miércoles, 23 de mayo de 2018

Japón siempre ha sido un país bullicioso, no por la poca moral de sus habitantes, sino por la cantidad de los mismos. Aquella noche en Tokio no era demasiado distinta de las demás, o no parecía que iba a serla, hasta que se oyeron las sirenas de la policía cruzar a toda velocidad por las carreteras principales dirección Torre de Tokio.

La luna estaba llena y álgida, apenas dejándose acariciar por la afilada punta de la torre en la lejanía mientras los agentes se acercaban. La estructura, pintada de rojo, resplandecía y destacaba en la urbe iluminada por un sin fin de focos que hacían de ella una obra visual despampanante. Tristemente para ellos, su centro de atención debía de ser otro.

Cuando los coches detuvieron la marcha, había una amplia aglomeración de gente circundando la zona. Móviles en mano, intentaban fotografíar o grabar la escena del crimen grotesco que decoraba la hermosa torre, convirtiéndola en un escenario funesto -Dejen paso ¡Por favor, abran paso a las autoridades!- gimoteó Shinji, aún sin la determinación que un agente de policía con experiencia necesita para imponerse ante las masas -¡Por favor, dejadme pasar!- terminó por decir sin tener más remedio que estrujarse entre un montón de personas curiosas y morbosas para poder pasar y por fin, horrorizarse con lo que veía. Un hombre, o lo que quedaba de él, colgaba partido por la mitad de una de las vigas de la torre. Sus vísceras colgaban como lianas en la selva, la sangre goteaba de forma tímida pero aún con ritmo. Era horripilante; sus órganos estaban sembrados por el suelo y el hedor, Dios, el olor... El joven agente comenzó a sentir nauseas y palpitaciones. Su garganta se cerró al oxígeno y los pulmones le reclamaban un aire que no les llegaba. Un agudo pitido comenzó a resonar en sus oidos...
-¿Qué haces aquí, Shinji?- preguntó una voz familiar que le sacó por completo del aprieto en el que él mismo se había metido sin desearlo. El pitido desapareció pero las palpitaciones seguían
-Date-san- saludó con la cabeza a su superior -Recibimos la llamada mi compañero y yo en la radio. Pensamos que...-
-Deberíais volver a la patrulla- Date Kisaragi, un inspector con impecable carrera. Un hombre al que Shinji admiraba y al que quería imitar. Era duro, serio, implacable, como esos inspectores de las películas de Hollywood que siempre ganan a los malos, que siempre triunfan. Shinji observó ensimismado mientras Date sacaba un cigarrillo de la cajetilla blanca y roja y se lo llevaba a los labios. Le hipnotizaba cada movimiento de su superior. La dureza de sus manos encallecidas por el trabajo duro y la edad, la mirada entornada, sus rasgos duros y afilados, la barba de dos días mal afeitada... -Este crimen... está claro que no es para ti, chico-
-Pero podriamos ayudar ¿Se han hallado huellas? ¿Pistas?- Shinji volvió a mirar al cadaver mutilado -Dios...- tragó saliva. Sólo mirarlo de nuevo le volvía del revés
-A eso me refiero. Eres joven e inexperto- la profunda calada que Date dio al cigarro acabó en una densa nubecilla de humo que brotó a través de su nariz y de entre sus labios -Este caso te dejará huella si te quedas aquí y podrías echar tu carrera a perder. Haz el favor de marcharte y no mirar más-
-¿Ha podido ser la Yakuza?- preguntó Shinji vehemente, sin hacer caso a las palabras de Date
-¿Es que estás sordo?- reprendió con dureza
-Soy policía, Date-san. Como usted. Es mi deber- se enderezó con profesionalidad. Date lo miró de arriba abajo
-Haz lo que quieras chico- le señaló con un dedo -Pero más te vale que no oiga de tu dimisión dentro de una semana por traumas y estrés, depresión y pesadillas-
-Si no las tengo esta noche, señor, no las tendré en una semana- afirmó Shinji convencido
-No entiendes la gravedad de la situación, Shinji- Date alzó la mirada hacia la bóveda celeste, donde unas nubes amenazaban lluvia, ocultando muy despacio la gigante y hermosa luna de japón -Lo más duro de esta profesión no es enfrentarse a la escena del crimen, a las malas acciones de otros, a estas... barbaridades- se quitó el cigarro de la boca y lo apagó metiéndolo en un cenicero portable; una suerte de tubo de plástico duro donde insertó el cigarro al completo -En mis años de experiencia en el cuerpo he visto de todo, desde robos hasta asesinatos a mano desnuda, arma blanca o arma de fuego. Me he enfrentado a ladrones, pervertidos: violadores y pederastas. Me he enfrentado a la Yakuza, chico, en más de una ocasión... y nunca había visto algo como esto, de forma en que ni siquiera nadie parece saber cómo ha ocurrido- Date miraba a su alrededor, fijándose en cada rostro de los morbosos presentes
-¿Quiere decir que nadie, absolutamente nadie ha visto nada? ¿Cómo es eso posible? El cuerpo no huele a podrido, sino a sangre y la sigue goteando, fresca. Ha ocurrido hace poco- Shinji temblaba y trataba de contenerlo, agarrándose las manos con fuerza
-Haz tus cálculos entonces según mis palabras Shinji... No se trata de la escena del crimen, ni siquiera del crimen en sí ni del caso concreto. Se trata del autor del mismo. Alguien capaz de hacer algo así...- negó con la cabeza -Me pregunto a quién nos enfrentamos
-O a qué...- musitó Shinji en baja voz para que Date no le oyera. Su superior estaba harto de oirle hablar de lo que catalogaba com "fantasías y terrores nocturnos dignos de niños pequeños", pero Shinji sabía, oía y a veces, rara vez, veía... que no sólo había seres vivos conviviendo en japón.

Apenas una hora después los medios de comunicación regaban los alrededores y buscaban entrevistas a cualquier policía que estuviera al alcance. El asesinato había sido tan visceral y monstruoso que llamaba poderosamente la atención de todo el mundo y en internet y en aplicaciones de mensajería instantanea de todo el mundo no tardaron en aparecer rumores sobre un supuesto "Segundo Jack el Destripador". En este caso, el muchacho que realmente se llamaba Jack no podía hacer otra cosa que sonreirse de forma sarcástica mientras caminaba por la calle ojeando el teléfono móvil. Todas las redes sociales y periódicos estaban hablando de lo mismo y él podía sospechar muy bien qué era lo que había ocurrido. No había ningún "Segundo Jack el Destripador", sino un espectro lleno de rabia y maldad.

El hombre caminaba sin rumbo fijo al parecer, dando vueltas por las calles de Tokio, alejándose, eso sí, de la escena del crimen y de los mayores bullicios. En su cuello podía sentir a ratos una ligera tensión, lo cual usaba de brújula para saber hacia dónde dirigirse. No era consciente de que estaba dirigiéndose hacia la bahía de Tokio, por lo que llevaba ya un buen rato de camino.

Fue el ligero ardor en los músculos de las piernas lo que le hizo advertir la distancia recorrida a pie ojeando el móvil de forma constante sólo para mantenerse informado. Se detuvo entonces, no tanto por el dolor como por la pesadez en su cuello, pues sabía que había llegado a su destino. Estaba en mitad del gran puente de tokio y su collar parecía pedirle que saltase del mismo. Entonces ojeó los alededores y estuvo seguro, podía apostar, que el culpable del asesinato estaba en aquel pequeño islote que no estaba del todo cubierto por el río.

Los coches no dejaban de pasar a sus espaldas en aquel puente bañado de luces. Sabía que si permanecía mucho rato ahí podría llamar la atención de alguien si despertaba sospechas de que era un suicida, por lo que no podía cometer la temeridad de saltar de forma improvisada. Valoradas las posibilidades, echó mano al colgante de su cuello y lo extrajo del interior de su camiseta. Era un magatama de un precioso color esmeralda con un acabado impoluto, sin desperfecto o daño alguno, ni el más mínimo arañazo. Brillaba con una luz tenue y pesaba muchísimo -No me queda más remedio- se dijo a sí mismo. Cerró la mano en torno al magatama y canalizó sus energías. Una repentina neblina comenzó a envolver ligeramente esa zona del puente mientras que frente a él, se condensaba con mayor velocidad hasta tormar una forma similar a un arco, un umbral que invitaba a cruzar. Jack aprovechó la neblina para saltar hacia ese arco siniestro y desapareció entonces del puente.

Cuando atravesó la niebla, el muchacho se hallaba en el islote que era su objetivo. Nada más cruzar el umbral, la vio. Una mujer joven de piel clara como la misma luna que las nubes, a esas alturas, ya habían escondido. Estaba sentada a la orilla del río en el islote, con los pies descalzos y las piernas recogidas en una actitud relajada. Parecía una figura, una muñeca o una modelo posando para una sesión de fotografía. Su cabello largo le caía sobre los hombros como una cascada de tinta que invitaba a ser acariciada. Vestía un traje blanco que parecía brillar con luz propia. Era una figura angelical, de no ser por las manos y el rostro empapados en sangre -Hola- dijo tímidamente sin mirar a Jack
-Todo el mundo habla hoy de tus acciones. Debes estar orgullosa- comentó el muchacho con voz seca
-¿Por qué debería sentirme orgullosa?- hablaba distraida, con voz de niña, mirando distraidamente el agua fluir a sus pies
-Te has divertido con ese hombre ¿Quién era?- la chica optó por mirarle. Sus ojos eran de un color platino que congelaba el alma. Su sonrisa se torció llena de sangre
-¿Quién sería?- contestó sin más, restándole importancia
-...Bien. No desperdiciaré tiempo contigo- las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. La chica extendió sus brazos para sentir el agua y la brisa
-No importa, Ryoushi... el final está cerca- rió -Y no lo puedes evitar. Ninguno de los tuyos lo puede evitar...- si fuese humana, Jack pensaría que estaba bajo los efectos de una durísima droga
-Más que estar cerca, ha llegado- Jack se quitó el collar del magatama y éste refulgió con fuerza. En un instante en su mano no había collar, sino una katana de empuñadura esmeralda y un filo que con el más mínimo movimiento cortaba la brisa y la hacía silbar entre su superficie
-No puedes ganar, cazador. Ninguno de vosotros volverá a ganar...- el cuello de la mujer comenzó a extenderse hasta límites inhumanos mientras su cabello parecía tomar vida propia flotando hacia todas direcciones. Sus dientes se tornaron afilados como agujas y su sonrisa llegaba desde una sien a otra, completamente desproporcionada y retorcida -El Gran Señor está cerca y los vuestros, los vivos, conoceréis vuestro funesto destino- su voz se quebraba y sonaba distorsionada, monstruosa
-Todos los yokai decís lo mismo- Jack empuñó la katana en posición de defensa. La mujer yokai se lanzó directamente contra él sin decir nada más. Su largo cuello comenzó a rodearle con velocidad cual serpiente, buscando de forma descuidada atarle de brazos para que no pudiera defenderse. Jack sin embargo vio la oportunidad al instante, pues comenzó a enredarle desde la cintura, permitiéndole una apertura para cortarle la cabeza y así lo hizo. La katana silbó de forma vibrante y la sangre plateada de la yokai regó la arena para pronto desvanecerse. La cabeza se descolgó del largo cuello aún riéndose entre estertores, deshaciéndose como polvo barrido por el viento, al igual que el resto del cuerpo. Jack se quedó quieto, completamente insatisfecho. La katana volvió a ser un simple collar con un magatama precioso colgando de su mano mientras clavaba la vista en la arena para después mirar hacia el río y finalmente alzar la cabeza a la lluvia que a esas alturas, le bañaba y calaba hasta los huesos
-Se ha dejado matar... ¿Por qué?- su pregunta quedó en soledad, íntima y sin respuesta. Sin saber si alguna vez llegaría a obtenerla.

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