Muchas gracias por acompañarme hasta aquí- dijo antes de salir del coche.
-¿Seguro que estás bien?- preguntó esta vez Adam
-Sí... de verdad. Gracias por todo.- Sin decir más, la chica se marchó, intentando mantener el equilibrio mientras subía las escaleras exteriores hacia su hogar. Serena y Adam, por su parte, se marcharon.

La mujer no pudo evitarlo. El restallido del golpe con la mano en la cara de su esposo llegó incluso a los oídos de sus hijos, que aguardaban encerrados en su habitación. Adam se llevó la mano al rostro, boquiabierto, sin saber qué decir. -¡Me mentiste! ¡Me dijiste esta mañana que estarías trabajando!- gritó la mujer con lágrimas en los ojos.
-Serena, los niños...-
-¡Me dan igual los niños! ¡Cuanto antes sepan que su padre es un embustero, mejor!-
-Serena, por favor- Adam no sabía como contenerla. Intentaba agarrarla, abrazarla, hacerla callar de alguna manera para que sus hijos no oyesen nada, pero no pudo.
-¡Déjame y explícame que hacías con esa!-
-Estaba dando clases, te lo dije-
-¡¿Desde cuando das clases diarias con paseitos y ñoñerías a tus alumnas?! ¡En Yoyogi no hay nada que ella no pudiera aprender sola! ¡¿Que estabais haciendo?! ¡¿Por qué estabas tan cerca de ella?!-
-Si que hay que aprender, Serena. La llevé allí para enseñarla a escribir una oración. De paso estudiamos los nombres de los animales y los árboles que allí había.-
-No te creo-
-Pues es la verdad- Adam se frotó el rostro, abrumado por todo cuanto estaba aconteciendo. -Te dije que Nora estaba mal-
-¡Me da igual! ¡Yo soy tu mujer y también estoy mal!-
-¡Pero yo traigo el dinero a casa haciendo estas cosas!-
-¡Y yo traería también dinero si no fuera porque estamos en esta ciudad de mierda viviendo por tu culpa!- Serena rompió a llorar. Su marido se sintió un hombre horrible por haber gritado, perdiendo los nervios. Quiso abrazar a Serena, pero ésta no se dejo. -Todo antes era perfecto... Mi trabajo en el bufete, tu trabajo de profesor, bien pagado y con tiempo libre... Éramos una familia unida. ¿Qué se supone que somos ahora?-
-Seguimos siendo lo que eramos-
-No, ni hablar. Esta estabilidad se ha roto. Empezaste por ser demasiado amable con las alumnas, a intercambiar sus números de teléfono por el tuyo. Ahora prefieres pasar las tardes con mujeres más jóvenes que tú...-
-Cariño, mírame- Adam alargó sus brazos y tomó el húmedo rostro de su mujer entre las manos -Sea lo que sea que estés pensando, estás equivocada. ¿Crees que hay algo entre esa chica y yo? ¿Crees que te estoy siendo infiel?- Serena no respondió -¿Cómo puedes pensar eso de mi?- se atrevió a decir, fingiendo ofensa. Al fin y al cabo, su mujer no tenía pruebas de nada. Les había visto juntos y nada más... Ella nunca sabría las intenciones que pasaban por su cabeza justo en el momento en el que les descubrió juntos -Porque yo jamás haría tal cosa. Te lo dije: todo lo que hago, todo lo que trabajo, es por ti- Serena tuvo que apartar la mirada, sintiéndose convencida de sus dulces palabras.
-¿Qué pensarías tú si fuese yo quien pasa las tardes con otro hombre?-
-Que pobre el hombre que piense que puede alcanzar a una mujer como tú... Sólo yo tengo la suerte de tenerte a mi lado. Tú... eres todo para mi. Jamás permitiría que nadie te arrebatase de mi lado. Nadie- Susurró de forma seductora y cariñosa. La mujer sintió que se derretía. Amaba a su marido sobre todas las cosas, y cualquier cosa que él dijera, era suficiente para tenerla entre sus brazos. No pudo decir nada, más que sollozar de forma suave y mirarle a los ojos. -Entre Nora y yo no hay nada. Yo solo la intentaba ayudar... Está demasiado mal. ¿Viste su cara? Tiene un problema muy gordo y... bueno, supongo que a veces me paso de amable-
-¿Y como se supone que la ayudas?-
-A parte de con el idioma, intento hablar con ella como hablaba contigo cuando estabas peor. Si no fuera porque está sola, sin nadie en este país, no la ayudaría. ¿Qué harías tu si una chica un día recurre a ti con desesperación y te pide ayuda con urgencia? ¿Qué harías si, cuando te habla de sus problemas, piensas que sería capaz de hacer una locura? ¿A caso no la ayudarías?- Serena reflexionó en silencio.
-Creo que eres... demasiado implicado-
-Puede que ese sea mi pecado. Me culpo por ello. Pero mi pecado jamás será tratarte mal, eso puedo jurártelo- Tras un enorme suspiro, Serena dejó de llorar. -Te quiero- Aquellas palabras fueron suficientes para que la mujer se echase a los brazos de su marido. Éste la arropó como hacía tiempo que no lo hacía. Teniéndola entre sus brazos, intentó contar cuantas mentiras le había contando en apenas unos minutos... ¿Qué estaba haciendo con su vida?
-¿Sabes qué?... Yo también pienso que nadie va a poder alcanzarte nunca-
-¿Por qué?- preguntó Adam con nerviosismo.
-Porque yo tampoco voy a permitir que te aparten de mi lado- sonrió la mujer, contendiendo en el resto del rostro una expresión seria, aun oculta entre los brazos de Adam.


Pasó una semana desde entonces. Nora apenas fue un par de veces a clase, de nuevo, sintiéndose mal, apagada y triste. No sabía nada de aquel hombre misterioso. Durante un par de días se aventuró a caminar por Tokio para intentar dar con él, pero aquellas exploraciones solo consiguieron hacer que se perdiera durante horas. Por otra parte, su cuerpo empezó a comportarse de forma extraña, sufriendo nauseas y ansiedad. No le costó pensar que lo que su cuerpo le pedía, eran las pastillas que, durante dos días, dejó de tomar con la asiduidad de siempre. Volvía a sentir la depresión sobre ella, aquel pesar, aquel malestar...
-Te noto la voz apagada. ¿Aún no hay avances?- preguntó Sam al otro lado del teléfono.
-Nada de nada...- Nora se dejó caer sobre la superficie del kotatsu.
-¿Comes bien, al menos?-
-Todo lo que este país me deja. Aquí la carne es demasiado cara.-
-¿Y qué comes?-
-Pues fideos, verdura y... fideos-
-Te enviaré mas dinero-
-Ni hablar. Sam, no me envíes más dinero, por favor-
-No me cuesta nada. Eres mi amiga, me preocupo por ti-
-Soy bastante mayorcita ya. Puedo ingeniármelas sola-
-¿Cómo? Aun no has encontrado trabajo-
-Lo encontraré... Y si no, volveré a...-
-¿A casa? ¿Qué casa?-
-Viviré de alquiler-
-¿Y que harás cuando la gente empiece a preguntar por qué te fuiste? ¿Qué harás cuando empiecen a mirarte de forma extraña?- Nora bufó.
-¿Hablan de mi allí?-
-Algunas veces... Se preguntan por qué no vuelves-
-¿Nadie... sospecha nada?-
-Desde que la policía descartó culpables, nadie. Pero creo que es mejor que no vuelvas. Te echo de menos y me gustaría verte, pero... Acabaste tan mal después de aquello... No quiero que vuelvas a verte en esa situación-
-A lo mejor lo he superado-
-Si no consigues rehacer tu vida donde nadie te conoce ¿Como piensas hacerlo aquí?- La chica se rascó la nuca. Sam tenía razón. Aunque pudiese sonar seria y apática, su mejor amiga siempre tenía razón y sabía más que nadie lo que Nora necesitaba. -Te conviene estar allí. Apenas hace un año... Ha pasado poco tiempo-
-¿Y mis padres? ¿Sabes algo de ellos?-
-Pues... el otro día mientras paseaba con Tom vi a tu padre con aquella novia que tenía antes de que te fueras. Tenían... un carrito de bebé-
-Vaya...- Nora tragó saliva, intentando digerir lo que acaba de oir.
-Lo siento, cielo. No te han llamado ¿Verdad?-
-No. Creo que dejaron bien claro que no querian saber nada más de mi-
-Entonces, olvídales. No te merecen. Me tienes a mi ¿De acuerdo? No estas sola. Oye ¿Y aquel profesor del que me hablaste? El que te daba las pastillas-
-Es una larga historia...-
-Pues busca historias cortas. No me creo que no haya japoneses allí interesados por tener una amistad contigo o... algo más-
-No tengo ganas de relaciones íntimas si te estás refiriendo a eso-
-Bueno, alguna vez llegará el momento ¿No?- Nora suspiró
-Te tengo que colgar-
-Si, ya... Bueno, cuídate. Y cuidado con esas pastillas. Ve al médico en cuanto puedas- La chica pulsó el botón de colgar sin tan siquiera despedirse. El hablar de relaciones amorosas hizo que se sintiese peor. Se echó sobre el kotatsu, mirando el bote de pastillas que tenía junto a ella... Tenía un gran problema, otra vez.

Al día siguiente, bastante temprano, recibió una llamada inesperada. Nora se sobresaltó porque se había quedado dormida sobre el kotatsu. Al tomar el móvil y no conocer el número que la llamaba, se puso muy nerviosa. Sintió como el corazón le bombeaba con fuerza y como la garganta se le cerraba sin dejarla respirar. Sus manos temblaron tanto que el móvil se cayó al suelo un par de veces justo antes de decidirse a descolgar. Temió por la voz que sonase al otro lado, temió por que fuese de alguien conocido, o alguien incluso desconocido, de la anterior ciudad en la que vivía. Pero aquella voz que sonó, no la conocía de nada. -¿Nora? ¿Tú eres Nora?-
-Sí...- La chica sintió que iba a desfallecer de los nervios. ¿La habían encontrado?
-Soy Serena, la mujer de Adam- Al oír aquello, la chica se serenó. No obstante, se sintió incómoda por la llamada -He cogido tu número del móvil de Adam, si es lo que te preguntas-
-No... No pasa nada. No me importa-
-Te llamaba porque me gustaría que vinieras a casa- Nora pestañeó. ¿A su casa? Debía ser una broma.
-¿A casa...? Es que no...-
-Me contó Adam que vives sola y que no tienes conocidos cerca-
-Así es... Bueno...-
-¡Ven esta tarde! Voy a comprar un pastel. Cerca de casa hay una pastelería que hacen unas tartas de fresa y nata que están de muerte. Seguro que te gustarán. Así de paso pasas la tarde con nosotros ¿Qué te parece?-
-Gracias Serena, pero no quiero molestar... es sábado y...-
-¡No molestas!- rió la mujer de manera forzada -Menos aún si Adam y tú os lleváis tan bien- Aquellas palabras sonaron como cuchillos. Nora tragó saliva sin saber por qué. Guardó silencio unos instantes. ¿Qué hacer? La realidad era que no deseaba ir. Deseaba quedarse en casa, durmiendo. Sin embargo... necesitaba a Adam. Echó un ojo al bote de pastillas, semi vacío. Cerró los ojos y suspiró.
-Está bien... ¿Me puedes dar tu dirección?-

Llegar a la vivienda de Adam y Serena fue bastante fácil con las indicaciones que ésta última le ofreció. Vivían en una zona bastante buena de Suginami, bien decorada y cuidada. Nada más entrar al bloque de pisos, comprendió que aquella casa no iba a tener nada que ver con la suya. Y así fue. Cuando llamó al timbre y fue Serena quien abrió la puerta, pudo contemplar desde fuera que se trataba de una casa grande, bien equipada y luminosa. -Nora- sonrió -Pasa-

La chica entró en la casa con timidez, portando consigo una bolsa con bebidas de café y té que había decidido comprar por el camino, sobretodo para no ser una mala invitada. La casa era una preciosidad: Estaba perfectamente decorada con muebles de madera y cristal. Del techo colgaba una lámpara enorme que hacía que los rayos de sol que entraban por un enorme balcón se reflejara en las paredes de forma mágica. Y además, todo estaba lleno de plantas. Plantas enormes sobre jarrones preciosos decorando los rincones de la casa e incluso pequeñas macetas con flores pequeñas decorando las mesas. -Tienes una casa preciosa-
-Me alegro de que te guste. La decoré yo. Fue una de las normas que impuse cuando nos mudamos a Tokio- Nora escuchó atentamente, quitándose el abrigo y dejándolo sobre una percha.
-¿Quien es, mamá?- Una vocecita dulce sonó desde detrás del sofá, por el que asomó una niña pequeña y rubia de apenas unos cinco años de edad.
-Es una amiga, cariño. Salúdala- La niña levantó su manita y saludó de forma timida, volviéndose a esconder tras el sofá -Es Charlotte, mi hija-
-Es muy guapa. Se parece a ti- comentó Nora. Serena se forzó a sonreír una vez más. Después, caminó hacia una habitación y volvió con un niño en brazos, de menos de un año.
-Y este es Nick. Nació hace diez meses- La mujer sostuvo a su bebé en brazos como si alguien pudiese arrebatárselo. Verla en aquella actitud tan maternal y protectora era estremecedor a la par que bello. Nora contempló como la mujer mantenía un rostro más bien serio durante todo momento. Se sintió mal, una vez más, y no sabía exactamente por qué.
-Tenéis unos hijos preciosos, de verdad-
-Me pasé... mucho tiempo buscándolos ¿Sabes? Tenemos problemas para concebir-
-Vaya... Pues parece que vuestro esfuerzo ha tenido recompensa- Nora sacó la lengua para hacer que el bebé riera, pero en vez de eso, lloró. -Lo siento, no se me dan bien los niños- Serena llevó a su bebé hasta la cuna en la que anteriormente estaba, para después volver al salón y tomar asiento. Nora también se sentó, guardando un silencio helado. -Serena, yo...-
-¿Si?- Nora tragó saliva.
-Gracias por invitarme. De verdad. No me merezco esto ni... lo que Adam hace por mí. A penas tengo dinero para pagárselo todo, ya se lo he dicho. Pero él insiste en ayudarme porque le dije que estaba sola. Y ahora tú me invitas a merendar... En Londres nadie se porta tan bien con los desconocidos- sonrió. Serena se sintió extraña. Si bien había estado todo el tiempo escudriñando las reacciones de la chica, en nada parecía que estuviese ocultándole algo. -Pero os pagaré las pastillas. Os lo prometo. En cuanto encuentre un trabajo-
-¿Pastillas?-
-Las de la depresión- Serena no supo que decir, pues rápidamente encontró la razón de por qué siempre perdía sus propias pastillas. Tomó aire con esfuerzo e intentó no dejar ver sus pensamientos. -¿Donde está Adam?-
-Ha ido a comprar la merienda.- Nora asintió, sin saber qué más decir. De nuevo, aquel silencio incómodo. ¿Qué más podía decir? No conocía a esa mujer de nada. ¿Iba a pedirle más pastillas de sopetón? Las manecillas del reloj que colgaba en la pared estaban pasando demasiado lentas...






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