lunes, 28 de mayo de 2018

Nora llevaba toda la tarde sintiéndose ligeramente incómoda. Sus escasas salidas desde que llegó a Tokio le impidieron saber con certeza si las citas con profesores eran algo recurrente entre el alumnado y si estaba mejor visto que, quizá, en cualquier otro país. Para ella, la situación provocaba algo de tensión, y que el hombre le propusiera acompañarla hasta casa no hizo otra cosa que acrecentar dicho sentimientos. Algunos recuerdos oscuros se cruzaron por la mente de la chica y no pudo evitar apartarlos -No es necesario. Se llegar sola- contestó intentando sonar agradecida.
-¿Estás segura?-
-Sí, de verdad. Ya me has ayudado bastante y no quiero abusar más de tu tiempo-
-Tengo tiempo-
-Que no- Aquella vez sonó más borde de lo que deseaba. Adam guardó silencio y Nora se puso blanca, como una de esas entidades que acostumbraba a ver. No quiso saber hasta que punto podria haber ofendido al hombre que estaba malgastando su tiempo en ayudarla a comprender el idioma para encontrar el trabajo que tanto necesitaba. -Lo siento, lo siento. No quería sonar así-
-No pasa nada. Te entiendo-
-No, no lo entiendes- murmuró mientras se acomodaba el pelo en un intento de evadir su nerviosismo -Tengo que irme. Lo siento mucho, de veras.- La chica echó mano de su mochila y sacó un sobre de papel de una tonalidad oscura, ofreciéndoselo al hombre -Cógelo, por favor. Es todo lo que tengo ahora mismo- Una vez Adam tomó el sobre con dinero, la chica se marchó rápidamente de allí, no sin antes echar una mirada más a los tejados que anteriormente había observado. Odiaba verlos... odiaba verlos cuando estaba acompañada de alguien.

Adam guardó el sobre en el bolsillo de su chaqueta sin tan siquiera abrirlo. Suspiró justo antes de ponerse en marcha y volver a casa. Se sentía mal, realmente mal. Por un lado, llegaría antes de lo esperado a casa con su mujer, a quien de alguna manera, estaba engañando. Por otro lado, Nora se había sentido incómoda con su actitud y se había marchado para su disgusto. No sabía como lo hacía, pero todo le estaba saliendo mal últimamente. Y al girar la esquina del parque en el que se había despedido de la chica, comprendió que las cosas aún podían ir a peor. -¿Tus clases particulares son ahora visitas turísticas?- Serena aguardaba sentada en su coche, el cual había aparcado junto a la entrada. Miraba a su esposo con unos ojos afilados, llenos de resentimiento y tristeza que hicieron que Adam tragara saliva bruscamente.
-Serena, cielo ¿Qué haces aquí?-
-Te dije hace dos días que iba a llevar a los niños a una fiesta. Pero ya veo que estás muy ocupado como para recordarlo- Por la tonalidad de la voz de su mujer, Adam comprendió que estaba demasiado enfadada. Definitivamente había visto algo, pero no podía ser suficiente como para recriminarle nada. Él no había hecho nada.
-Serena ¿Que te ocurre? ¿Qué dices?- preguntó de forma ligeramente fingida mientras entraba al coche, sentándose en el asiento del copiloto.
-¿Quien era esa?-
-¿Quien era quien?-
-La chica, la joven con la que estabas hablando. Te ha dado algo-
-¿Te refieres a Nora?-
-Me da igual como se llame. ¿Qué hacías aquí con ella? Me dijiste que estarías dando clases de refuerzos a alumnos que lo necesitan-
-Y Nora lo necesita-
-¡¿En el parque?! Oh, vamos, Adam-
-Serena, cielo, relájate. Te estás confundiendo-
-¿En qué me estoy confundiendo?-
-De verdad que estaba dando clases particulares. Mira, esto es lo que me ha dado- Adam resbucó en el bolsillo de su chaqueta y sacó el sobre con dinero. En su interior había 1000 yenes -¿Ves? Es el pago.- Serena miró el billete sin saber qué decir.
-¿Y por qué estabais aquí?-
-Porque Nora lo necesitaba. Escucha... Nora está mal. Tiene problemas. No se exactamente qué es lo que le ocurre pero no va muy bien con las clases y necesita el idioma urgentemente. Si no trabaja de aquí a dos meses, su visado terminará y tendrá que regresar a Londres, cosa que no quiere hacer. Está muy decaída, con atención médica. Pensé que estudiar el idioma en un ambiente en el que ella no sienta que está estudiando sería mejor. Hemos ido a tomar un café, le he enseñado como pedirlo y como solicitar una vuelta. Luego hemos venido hasta aquí porque es donde nos separamos. Cada uno tomamos un tren distinto y...-
-Yo también tengo problemas y no me llevas a tomar un café y dar una vuelta- comentó Serena con los ojos húmedos. Adam sintió que las cosas se le iban un poco de las manos, de forma que decidió arreglar el asunto como fuese. Tomó su maletín y lo abrió, para sacar de su interior el regalo que había comprado para ella.
-Se que no... me estoy portando bien contigo. Se que debería pasar más tiempo en casa, contigo y con los niños... Pero solo quiero daros lo mejor. Vi esto en una tienda esta mañana y me acordé de ti. No va a hacer justicia a mi comportamiento ni va a solucionar nada pero pensé que quizás te alegraría saber que siempre te tengo presente, pase lo que pase, trabaje cuanto trabaje- explicó. Serena abrió la pequeña cajita y descubrió el precioso collar plateado de su interior. No pudo evitar dejar ver media sonrisa mientras lo tomaba con las manos. De cierta forma, se sentía mal. Le había acusado mientras él había tenido aquel detalle con ella. -Lo siento, Serena. De verdad, yo...- La mujer se echó a los brazos de su esposo y le besó en los labios como hacía días que no hacía.
-Te quiero-
-Y yo a ti-

Nora no podía dejar de llorar. Sabía que no debía tomar más pastillas de las que acostumbraba, pero en ese momento deseaba hacerlo. Se sentía desolada, sola, sucia y horrible, sentada desnuda sobre la taza del baño con el móvil sobre el regazo y su pantalla aun iluminada. Las lágrimas se desparramaban sobre sus manos, las cuales ocultaban sus ojos a las decenas de ojos la que observaban aun en la oscuridad. No sentía miedo, pero si horror. No sentía ganas de huir, pero si de gritar. Aquel llanto estaba provocando que cada vez más entes apareciesen. Los espíritus la miraban desconcertados mientras los demonios empezaban a asaltar la casa, arrojando cosas al suelo y rajando las paredes de papel. No podía controlarlo. No podía parar aquella situación. Estaba condenada a estar sola, siempre.

Con un último gemido, Serena se apartó del contacto que había mantenido con su esposo hasta hacía unos segundos. Estaba totalmente desnuda, luciendo únicamente el collar que Adam le había regalado. El momento íntimo no había resultado tan perfecto como lo había estado planeando, pero al menos había sucedido. Se echó a un lado al tiempo que Adam se daba la vuelta sobre la cama para dormir. No dijo nada y en apenas unos minutos empezó a roncar, lo que hizo que Serena suspirase con pesadez. Las horas de cariño y mimos se habían esfumado, como si el sexo fuese la última condición que liberase la obligación de quererse el uno al otro. Ya se había dado cuenta: Cada vez que había acusado a su marido de algo, Adam cambiaba, se defendía con besos y palabras dulces, mantenían relaciones sexuales más o menos entretenidas y de nuevo, todo volvía a ser como antes. Cruzándose de brazos, no pudo evitar volver a pensar de nuevo en aquella chica morena que había estado con su esposo toda la tarde. No tenía nada que ver con ella: era morena, de baja estatura y delgada, al contrario que Serena, que era rubia, alta y con una figura bastante esbelta. Si su marido, por alguna razón, había visto algo en ella... ¿Qué podría ser? Rápidamente negó con la cabeza. Odiaba pensar que Adam la engañaba, pero habían pasado tantas cosas desde que se mudaron, él se ausentaba tanto y compartía tanto tiempo con sus alumnas que... a veces sospechaba. En un intento de aliviar sus malos pensamientos, de forma cuidadosa, tomó el móvil de Adam, el cual descansaba sobre su mesita de noche. Con cuidado, desbloqueó la pantalla. Sabía perfectamente su patrón de bloqueo porque le había espiado. Apenas encontró nada, pues el teléfono estaba prácticamente vacío, como si Adam lo usase poco o... borrase sus archivos muchas veces. Exploró los contactos, las imágenes guardadas y los videos. Por último, reparó en los mensajes. Había apenas nada importante, excepto el último mensaje que Adam había enviado antes de acostarse: ''Nora, ¿Estas bien? Siento si te dije algo que te ofendió antes. No era en absoluto mi intención. Estoy preocupado. Ten cuidado con las pastillas. Llámame si me necesitas, cuando quieras, a la hora que sea''. El mensaje, quizá, no era lo suficientemente revelador, pero Serena se sintió celosa. ¿A cualquier hora? Adam siempre se quejaba de sueño y necesidad de descansar. Apagó el móvil y lo dejó donde estaba... No iba a permitir que su marido se fijase en otra. Jamás.






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