La noche estaba siendo tranquila para Jack, algo que por lo general rara vez podía decir. Acostado boca arriba en la cama daba vueltas y vueltas tratando de conciliar el sueño en mitad del silencio que a veces se rompía por un coche al pasar por la lejana carretera. Silencio, sólo silencio. Era esa clase de silencio ruidoso que se puede oír. Como un zumbido constante en su cabeza que le impedía mantener los ojos cerrados por más de un momento. Terminó por bufar, aburrido de esa sensación de impotencia por no poder dormir. Tenía una extraña sensación de incomodidad en su pecho y sentía cada músculo de su cuerpo tenso, alerta. No fue extraño que se sobresaltara cuando Inu, su perro shiba, saltó sobre la cama y empezó a lamerle la cara -Granuja...- se relajó, acariciándole -No vuelvas a hacerlo o podría lastimarte sin querer un día de estos- el perro pareció entenderle, pues se enroscó a su lado de forma plácida para no molestarle y Jack simplemente se apoyó en su cálido y mullido pelaje. Le daba un enorme placer acariciar a su mascota y seguramente habría llegado a quedarse dormido, de no ser porque éste de pronto alzó la cabeza con las orejas en punta -¿Qué pasa chico?- el animal comenzó a gruñir y se irguió sobre la cama. Echó a correr a toda velocidad, atravesando el umbral de la puerta de la habitación y cruzando todo el pasillo. Jack le siguió a toda velocidad cuando escuchó un cristal romperse en el salón. Llegó en seguida, pues a fin de cuentas su hogar no era precisamente grande. Encendió la luz de la habitación y de todas las cosas imposibles que pensaba ver, lo que menos esperaba era un Tanuki.
Conocidos por ser entidades que antaño fueron veneradas como emisarios celestiales, fueron clasificados como yokai una vez que se determinó su extraño origen y su naturaleza delictiva. No era la clase de demonio que hería o asesinaba humanos ni dañaba a espíritus inocentes, pero sí causaba gran cantidad de problemas y atormentaban a todo el mundo -¿Se puede saber qué te trae aquí, bicho?- el mapache demoníaco le miró con ojos dorados. Su larga cola se alzó hasta cubrirle casi toda la espalda, revelando sus enormes testículos sobre los que se apoyaba como si fuesen globos de aire -Sois repulsivos...- Inu no dejaba de ladrar -Te doy la oportunidad de que te marches. Sé que me entiendes- el magatama de su collar brilló y tomó la forma de la katana que siempre utilizaba Jack para darles muerte -Cuento hasta tres...- la advertencia final hizo que la criatura dejara de hurgar en los cajones de Jack y buscase salir por la ventana, pero como buen cazador, el hombre no le dejó escapar. Tomando a la criatura desprevenida, le sajó de lado a lado cortándolo por la mitad. Su cuerpecillo no tardó en desvanecerse, al igual que la sangre plateada. Sin embargo, cerca de la ventana, Jack podía sentir una extraña vibración en el ambiente. La katana, que era su magatama sagrado, latía con fuerza en su mano y se tensaba hacia una dirección concreta -Está pasando algo...- masculló para sí mismo. Inu, a sus pies, gimoteó confuso. Jack se agachó para acariciarle con cariño -Volveré pronto- le dijo con simpatía al animal, que le volvió a lamer la cara con cariño -Pórtate bien y muerde a quien sea... o a lo que sea, que se atreva a entrar- Inu dio un suave ladrido como si asintiera a la orden de su dueño. Jack se esfumó a través de una nebulosa Puerta Yomi.
Apareció sobre el tejado de un alto edificio desde el que podía ver el destrozo. Yokai por todas partes. Atacaban un punto concreto pero también causaban alboroto en los alrededores. Había vecinos y policías yendo de un lado a otro creyendo que podía ser un pequeño terremoto lo que estaba causando destrozos en el vecindario. Jack analizó por un momento la situación y supo que era una actividad inusual. Sin duda, debía de tratarse de un foco: un medium debía de estar atrayendo a todos esos yokai, posiblemente, sin quererlo. Sabiendo que no tenía tiempo que perder, Jack entró en acción.
Dejando atrás el tejado del edificio y caminando por las calles hacia aquella montaña de demonios que asolaban las casas y pisos colindantes, pasaba junto a oleadas de vecinos que se llevaban las manos a la cabeza ante la incomprensión de lo que ocurría. Nadie podía ver a esos demonios, no hasta que se hicieran lo bastante fuertes como para materializarse. O al menos así debía ser -¡Se lo estoy diciendo, agente!- dijo una chica de al menos unos 15 años que sólo vestía un pijama rosita lleno de conejitos blancos -¡He visto un... un monstruo!- aquellas palabras hicieron que Jack se detuviera un instante para oír mejor -Era como una mujer blanca como la nieve y un cabello oscuro tan largo que parecían hebras de hilo que volaban en todas direcciones. Tenía una boca monstruosa detrás de la cabeza y gemía de forma terrible-
-Chica, creo que sólo has tenido una pesadilla y todo esto te ha trastornado un poco...- apuntó el policía, tomando declaración
-¡Estoy diciendo que lo he visto! ¡La vi claramente sobre el tejado de ese piso!- señalaba desesperada. Ante aquellas palabras, Jack supo que no tenía tiempo que perder. Si se estaban materializando el tiempo jugaba completamente en su contra, de manera que aceleró el paso.
En la zona cero, donde todo estaba ocurriendo, se aglomeraba un mayor número de gente y policías. Entre los agentes de la ley, se encontraba el inspector Date Kisaragi acompañado por el fiel agente Shinji Nakamura -¿Se puede saber qué demonios está ocurriendo?- preguntó el inspector a Shinji mientras daba una calada al cigarro
-¡Date-san! Al parecer, dicen los vecinos, todo comenzó a temblar y a romperse de un momento a otro a una hora por determinar de la noche. Todo apunta a un pequeño seismo pero...- Shinji miraba nervioso a todas partes
-¿Pero qué, hijo? Suéltalo ya- el inspector le miraba de forma inquisitiva
-Si fuera un terremoto lo notariamos... y sin embargo se siguen oyendo ruidos ahí dentro-
-Por todos los infiernos...- el inspector se llevó una mano a la frente -¿Me vas a hablar otra vez de espíritus, Shinji?- el agente miraba al inspector con cara de cachorro que temía la ira del jefe de la manada... pero la verdad es que los estaba viendo. En el tejado, en las ventanas, en la puerta del edificio. Yokai. Había demonios, figuras extrañas y sombrías rondando por todas partes... pero si se atrevía a decirlo, si lo confesaba, lo mandarían de cabeza a un psiquiatra
-No digo que sean espíritus, inspector ¿Pero cómo podríamos explicar...?- entonces oyó los cascabeles. Un sonido placentero que, repentinamente, le hizo entrar en un extraño estado de calma. Cuando quiso darse cuenta, el inspector Date y los demás agentes, así como los vecinos de los alrededores apenas se movían. Era como si hubiesen entrado en un estado catatónico, o como si estuviesen tan drogados que sólo llegaban a pestañear cada largo rato. Shinji intentó reanimar a Date chasqueándole los dedos frente a la cara, pero no obtuvo resultado alguno. El único cambio fue ver a un tipo con una katana en la mano entrar hacia el edificio -¡Eh, usted!- llegó a decir, pero incapaz de alzar demasiado la voz. Estaba enormemente sorprendido por lo que estaba viviendo y le temblaban las piernas, incapaz de seguir al desconocido.
Subiendo las escaleras, Jack se abría paso entre paraguas karakusa y lamparillas cho-chin a base de rápidos tajos. Los objetos inanimados que obtenían un alma eran los yokai más fáciles de destruir. El problema, por otra parte, eran las Onna, las damas de blanco. Había de todas clases, pero siempre eran más duras de pelar. Por otra parte, estaban los ogros y ogresas que eran un peligro real. El pináculo de lo que Jack había visto en su vida como cazador, sin embargo, eran los Oni. Rara vez un cazador había podido destruir a uno en solitario, pues eran verdaderamente poderosos. Afortunadamente, el foco en ese momento no había atraido más que a unos demonios menores y a la Onna que esa chica decía haber visto, pero a la que aún no encontraba.
Sus pasos le terminaron llevando finalmente hasta un piso concreto, cuya puerta estaba abierta. El corto pasillo estaba lleno de arañazos y el salón, en el que se hallaba todo el dispensario de la casa, estaba patas arriba. Oía un llanto no muy lejano y a su vez, el balbuceo constante de una voz rota. Anduvo con la espada en ristre, preparado para atacar, acercándose al baño, pues de allí provenían las voces. Al llegar, pudo ver a esa mujer de espaldas, con los cabellos flotando en el aire como si estuviese bajo el mar. Una boca de colmillos monstruosos se abría y cerraba constantemente clamando comida mientras que las manos de la mujer intentaban alcanzar a una chica que lloraba desconsolada, abrazada a una toalla con la que se cubría contra la pared -Eh- llamó Jack la atención para que el yokai no llegase a tocar a la chica -¿Quieres un alma fuerte? Prueba aquí- la yokai se giró y le miró con ojos negros como la noche. Jack tragó saliba. El demonio femenino se lanzó contra él sin mediar palabra ni miramientos mientras sus cabellos parecían tomar vida propia para atacarle a la vez que la propia mujer. Las hebras de pelo negro trataban de atarle como un millar de cordeles mientras la mujer le atacaba con garras y dientes. Jack cortaba los mechones de pelo con rápidos tajos y esquivaba los ataques del demonio con toda prisa, evitando que le tocase en la medida de lo posible, tratando de mantener la calma -¡Deja de llorar!- dijo Jack entonces, a la chica que estaba en el baño -¡La haces más fuerte! ¡Para de una vez!- no supo si le hizo caso por creerle o por qué razón, pero dejó de oirla llorar de forma tan desconsolada y la yokai pareció relajarse ligeramente -Eso está mejor... Ven aquí, Sonrisas- la provocó, haciendo que la yokai volviera al ataque, aunque esta vez con menos ímpetu. Jack aprovechó esa leve debilidad para esquivarla dando un paso hacia un lado pero lanzando una estocada hacia rostro, atravesándola. La hoja de la katana salió por la boca trasera de la mujer, goteando sangre plateada. Con la Onna muerta, los yokai menores se dispersarían por falta de valentía. Era solo cuestión de tiempo. La katana volvió a tomar forma de un magatama y Jack se lo colgó del cuello mientras veía a la yokai desvanecerse en el aire como humo y ceniza
-¿Q-quién eres tú?- la voz de Nora hizo que Jack alzase la mirada hacia la chica. El cabello lo tenía empapado y estaba envuelta en una toalla blanca que ocultaba su cuerpo de la vista del hombre
-Yo debería preguntarte eso. O más bien, qué eres- dijo sin más -Has atraido a una gran cantidad de estos bichos sólo por estar llorando ¿O fueron ellos quienes te hicieron llorar?- Nora no contestó, completamente alucinada de lo que estaba viendo y escuchando
-¿Tú... los ves?- llegó a decir -¿Ves a estos monstruos? ¿Ves a los espíritus?-
-¿Cómo la he matado si no la veo?- era obvia la respuesta, pero Nora no daba crédito
-Creí... pensé que...-
-Eras la única- Jack suspiró, sombrío -No, no eres la única- su tono de voz se fue tornando a un modo más amable, compasivo -Todos creemos ser los únicos, chica, pero no. Yo los veo. Y otros tantos los ven y pueden también destruirlos. Tú sin embargo tienes algo más. Hiciste que gente no sensitiva pudiese ver a la Onna- Nora no comprendía la verborrea del hombre
-No sé de qué me estás hablando...-
-Da igual- se encogió de hombros el muchacho -Ya se han ido y no volverán. No al menos si no vuelves a atraerlos. Contén tus emociones- le señaló -Se alimentan de ello, los hace más fuertes. Tengo que irme-
-Espera, espera ¿Qué sabes tú de todo esto?- Jack se dio la media vuelta igualmente -¿Qué eres tú? ¿Cómo puedes destruir a esas cosas?-
-No te compliques la vida queriéndolo saber. Se vive mejor así-
-¡Pero...!-
-Si alguna vez nos volvemos a encontrar serás digna de saberlo- Jack sabía que nunca volvería a ocuparse de ella, se lo dejaría a otros. Todo era más fácil cuando no tenía que andar explicándole cómo funciona el mundo oculto a los nuevos sensibles que se encontraba -Es mi modo de hacer las cosas- concluyó con un tono honorable, como si fuese un sabio maestro de algún poder arcano y Nora fuese una posible candidata a ser elegida. Consiguió el efecto deseado en ella: que no dijese nada. Jack se marchó por la puerta sin decir más y cuando Nora le siguió, él ya no estaba, como si se hubiese desvanecido igual que la yokai ¿Qué cantidad de cosas sucedían en el mundo que Nora aún desconocía? ¿De verdad... no era la única? De verdad... no estaba sola.
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