miércoles, 23 de mayo de 2018

La alarma sonó con un sonido estridente demasiado difícil de ignorar, incluso para el alma más somnolienta de todo Japón. Aun en la oscuridad, Nora se revolvió bajo su futón, alargando una mano hasta salir del mismo, con el fin de tomar el móvil y apagar la estruendosa campana. No le hizo falta mirar, pues sabía el patrón de movimiento necesario para que el dedo acabase con aquel horrible sufrimiento. Una vez apagado el horrible sonido, la chica volvió a meter el brazo bajo las sábanas y siguió con los ojos cerrados unos minutos más.

Hubiese deseado quedarse dormida. Quedarse dormida es la mejor excusa de todas para llegar tarde a cualquier lado o simplemente, no llegar nunca. Sin embargo, le costaba dormir, como hacía meses que le ocurría. Aburrida de estar encerrada bajo el futón, terminó por retirárselo de encima de la cabeza y abrió los ojos sin demasiada molestia, pues todas las cortinas del hogar estaban aun corridas. ¿Que dirían las vecinas cotillas de ella? Siempre las oía cuchichear en la calle de al lado, mirando de vez en cuando hacia la planta superior. Nunca las entendía, como tampoco entendía a nadie de aquel país hablar, pero su intuición era suficiente como para saber que murmuraban sobre ella. Esta vez, seguro que decían que no eran horas de mantener las cortinas corridas, habiendo empezado la jornada laboral hacía ya cinco horas. Nora suspiró. Le daba igual.

Hizo un esfuerzo descomunal por salir, finalmente, de debajo de la colcha. La dobló y la guardó en el interior de un armario. Después, se dirigió hacia la cocina, que estaba en la misma sala donde estaba el kotatsu y la entrada al piso. Abrió la nevera con desgana, pero sintiendo un terrible rugido en el estómago crecer poco a poco. El panorama era desolador dentro del frigorífico: Tan solo había las sobras de un plato de arroz del día anterior y un poco de leche. Tomó la leche que quedaba y bebió directamente de la botella, arrojando el plástico vacío a la papelera que tenía justo al lado.

Seguidamente, volvió a abrir el armario donde había guardado el futón, justo en la habitación colindante, para tomar una camiseta y unos vaqueros que intercambió por su viejo y sucio pijama. Tras ello, fue al baño para lavarse un poco la cara y despejarse. Como siempre, se quedó unos minutos mirando su rostro en el espejo. Un rostro pálido y demacrado que odiaba ver. Un rostro tan apagado, que en nada se diferenciaba de aquellos rostros sin vida que cada día tenía que ver sin tan siquiera desearlo. Se recogió los cabellos hacia atrás y se lavó los dientes de forma rápida. Por último, tomó el frasco de pastillas que descansaba sobre el lavabo, tomando el último par. Se las tragó sin apenas beber agua, y después, se lamentó por tener que depender tanto de ellas.

Se puso su único par de zapatos y tomó el abrigo que quedaba colgado en el perchero detrás de la puerta principal. En Tokio hacía ya demasiado frío. Y ese frío se sintió con solo abrir la puerta de la vivienda y salir al balcón exterior. Aunque solo era una segunda planta, se podía apreciar desde allí la multitud de árboles que empezaban a quedarse sin apenas hojas por todo el barrio, la humedad calando en el asfalto y la cantidad de ciudadanos luciendo mascarilla a causa de los resfriados. Nora suspiró, deseando tener una bufanda.

Todos los días se repetía la misma rutina: Se despertaba tarde, salía de casa, caminaba con desgana hasta la academia y volvía a casa, no sin antes pasar por el supermercado para abastecerse de lo necesario. Y por ello empezaba a cansarse. O simplemente, ya no deseaba tener esa rutina. Pero claro ¿Que rutina podía permitirse una mujer como ella, perdida en un país desconocido y absolutamente sola? Dejó de hacerse preguntas, quizá influida por el efecto de las pastillas, de forma que se dedicó a observar el paisaje. Tokio era especialmente precioso y especialmente horrible, según el día y los ánimos. La chica debía admitir que la tranquilidad de aquel barrio en el que vivía desde hacía unos meses era absolutamente envidiable, así como el esmerado cuidado que toda la ciudad parecía tener, o al menos, la parte que ella conocía. Sin embargo, odiaba el bullicio, las prisas, el exceso de trabajo, aquella cultura tan cerrada y... aquella cantidad de entes tan grande y afluente. Y si desde Nerima, su barrio, podía sentir eso... no quería saber como era el corazón de la ciudad.

Llegó hasta la estación mas cercana, donde tuvo que esperar diez minutos hasta que llegase el metro que la llevase hasta el barrio de Suginami, donde se encontraba la academia. Aquella mañana, se encontraba especialmente lleno. Muchos de aquellos pasajeros se bajarían a mitad de camino. Siempre lo hacían. Nora no sabía exactamente que había en aquella zona de Tokio, pero tampoco le interesaba averiguarlo. Se quedó en pie sobre el vagón, agarrándose a uno de los colgantes del techo para no caer. Desde la ventanilla, se podía divisar como el tren se ponía en marcha a toda velocidad, haciendo que los edificios, y su cableado pareciesen una mancha borrosa a ojos de todos.

Cuarenta minutos después, Nora bajó del tren y dejó la estación atrás. La academia de idiomas estaba bastante cerca, por suerte, de manera que no tardó demasiado en llegar. Era un pequeño edificio, bastante modesto y corriente, pero lo suficientemente preparado como para que el gobierno lo reconociese como una academia donde ofrecían visados a estudiantes a cambio de matricularse, como era el caso de la chica. Abrió la puerta, provocando que la pequeña campanita que colgaba del techo al otro lado de la misma, sonase levemente, produciendo un suave y delicado sonido. Cerró la puerta tras de sí, dirigiéndose a la clase, cuya puerta estaba cerrada. Los alumnos ya estaban dentro y el profesor daba clases. Había llegado tarde, como siempre.

-Lo siento, no he podido...- Murmuró al abrir la puerta. El profesor, un hombre alto y fornido de unos cuarenta años. Por su acento, Nora juraría que era americano. El hombre le dedicó una mirada reflexiva, para después, formular una frase en japonés que la chica no entendió, pero supuso qué quería realmente. -Gomenasi-
-Gomenasai. Gomenasai- Corrigió el hombre - Es gomenasai. Siéntate, no te preocupes- Sugirió con voz tranquila. La chica caminó hasta el fondo de la clase y se sentó, dejando el abrigo a un lado y la mente, por momentos, en blanco.

La clase terminó tras una hora. Todos los alumnos salieron del lugar mientras el profesor recogía sus libros y los metía en un maletín oscuro. Nora esperó a que ambos estuvieran solos para dirigirse hasta él. -Siento haber vuelto a llegar tarde hoy- se disculpó.
-Tómalo con calma. Esto no es el colegio-
-Lo sé, pero no me gusta interrumpir la clase-
-No creo que interrumpas demasiado. Veo perfectamente vuestras caras desde aquí y se cuando estáis prestando atención y cuando divagáis en vuestros asuntos. Hoy, todos estabais más que concentrados en la segunda opción. Supongo que será el frío- sonrió. -Dime ¿Como lo llevas?-
-¿El qué?- preguntó la chica extrañada.
-El idioma-
-Ah claro, el idioma... Pues... Mal, como habrás podido comprobar- El profesor suspiró, se cruzó de brazos y se sentó sobre su propia mesa. Parecía preocupado en los problemas de la chica.
-Oye, se lo digo a todos los alumnos que tienen prisa en aprender, como tú. Quizá la mejor opción es que vayáis a otra academia, que acudáis a un profesor nativo. A fin de cuentas yo realmente enseño inglés aquí. Las clases de japonés son solo una ayuda básica a los que solo están de paso y...-
-No, no quiero. Preferiría un profesor con el que poder hablar en mi idioma también- suspiró -Y... Adam...- le llamó por su nombre -Necesito esas pastillas otra vez- afirmó con la cabeza gacha, rascándose un brazo.
-Deberías ir tú misma al médico-
-¿Y qué le digo? No se qué decirle-
-Podría ir contigo- La propuesta del hombre la tomó de sorpresa.
-No, demasiada molestia es que tengas que comprar por mi estas pastillas. Además... el visado... me quedan dos meses. En dos meses tengo que regresar a Londres- comentó con cierta tristeza en la voz.
-No es la primera vez que te lo digo, pero... Si tienes un problema que necesitas contar, aquí me tienes-
-Lo sé. ¿Puedes tenerme para mañana esas pastillas?- preguntó, evitando el tema de conversación al instante y haciendo que Adam sonriese al entender sus intenciones.
-Descuida, las tendrás-
-¿Como... las consigues?-
-No desvelaré mis secretos tan fácilmente- Aquella respuesta hizo que la chica sonriese. -¿Estás segura de que no quieres probar en otra academia?-
-Segura-
-Se me ocurre que... podríamos dar unas clases extras si lo necesitas. Tienes dos meses para encontrar un empleo que te mantenga el visado ¿No?-
-Sí, pero no puedo pagarlas. Vivo del dinero que mi familia me envía y es poco- mintió.
-No te preocupes. Puedes devolvérmelo cuando trabajes- Nora pestañeó. Agradecía enormemente su ayuda, pero no estaba segura de querer hacerlo. -Sea cual sea el motivo por el que tomas esas pastillas... Siempre es bueno para dejarlas salir, tomar el aire, relacionarte, ver la vida de una manera más optimista poco a poco. Estoy seguro de que con refuerzo verás los resultados. No te lo tomes como unas clases. Piensa que solo vas a... tomar un café con un amigo que casualmente habla japonés- rió. Quizá fue la desesperación o quizás el sentimiento de soledad lo que hicieron que la chica terminase asintiendo casi sin darse cuenta -Perfecto entonces. Tengo tu número de teléfono. Te llamaré en cuanto tenga una tarde libre. ¿Fines de semana mejor?-
-Tengo libre cualquier día, realmente... Gracias-

Adam tomó su maletín y salio de la academia junto a la chica. Una vez fuera, ambos tomaron caminos distintos para regresar a casa. Nora, sin embargo, decidió ir a un supermercado para tener algo que comer aquel día. No se quitaba de la cabeza ahora la idea de las clases de refuerzo. En lo más profundo de su ser, sentía que no iban a servir de nada...




No hay comentarios:

Publicar un comentario