martes, 29 de mayo de 2018

Aquella noche Nora fue incapaz de pegar ojo. Ni si quiera sacó el futón del armario. No quería cerrar los ojos y tampoco podía hacerlo. Lo que acababa de ocurrir en aquella casa hacia tan solo unas horas le impedía pensar con claridad. Intentó poner en orden tanto sus recuerdos como sus emociones numerosas veces, y al final, siempre llegaba a la misma conclusión: Los demonios y espíritus llegaron mientras ella lloraba. Acababa de recibir el mensaje de Adam y se sintió lo suficientemente culpable y desolada que no pudo evitar recaer en un profundo llanto que deseaba acallar con pastillas. Luego, apareció ese hombre en su casa. No sabía como había podido entrar ni mucho como sabía que la encontraría allí, pero, al igual que ella, era capaz de ver el otro plano que rodeaba constantemente al mundo. Y no solo verlo, sino también atacarlo hasta hacer desaparecer a sus entes. Por último, se marchó sin decir nada, desapareciendo de la vista de la chica. Una vez más, sintió deseos de recopilar toda aquella información otra vez. Le faltaban datos, tenía demasiadas preguntas sin respuestas y algo le decía que nada iba a responderlas por mucho que intentase recordar.

Se dedicó a tamborilear los dedos sobre la superficie del kotatsu de manera nerviosa. ¿De verdad no era la única que veía a esos entes? ¿Seguro que no había sido un sueño? Cuando dejaba de tamborilear, se despeinaba los cabellos y suspiraba. Si no era la única, si había más gente como ella... ¿Donde estaban? Cayó en la cuenta de que el hombre que entró en la casa no podía japonés, ni si quiera asiático, puesto que sus facciones eran tan caucásicas como las de ella. ¿Él también huía de algo y había escogido Japón como escondite? Cansada de preguntas, se puso en pie y se asomó por la ventana, la cual había dejado abierta por si el hombre volviese... y necesitaba entrar por ahí... o por donde fuera. Observó la luna llena, brillante cuando las nubes oscuras la dejaban ver. Sintió deseos irrefrenables de volver a llorar. No dejaba de sentirse mal, una persona horrible,  a pesar de lo que había ocurrido. Sin embargo, se contuvo, tal y como el hombre le pidió que hiciera. Necesitaba encontrar a ese chico... fuese como fuese.

A la mañana siguiente, Nora decidió no ir a clases. Había tenido toda una noche en vela para llegar a la conclusión de que debía a Adam una disculpa, pero no sería aquel día. Se vistió temprano, a horas en las que aún estaría dormida en otras circunstancias. Tomó un paraguas, puesto que el día se presentaba lluvioso, y salió de casa a toda prisa. Empezó a caminar por el barrio sin rumbo fijo, pero mirando a cada calle, cada rincón y cada esquina, deseando encontrar al hombre de la noche anterior. Por supuesto, pensar que estaría en el mismo barrio de ella sería algo pretencioso, sobretodo teniendo en cuenta las dimensiones que acaparaba la ciudad. Por desgracia, si se aventuraba a sobrepasar los límites de Nerima o Suginami, acabaría perdida, cosa que no se podía permitir.

Las horas pasaron y los pies empezaron a doler en el interior de aquellos zapatos viejos de charol que Nora vestía. La chica paró unos minutos la búsqueda para entrar en un cobini y coger algo de comer: una bandeja de sushi que engulló de forma rápida sentada en un pequeño parque húmedo y solitario, dado el clima. Tras el almuerzo, retomó la busqueda de forma tan constante, que ni si quiera se dio cuenta de lo rápido que pasaron las horas.

La noche se echó encima cuando Nora regresó a casa. Emitió un largo y sonoro bufido de agotamiento. Arrojó los zapatos a un lado y caminó de forma torpe hasta llegar al interior del kotatsu, se cruzó de brazos sobre el mismo y hundió la cara entre ellos. No había encontrado al hombre. Se sentía estúpida de pensar que sería capaz de encontrarle, pero supuso que tener un mínimo de esperanza sería sano. Ahora, la había perdido. Empezaba a dudar de si todo había sido un mal sueño y seguía siendo la chica rara de siempre, cuando abrió el bolso para sacar el móvil. Justo antes de cogerlo, sus dedos chocaron con el bote de pastillas. ¡No había tomado ni una pastilla en todo el día! Se le había olvidado. Estaba tan centrada en encontrar al chico que no se había sentido decaída en ningún momento. Por prudencia, tomó una pastilla, la partió por la mitad y se la tragó sin agua. Después, cogió el móvil y desbloqueó la pantalla. Tuvo que pestañear tres veces para comprender que el aviso de seis llamadas perdidas. Cinco de ellas eran de Adam y una de Sam. Ignoró a Sam por un momento y decidió llamar a Adam, algo extrañada. Tras tres tonos, el hombre descolgó.
-¿Adam?-
-¡Nora! ¿Estás bien?- Aquel inesperado alarde de preocupación hizo que Nora se quedase callada unos segundos. ¿Por qué se preocupaba tanto por ella alguien a quien no debía nada? Era... enternecedor.
-Si, estoy bien. Oye...-
-Estaba preocupado- interrumpió el hombre -No apareciste por la academia. Y ayer me pareció verte muy extraña justo después de llevarte las pastillas. No te molestes conmigo, pero pensé que quizás... habrías hecho una locura-
-Jamás haría tal cosa- respondió la chica intentando despreocupar al hombre. Desde el otro lado del teléfono, Nora pudo oír el enorme suspiro de alivio Adam -Gracias por preocuparte. Estoy bien, de verdad- aseguró.
-Menos mal. Te oigo animada-
-Sí... bueno. Es que ha sido un día ajetreado-
-Sea lo que sea, me alegro. Nunca te había oído así-
-Ya... Adam, quería pedirte disculpas por como te hablé ayer. No me malinterpretes. Me estás ayudando un montón- sonrió -Es sólo que a veces me encuentro un poco mal y pierdo las formas. Perdóname.-
-No hay nada que perdonar, de verdad-
-Y valoro mucho lo de las clases particulares. Me gustaría poder tener más y en otros lugares. Me da igual donde, quiero practicar en distintas situaciones. Te lo pagaré todo, claro está. Las clases, el transporte y lo que haga falta- afirmó, mintiendo de cierta forma. Moverse por la ciudad con Adam sería una forma de visitar lugares sin perderse, además de recordarlos. Tendría más posibilidades de encontrar al hombre misterioso así. El japonés era lo de menos.
-Me alegro, en serio. Ya verás. Vas a mejorar muchísimo en pocos días-
-Mañana iré a la academia. Podríamos concretar un día, a poder ser pronto. Siempre que puedas, claro.-
-¿Que te parece si comemos mañana juntos? Al salir de la academia- Nora sintió que era demasiado precipitado, pero ¿A caso tenía otra cosa que hacer?
-Claro- sonrió.
-Perfecto. Hasta mañana entonces. Ah, y no lleves dinero. Yo invito-
-Hasta mañana-

Adam salió del baño, no sin antes meterse el móvil en el bolsillo del pantalón y tirar de la cadena del váter, aunque éste estuviese totalmente limpio. La vivienda estaba totalmente a oscuras. Los niños ya estaban durmiendo, y Serena, leía un libro echada en la cama. Cuando Adam quiso introducirse en la cama para descansar, Serena cerró el libro de un golpe y lo dejó en la mesilla de noche. -¿Desde cuando vas a hablar al baño?-
-Yo... no quería molestar. Los niños están durmiendo-
-¿Quien era?-
-¿Por qué quieres saberlo?- Serena alzó una ceja y le lanzó una mirada asesina -Me llamaban por el alquiler de la academia. Ha subido el precio. Voy a tener que buscar la forma de encontrar una subvención o...me veré obligado a enseñar más idiomas para pagar todo esto- Con los brazos, señaló a toda la habitación, como si quisiera abarcarlo todo con un simple gesto. No se podían quejar: era una casa bastante grande y de estilo europeo. Claro que, por ello, era cara. -Podría probar a enseñar francés o alemán... La verdad es que no me quedan muchos idiomas ya en el curriculum- bromeó. Serena no sonrió. Simplemente apagó la lámpara de la mesa de noche y se hizo a un lado para dormir. Sabía que le estaba mintiendo.

Al día siguiente, Nora se presentó la primera a clases. Después de muchos meses, se había esmerado por peinarse mejor. En vez de una cola, se había dejado el pelo suelto y adornado únicamente por una pinza que le sostenía el flequillo a un lado del rostro. También se había vestido de forma más vistosa y menos despreocupada, luciendo una camisa blanca y unos vaqueros ajustados, mucho más presentables que los gastados y grises que solía usar. No tenía motivo alguno para vestir así, pero el despertar con ánimos, con un motivo para salir a la calle, había provocado que por un día, la chica volviese a ser la Nora de hacía dos años.

Atendió a las clases de Adam con ganas, sintiendo que éste la miraba demasiado aquel día. Menuda suerte tenía si lo pensaba de forma detenida. No cualquiera encuentra a alguien que quiere ayudarte en un país desconocido, que te ofrece su tiempo y sus recursos para apoyarte. Por alguna razón se sonrojó mirándole. Era una situación un tanto incómoda, porque no dejaba de ser su profesor, pero... le necesitaba ahora más que nunca para encontrar a aquel chico. Ese chico era ahora su motivo, su prioridad.

-Te veo radiante- dijo Adam cuando el aula se quedó vacía al final de clases. Nora sonrió. La verdad es que se sentía bien. De nuevo, solo había tomado media pastilla en vez de una. Quizá sería bueno plantearse dejarlas pronto.
-Me siento bien- afirmó la chica. -¿Donde vamos?-
-Donde quieras. He traído el coche-
-Genial- En coche se podían contemplar muchas más cosas que en un tren a toda velocidad. -Entonces... ¿Podemos irnos...lejos de aquí? Me gustaría conocer más Tokio. Desde que llegué apenas he salido y... pensaba que quizás tú me podrías ayudar-



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